El domingo pasado, reflexionando sobre la Resurrección de Jesús, descubríamos que sin ella, nuestra fe sería vana por cuanto desaparecería su fundamentación divina. Efectivamente, si Cristo no ha resucitado, queda convertido en un magnífico ideólogo, pero nada más. Sus promesas en el campo de lo trascendente: ser hijos de Dios, esperar al final de nuestra vida un encuentro con Él, la certeza del perdón de nuestros pecados por parte de Dios, etc. etc.serían “preciosas ilusiones”, pero eso, “ilusiones” despertadas por un hombre bueno, pero sin garantía alguna de verificación real.
Si Cristo no hubiera resucitado, los cristianos seríamos unos formidables ciudadanos empeñados en construir un mundo más humano, pero ¡nada más! También, ¡nada menos! Pero, solo eso, ¡buenos ciudadanos!
La Resurrección de Jesús le constituye en persona divina y, en consecuencia, con poder suficiente para garantizar la veracidad y realización de todo aquello enseñado y prometido por Él.
Nos interesa, por consiguiente, tener una idea clara y justificada del
Como punto de partida tenemos la incuestionable certeza de los Apóstoles y otros íntimos colaboradores de Jesús, de que ESO ha pasado. No dudan de ello, hasta llegar a dar la vida en medio de tremendos tormentos por afirmarlo. A lo largo de los domingos de Pascua, D.M. iremos recordando situaciones en las que ellos se manifiestan de forma clara y taxativa testigos de la presencia de Jesús resucitado.
Conviene insistir que ellos, no solamente se consideran transmisores del mensaje de Jesús, sino TESTIGOS de su Resurrección. Esto les confiere un valor muy especial porque es verdad que hay héroes que son capaces de morir por una idea, aunque esa idea resulte luego falsa. Pero ¿Qué sentido tiene morir por afirmar un HECHO si a ellos no les consta incuestionablemente que ha tenido lugar? Absolutamente ninguno. La única razón es que ellos están convencidos de que han visto, han estado, han tratado a Jesús Resucitado.
Aceptada su firme creencia en la Resurrección, analizamos el asunto.
¿Pudo suceder que ellos se equivocaran, se auto-engañaran sin darse cuenta? ¿Se equivocaron ellos de buena fe?
Sus múltiples narraciones del acontecimiento no dan pie para pensar en esa posibilidad, por el contrario, cada una de ellas refuerza más y más la idea de la “realidad” de lo que nos cuentan en sus evangelios y cartas.
El error hubiera podido deberse a sus expectativas, deseos, añoranzas, o como quiera llamárselas, pero resulta difícil de aceptar esa explicación dada su inicial resistencia a creer la Resurrección de Jesús. Les cuesta convencerse. Son múltiples, los ejemplos que saldrán a relucir los próximos domingos, pero ya hoy, en la escena de Santo Tomas, tenemos uno especialmente significativo. “Yo, si no lo toco, no lo creo”. Ciertamente, Tomás no es un ejemplo de predisposición a creer que Jesús ha resucitado. Es más, el mismo Jesús le reprochó su falta de fe.
Hay otras muchas razones para eliminar la posibilidad del autoengaño. Por ejemplo. Es difícil pensar en algo que, siendo un autoengaño, produjera los mismos efectos en todos ellos, siendo como eran personas de distinta procedencia, edad, sexo, condición, carácter, etc. etc. y que esto les ocurriera unas veces en pleno campo, otras a orillas del mar de Tiberíades, otras en un lugar cerrado como era el cenáculo, o en un camino como a los discípulos que iban a Emaús. En distintos contextos ambientales y en diferentes personalidades se producirían los mismos efectos de autosugestión. Prácticamente imposible de explicar.
Pero además es enormemente sorpresivo el profundo cambio que experimentan en su personalidad. De repente, de estar asustados y encerrados en el cenáculo, salen a la calle a desafiar a todos los poderes públicos religiosos y civiles. Les surge a todos la fortaleza de repente. Señal clara de que a todos les ha pasado lo mismo.
Igualmente instantánea es la evolución de todos en la comprensión de las Escrituras Sagradas. De no entenderlas en profundidad, es algo que Jesús echó en cara a los discípulos de Emaús, pasan a ser intérpretes clarividentes en sus discusiones con los sacerdotes judíos y en las explicaciones al pueblo. De ser unos aprendices del Evangelio pasan , en un momento, a maestros que desafían en conocimientos a los doctores de la Ley. Los mismos Apóstoles reconocen que hasta el descubrimiento del sepulcro vacío no habían entendido “eso de que tenía que morir y resucitar”. Solo su encuentro con Jesús Resucitado pudo darles esta claridad de pensamiento.
Todos estos cambios exigen una causa real y muy seria. La más lógica es que la presencia de Jesús Resucitado les transformó totalmente. Sin esos encuentros no tienen explicación lógica ni psicológica tan profundos cambios en su personalidad.
Finalmente se podría añadir a este razonamiento la valoración de las consecuencias que les traía a ellos tomar la postura de testigos de la Resurrección de Jesús, tanto desde el punto de vista material como espiritual.
Desde el punto de vista material.
Tras una vida de luchas, sufrimientos, incomprensiones y persecuciones, todos acabaron en el martirio. Nadie aparece como beneficiario de algún logro humano personal. Renunciaron a todo para dedicarse a predicar el Evangelio y proclamar la Resurrección de Jesús. ¿Tiene esto algún sentido de no estar convencidos de que eso que atestiguaban era absolutamente verdad, real?
Desde el punto de vista espiritual.
La situación se agravaba aún más. Se estaban auto-condenando eternamente por doble causa: por mentir diciendo nada menos que Jesús había resucitado, y por apostatar de la religión judía, pasándose al cristianismo. ¿Cómo van a enfrentarse con Dios afirmando que Jesús ha resucitado y cómo van a abandonar sus creencias religiosas judías de no constarles que realmente había resucitado?
Su situación no podía ser más absurda. Se perdían aquí en la tierra, a manos de los judíos y romanos que los martirizarían hasta la muerte, y allá en los cielos, a manos de Dios, que los condenaría por haberse separado de la Ley de Moisés. Una postura tan absurda es absolutamente injustificable. Unido esto a todo lo anterior solo cabe una explicación lógica:
ELLOS VIVIERON LA RESURRECCIÓN DE JESÚS.
Es indudable que experimentaron algo muy serio dentro de sí, que los llevó a convertirse en los primeros fieles, de aquella ola expansiva espiritual que comenzó en Jesús de Nazaret y que ha llegado hasta nosotros, a pesar de todos los obstáculos y barreras que ha tenido que salvar.
No dudemos de la Resurrección de Jesús. Metámonos en esa ola salvadora; dejémonos s empapar por ella y cooperemos a que siga propagándose a lo largo de la historia de la humanidad. AMÉN.
Pedro Saez
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