08 mayo 2016

Domingo de la Ascensión del Señor

Recogiendo lo esencial de los tres textos que acabamos de escuchar tendríamos lo siguiente. Los autores sagrados nos quieren mostrar su convencimiento de que Jesús, una vez aparecido suficientemente para que se convencieran de su resurrección, les deja para volver allí de donde había venido.
Es lo que les había anunciado Jesús de modo claro y patente el primer Jueves Santo en el Cenáculo y que nos recoge San Juan en su Evangelio: “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y vuelvo al Padre. (16: 28)
Esa vuelta de Jesús al misterio del Padre es el HECHO que ellos nos quieren trasmitir. El lenguaje, “subió”, “estar sentado a la derecha del Padre”, “tapado por una nube”la aparición de los dos hombres vestidos de blanco, etc. etc. son solamente elementos necesarios para escenificar la vivencia que ellos tuvieron de ello y que pretenden dárnosla a conocer a nosotros para que, como dice San Juan al final de su Evangelio, creamos que “Jesús es el Mesías, el hijo de Dios, y para que creyendo tengamos vida en su nombre. (Jn. 20,31). 

No confundamos, pues, el contenido de lo que nos quieren transmitir, con el lenguaje y símbolos empleados para ello.
Una de las ideas fundamentales, sobre la que centraremos nuestra reflexión esta mañana, es la que hace referencia al mensaje que reciben los Apóstoles de aquellos dos curiosos personajes vestidos de blanco: “No os quedéis mirando al cielo”, que es lo mismo que decirles: iniciad la época del Espíritu y entregaros a la labor evangelizadora que os ha encargado Jesús. 
Actualmente la población mundial es aproximadamente de 7.000 millones de los cuales solo 2.200 somos cristianos. La tarea a realizar es, por consiguiente, enorme en magnitud.
El Papa Francisco es muy sensible a la llamada de Jesús a la evangelización. En su Exhortación “Evangelii Gaudium” afirma: “En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de “salida” que Dios quiere provocar en los creyentes…. Hoy, en el “id” de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva “salida” misionera” (nº 20) 
Un poco más abajo continúa: “Fiel al modelo del maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo (nº 23) 
Es una idea en la que ha vuelto a insistir en la Encíclica “Laudato, Sí” subrayando que la extensión del evangelio no debe hacerse exclusivamente mediante la palabra sino, al modo de Jesús, siendo sal o levadura dentro del mismo mundo, con compromisos concretos de acción. Oigamos al Papa: “La fe aporta nuevas motivaciones y exigencias frente al mundo del cual formamos parte” (nº 17)
“Los cristianos descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe” (L.sí. nº. 64) 
Quizás, por épocas de tranquilidad, hemos perdido el espíritu de lucha. Los cristianos hemos preferido descansar en nuestras creencias, más que esforzarnos en comunicarlas a los demás, en impregnar con ellas el mundo, en convertirlas en tarea a realizar. Nos resulta más cómodo, más sencillo, un cristianismo de estar, que un cristianismo de misión, un cristianismo de creer más que un cristianismo de hacer, un cristianismo de socios más que un cristianismo de militantes. 
El Papa nos anima a salir de esa situación vegetativa: “Todos somos invitados a aceptar este llamado: “Salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (nº 20) 
Hay que impregnar el mundo de lo que el papa ha llamado “Humanismo cristiano” (nº. 68)
El 19 de Marzo de este año, dirigiéndose al Cardenal Marc Armand, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, escribía: “Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios… el clericalismo no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente”. El Santo Padre subraya una idea importante: es el Bautismo quien nos introduce en la militancia cristiana, siempre que lo recibamos en edad adulta, o lo hayamos ratificado a la mayoría de edad. 
Tal vez, mucha de nuestra juventud no nos sigue, y no pocos adultos dormitamos en la fe, porque no hemos sabido descubrir en el Evangelio su espíritu de lucha, de tarea, de compromiso por un mundo mejor, más humano. Muchos cristianos no terminamos de ser auténticos militantes empeñados en la promoción de un mundo nuevo.
Este abandono de la acción es lo que ha dado lugar a las severas críticas de hombres como Nietzsche que desprecian el cristianismo por su desatención del mundo. 
El Comunismo también ha participado activamente en una crítica muy parecida. Marx ha considerado la religión como una alienación, como una evasión de los problemas de este mundo, dejándolos sin resolver, para volcarnos en los del otro. Por eso llegó a decir que la religión es el opio de los pueblos. 
No dejan de tener algo de razón cuando nos acusan de haber olvidado que el cristianismo no es una “ideología”, en el sentido en el que las critican Marx y Engels, sino un programa de acción. Ha sido un mal entendido que hemos de rectificar cuanto antes. 
La Sagrada Escritura, dice el Papa, sugiere “Que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra”(Laudato, Sí, nº 66)
Es imposible desconectar la fe cristiana del compromiso con el mundo.
Ha sido un grave error no haber descubierto y utilizado en toda su profundidad, el potencial revolucionario del Evangelio. 
San Lucas recoge un impresionante deseo de Jesús. (12, 49ss) “He venido a prender fuego al mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo”! 
Fue el pacífico, el “bonachón”, pero también el comprometido Jesús, quien nos invitó a todos a pegar fuego al mundo para sacarlo de sus rutinas, de sus de sus injusticias, de sus mentiras, de todo cuanto de malo hay en él y hace sufrir a los hombres y mujeres y sustituirlo por el Reino de Dios que es un reino de justicia, de paz, de verdad, de amor. 
En su recientísima Exhortación “Amoris Laetitia” el Papa ha vuelto a reclamar la presencia de los cristianos en la formación de las estructuras del mundo. Volveremos sobre ello (D.M.) en Adviento, pero ya hoy tenemos un pequeño anticipo: “Los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio en toda su grandeza. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar. (nº.35)
Tomemos en serio lo de aquellos dos hombres vestidos de blanco: no nos quedemos mirando al cielo esperando a ver qué pasa, a ver qué hacen los demás con el mundo. Esperémosle, pero con las manos llenas de nuestros compromisos por llevar adelante la obra de Jesús, hasta que Él vuelva. AMÉN
Pedro Saez

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