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30 agosto 2016

Cantad al Señor un cántico nuevo


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« ¡Cantad el cántico nuevo!, nada de viejos estribillos.¡Cantad los cantos de amor de vuestra Patria!,nada de viejos estribillos.¡Ruta nueva, Hombre nuevo, Cántico nuevo! » 
(Enarr. in Ps. LXVI,6).

NUESTRAS COMUNIDADES Y ASAMBLEAS SE RECONOCEN POR SU CANTO
El canto de la asamblea reunida es reflejo de la vida de la asamblea, fruto de la variedad de la misma. El fenómeno actual del canto de las asambleas «es producto de la variedad de las asambleas celebrantes, o por lo menos, de quienes las animan»[1]«Dime lo que cantas y te diré lo que crees» es el título de un libro de M. Scouarnec[2]. Parafraseando el título del libro podemos decir: «Dime cómo canta tu asamblea y te diré qué tipo de asamblea tienes» o «dime cómo cantas y te diré cómo crees» «dime qué cantas y te diré qué crees». Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán, futuro Pablo VI, al comentar el trabajo pastoral de sus párrocos, un día exclamó: «Una parroquia que no canta, no canta en ningún sentido[3]. O bien, dicho en clave más positiva, el papa Pablo VI nos dirá «Si un pueblo canta, nunca perderá la fe» Hablando al Sínodo menor de Milán (1959), al puntualizar los momentos esenciales del trabajo pastoral, dijo que era necesario «que el pueblo devoto de nuestras iglesias sea educado para el canto colectivo»

La asamblea litúrgica es muy variada y no se la puede utilizar para fines particularistas o aficiones personalistas, como tampoco se la puede utilizar para transmitir ideologías o condenarla a estar callada por no saber tales cantos. En la asamblea litúrgica nadie debe quedarse sin cantar; abstenerse del canto equivale a marginarse de la asamblea y romper la unidad de la misma; nadie, por tanto, debe permanecer como un mudo espectador en la asamblea.
Ya en 1643 un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos establecía que la música ha de servir para la Misa y no la Misa para la música[4]. Tampoco se puede establecer una programación de cantos litúrgicos en función de algunos aficionados que frecuentan la asamblea o de algunos conservadores que se aferran a un repertorio tradicional como tampoco de algunos progresistas que quieren experimentar algo completamente diferente. Hay que fomentar la unión y no la desunión o el malestar entre los que celebran, y, algunas veces, el canto es motivo de desunión y malestar. «Yo no canto -oímos decir a algunos- porque no me gustan esos cantos, porque son muy antiguos, porque son muy socializantes, porque siempre son cantos franceses, porque no son los cantos de mi grupo, etc. etc.».
La vida de una comunidad se reconoce en los cantos. Cantar, sin embargo, exige el compromiso completo del hombre. Precisamente en las celebraciones es cuando las canciones retan a las personas a expresar la dicha de la celebración en un tono más alto.
Los cantos de la asamblea deben pertenecer a un lenguaje común y accesible a todos los que participan. El pueblo los debe asumir y hacer de ellos su oración. Todos tienen derecho a comprender y participar a través del canto, especialmente los que tienen menos posibilidades. Esto no quiere decir rebajar al máximo la calidad musical y textual de los cantos, sino que implica pensar en todos y en cada uno como los demás. Los cantos de la asamblea deben ser practicables para la media de los fieles reunidos. Deben parecerles tan familiares que nadie se sienta extraño o excluido, por el canto, de la acción sagrada.

«SÓLO EL HOMBRE NUEVO PUEDE CANTAR EL CÁNTICO NUEVO»[5]
Nos acercamos al salmo 97, atentos a la sonoridad que lo recorre, dispuestos a escuchar su música ¿Qué canto, oh Dios mío, podemos inventar al compás de nuestro asombro? Los instrumentos tocan, ¡adelante la cítara y el arpa!, «tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos» (Sal 97,5) las voces cantan, la tierra se estremece, cuantos la habitan rompen a cantar a coro, los ríos aplauden, el mar retumba. Los clarines y las trompetas (Sal 97,6) anuncian la llegada del Señor. Él llega para regir la tierra. «Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud» (Sal 97,9).
«Cantad al Señor un cántico nuevo»: Es una fuerte e intensa invitación a la alabanza. El salmista, fascinado por el Señor, invita a todos a que se unan a él en su alabanza y lo hace con los imperativos: gritad, vitoread, tocad, tañed, aclamad. La historia de la salvación ofrece abundantes modelos de la alabanza.
Un modelo que se levanta sobre los demás es el Magnificat, -«Proclama mi alma la grandeza del Señor»-, donde la sencillez y humildad de María, para dejar a Dios ser Dios, es terreno donde florece la alabanza. «Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados, cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor» (Ef 5,19; Col 3,16).
El motivo de la alabanza es Dios «porque ha hecho maravillas», «el Poderoso ha hecho obras grandes por mí». El canto viene detrás del asombro, la alabanza detrás de una experiencia gozosa. Si el ser humano alaba a Dios, lo hace movido por un corazón admirado, fascinado, agradecido, inundado de alegría sintiéndose amado y protegido por Dios.
El cántico nuevo, perfecto, pleno, solemne, reemplaza a otro cántico, el viejo; por tanto no bastan las alabanzas rituales conocidas, se requiere algo nuevo y grandioso. «Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado, algo hasta entonces inaudito. Una realidad nueva debe tener un cántico nuevo» (Orígenes).
«El canto brota de la alegría, y si lo miramos bien, nace del amor. El que sabe, pues, amar la vida nueva, sabe también cantar el cántico nuevo»[6] 
«Cuando es la tierra entera la que canta el cántico nuevo, entonces es la casa de Dios. Esta se edifica cantando, se cimenta en los fundamentos creyendo, se erige esperando, llega a la perfección amando. Ahora es el tiempo de edificarla; y es al final de los tiempos cuando será coronada y consagrada. Que se reúnan en ella, pues, las piedras vivas para cantar el cántico nuevo; que se reúnan para consolidar la estructura del templo de Dios»[7]
«Canta a Dios quien vive para Dios; salmea en su nombre, quien obra para la gloria de Dios. Cantando así, salmeando así, es decir, viviendo y obrando así… allanáis el camino a Cristo para que le sean asequibles los corazones de los creyentes» (Enarr. in Ps. 67,5).
Antonio Alcalde Fernández

[1] J. GELINEAU, Liturgia para mañana. Sal Terrae. Santander 1977, p. 108.
[2] M. SCOUARNEC, Dis-moi ce que tu chantes. Ed. Cerf. París, 1981
[3] Ver, Liturgia y Espiritualidad. CPL Octubre 2008. El pensamiento de Pablo VI.
[4] 4.- Decreto de la SCR de 1643: “Musica Missae, non Missa musicae famulari debet”
[5] San AGUSTÍN, Comentario al Salmo 97. Sermón 34.
[6] San AGUSTÍN, Sermón 34,1
[7] San AGUSTÍN, Sermón 27,1: PL, 38, 178)