05 abril 2016

Domingo III de Pascua: Sobre el Evangelio


Resultado de imagen de Jn 21, 1-19 (Evangelio Domingo III de Pascua)

El evangelio de este tercer domingo de Pascua es continuación del evangelio del domingo pasado. Venimos de un encuentro con el Resucitado y vamos a otro encuentro. Y en cada encuentro, algo salimos ganando. Comienza con el evangelio de hoy el capítulo 21, el último, del evangelio de Juan; nos dice lo que sucede cuando se profundiza en el acontecimiento pascual: la misión de Jesús pasa a la Iglesia. El evangelista presenta un episodio paradigmático de la misión, con el objeto de señalar cuáles son las condiciones para el fruto misionero y el papel de Jesús en ello. Después de este evangelio, tenemos el relato de un extemporáneo ataque de celos  de Pedro (21,20-23) y la conclusión segunda -y final- de todo el evangelio, con el testimonio veraz del discípulo-testigo (21,24) y la magnífica hipérbole con que culmina la obra (21,25).
El texto tiene un alto valor simbólico. Los discí- pulos ya no están dentro de casa (20,26) sino que salen a su actividad de pescadores (a su misión de apóstoles) (21,3). Estamos ante la tercera manifestación de Jesús a los discípulos, pero ahora en otro lugar -el mar de Tiberíades- y en otro tiempo -al amanecer-, no “al atardecer” (cf. 20,19).

El evangelio tiene dos partes. La primera parte abarca los vv. 1-14: esta parte se abre y se cierra con el verbo “manifestarse” (vv. 1 y 14) y está organizado en torno a un centro: la solemne declaración del discípulo amado “Es el Señor” (v. 7a). Jesús, que es el Señor, se mani- esta a los discípulos (a la Iglesia) resolviendo así su fracaso en la pesca (simbólicamente, su fracaso misionero) (vv. 2-3); con su presencia y sus indicaciones el fracaso se convierte en éxito (vv. 4-6). Jesús, que es el Señor, atrae hacia sí a los discípulos (vv. 7b-8) y les da de comer, les brinda el alimento (vv. 9-13).
La segunda parte está compuesta por los vv. 15-19 y nos cuenta la encomienda que Jesús, que es el Señor, da a Pedro, según este va respondiendo a las preguntas lanzadas por Jesús. Las tres encomiendas, respuesta de Jesús al amor profesado de Pedro, se resuelven con el imperativo nal: “Sígueme” (v. 19). No se puede ser discípulo sin haber constatado antes amor por el maestro.
El evangelio propone una vida de la comunidad creyente que se mueve entre “dentro” y “fuera”, entre comunión y misión. En ambos polos se requiere la presencia de Jesús. Sin él, ni la comunidad ni la misión funcionan. De modo que el pulso comunitario y el fruto de la misión dependen de la docilidad a la palabra de Jesús (“Echad la red a la derecha y encontraréis”, v. 6) y del dejarse alimentar por él (“Venid y comed”, v. 12). Así podemos decir verdaderamente que “Jesús es el Señor” y así podemos ser verdaderamente discípulos suyos. El discipulado, el seguimiento de Jesús, conlleva entregarse a una labor como la suya. En este contexto, “pastorear las ovejas” es una consecuencia de la relación de amor entre Jesús y los suyos, y por tanto debe ser una labor hecha desde el amor, con amor, por amor. Las tres respuestas de amor de Pedro corrigen sus anteriores tres negaciones. Solo el amor fulmina la deslealtad, la traición, el pecado. Solo el amor impulsa a un comprometido servicio en la comunidad y en el mundo.
José Antonio Badiola Saenz de Ugarte

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