08 mayo 2016

La ausencia de un viviente

El período pascual se acerca a su fin. En él se nos reitera el núcleo del mensaje evangélico, el Señor está vivo. Ha vencido la muerte, y lo que la produce. Esta es la fuente de nuestra esperanza (cf. Ef 1, 18).
Testigos de estas cosas
Los evangelios de Mateo y Marcos terminan con el envío en misión. Predicar la buena nueva es lo propio del discípulo. Esta consiste en dar testimonio de sus encuentros con el Cristo resucitado, desde allí leen con nueva luz sus enseñanzas. Eso son los evangelios: una inteligencia de los hechos y las palabras de Jesús a partir de la pascua: del paso de la muerte a la vida (Lc 24, 46). Comprensión realizada por testigos (Lc 24, 48; Hech 1, 8). En efecto, el testigo no se limita a relatar un acontecimiento, se compromete con él, lo hace suyo. «Abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24, 25). Por eso «se les presentó, después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios» (Hech 1, 3). Testigos entonces del Reino de vida.

Pero no se requiere sólo percibir el alcance de los hechos, es necesario también asumir las responsabilidades que el testimonio implica. Si Mateo y Marcos subrayan el envío en misión, Lucas insiste en la ausencia de Jesús mientras los discípulos dan fe de él. Los deja a cargo de la tarea, deben continuar su obra en la tierra. El Hijo asciende al cielo al lado del Padre. Pero es la ausencia de un viviente, no la de un muerto, esa es la lección de los últimos domingos. Por eso les envía «la promesa del Padre»: el Espíritu (Lc 24, 49; Hech 1, 4). El nos ayudará a hacer presente a Jesús, el viviente, en medio de una realidad de egoísmo, de privilegios indebidos, de arrogancia del poder político y religioso, de indiferencia al pobre, de hambre. De muerte, en una palabra.
¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?
Ascensión y Pentecostés son las fiestas de la madurez cristiana. Son una llamada a prolongar la misión de Jesús con nuestras percepciones de la realidad, criterios, decisiones. «La fuerza del Espíritu» (Hech 1, 7) está con nosotros. No se trata de quedarse inmóviles mirando hacia arriba y lamentando la ausencia del Señor, sino de ponerse en camino y llevar su evangelio «hasta los confines del mundo» (Hech 1, 8). Por ello todo intento de mantener a los cristianos en una actitud de dependencia e inmadurez sin reales responsabilidades y voz en la Iglesia es contraria al sentido de la fiesta que celebramos hoy. El concilio Vaticano II lo recordó con energía. Ser adulto en la fe es una exigencia evangélica, y el adulto tiene —debe tener— opinión sobre la tarea común.
Nos anima en esto la seguridad de que el Señor volverá (Hech 1, 11) porque está vivo (cf. Ef 1, 20). Y nos inquieta, porque entonces nos pedirá cuenta de los talentos que nos confió.
Gustavo Gutiérrez

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