03 abril 2016

Las llaves de la muerte



En este domingo se proclama una bienaventuranza que nos toca de cerca: «Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29) porque por la fe se participa en la vida. «Para que, creyendo, tengáis vida». Nuestra adhesión al Señor se traduce en obras que generan vida.
Como el Padre me envió
La resurrección no se impone como evidencia y las apariciones del Resucitado van ganando paulatinamente el corazón de sus discípulos. La fe nos abre a la presencia resucitada del Señor en medio de los suyos: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (v. 20). Pero esta presencia y la alegría, su fruto, no son para la contemplación íntima; son fuerza para la misión. Jesús se presenta en medio de los suyos y les dice: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (v. 21). Misión que viene del Padre y de su amor, de su deseo de perdonar y dar vida (porque «perdonar es dar vida»), de su preocupación por «reunir a los hijos dispersos» (Jn 11, 52). Para ello envía a su Hijo y a su Iglesia y los equipa con la fuerza del Espíritu, «Señor y dador de vida».

El Señor está en medio de su Iglesia para abrirla al mundo, pero muchas veces la Iglesia tiene miedo de arriesgar su vida y tiende a replegarse en un aislamiento estéril, sobre todo cuando fuera reina la hostilidad y la muerte. Como lo dice el texto de hoy, la presencia del Señor se da en medio de una comunidad que se hallaba «con las puertas cerradas por miedo a los judíos» (v. 19).
Estuvo muerto y vive por los siglos
El Padre envió al mundo a su Hijo y el mundo lo mató, pero la misión se realizó: «He coronado la obra que me encomendaste» (Jn 17, 4). Para animar a su Iglesia, el Señor le dice hoy: «estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos» (Ap 1, 18). Ha sido constituido en Señor de la vida. La Iglesia, como Juan el evangelista, está llamada a ser testigo de la vida que el Padre quiere transmitir por la misión, pero eso implica también que seamos partícipes y compañeros en «la tribulación, en el Reino y en la esperanza» (v. 9). A esta Iglesia en misión que debe arriesgar su vida se le dice: «Tengo las llaves de la muerte» (Ap 1, 18), «no temas, soy yo, el primero y el último» (v. 17).
Por la fe llegamos a la vida, pero nuestra fe y adhesión al Señor se traduce en signos de vida como testifica la primera comunidad. «Los apóstoles se hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo» (Hech 5, 12). El servicio al desvalido y al pobre que vive en el límite de la no-vida es dar testimonio de la fuerza de la resurrección. A la primera comunidad «mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando enfermos y poseídos de espíritu inmundo; y todos se curaban» (v. 16). En la vida se siente la fuerza de la presencia de Jesús. En la pascua celebramos la presencia y la vida que es Cristo resucitado, esperanza para la humanidad maltratada y doliente.
Gustavo Gutiérrez

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