05 abril 2016

Domingo III de Pascua: Homilía

Para comprender mejor los relatos pascuales, el proceso de los discípulos hacia la fe en el resucitado, estáis mejor preparados los que habéis pasado por la experiencia de la muerte trágica de un ser querido, joven, bueno, con porvenir brillante, y de repente, un accidente, una agresión absurda, el cáncer os lo ha arrebatado. Uno queda roto, noqueado, lleno de miedos, dudas, incertidumbre; ¿cómo puede haber sucedido este absurdo?; ¿dónde está Dios? (una madre tronchada por la muerte repentina de su hijo de 24 años, clamaba: “jamás le perdonaré a Dios lo que ha hecho con mi hijo”). Desde ese desconcierto hasta la esperanza en su nueva vida, hasta poder seguir adelante con ánimo, hay un largo y lento proceso, caminos de ida y vuelta, momentos de intuir y presentir otra presencia.

Jesús Resucitado acompaña pacientemente el largo proceso de sus discípulos desde el desconcierto, el fracaso, el miedo, hasta la confianza, a intentar de nuevo, a volver a la tarea. Jesús se les hace presente, les orienta, da plenitud a su tarea fracasada, les prepara el fuego y la comida para rehacer sus fuerzas.
El grupo de discípulos están de vuelta a su tierra de Galilea, a su antiguo o cio. Jesús les había arrancado para pescadores de hombres y ellos abandonaron las redes. Ahora, ante el fracaso de Jesús, han vuelto a la tarea en el lago. Han dado un paso y se han reagrupado después de la huida y dispersión ante la muerte de su Maestro. Inician su trabajo durante la noche cuando faenan los pes- cadores. Pero envueltos en la oscuridad, sin la presencia de Jesús, su esfuerzo resulta inútil.
Solamente al alba, con la primera luz, se hace presente el Resucitado; les orienta en la semipenumbra, «echad a la derecha»; ados de su palabra echan de nuevo las redes, y se opera la plenitud; con Jesús hay futuro, cosecha abundante.
El predilecto de Jesús traspasó las sombras e intuyó «es el Señor». El amor, el corazón ven más allá que los ojos.
Pedro, el de la fe arriesgada, se lanzó al agua, no aguantó el ritmo de la barca pesada y lenta. El seguimiento de Jesús más que en el razonamiento, se apoya en el corazón, supone arrojo, capacidad de riesgo.
El Resucitado, en la ribera, no les recibe con un discurso; les tiene preparadas unas brasas, pescado y pan. 
Les invitó a comer para rehacer fuerzas y ya no dudaron, «sabían bien que era el Señor». En los gestos básicos (la cercanía, la preparación de la comida, invitar a la mesa) es donde se realimenta la amistad, la vida compartida.
En nuestra vida no faltan tiempos de tarea dura y vacía, de fracasos personales o familiares. Nos ayuda a rehacernos cuando alguien nos espera al volver a tierra, al regresar a casa y encontrar un hogar con brasas encendidas por el amor y algo para comer. Cada uno de nosotros estamos llamados a ser de los que crean hogar, cuidan el fuego, preparan los alimentos, invitan a compartir una buena comida, para facilitar el que el otro se encuentre feliz, se sienta reconciliado.
Nuestros mayores han encarnado para nosotros esa presencia divina: nos han cuidado y alimentado durante años. Cuando nos fuimos lejos, mantenían el hogar; allí regresábamos para descansar, rehacer fuerzas, realimentar nuestro amor familiar.
Para ellos, perdidos en la noche de la muerte, desde la otra orilla, se les ha acercado el Señor, les ha amanecido, les ha recuperado para el hogar del Padre, junto a los que les precedieron en la fe. Dios los alimenta a su mesa con el pan de la inmortalidad.
Los cristianos tenemos en la comunidad un hogar, una mesa puesta, una presencia que rehace nuestro vivir. A los que se alejaron, es preciso alimentarlos su nostalgia de hogar, de reencuentro con el Resucitado que espera siempre para rehacer nuestra esperanza. Que cada uno cargue con su dosis de paz, de luz, de perdón… y salgamos a repartirlo. Hemos de transformar, no el mundo entero, de golpe, sino las cosas con las que nos hacemos un mundo aborrecible. Como el sol chiquito del invierno que, poco a poco, blanquea la ropa sin quemarla. Como la felicidad pequeña de vivir sencillamente, haciendo lo que nos toca y atreviéndonos a reconocer que nuestro amor y nuestro gozo son un regalo de Dios.
En esta Eucaristía, para nuestras noches, dudas, fracasos, se nos hace presente el Señor con su palabra que orienta e ilumina, con su pan de comunión que nos trans ere su vida de plenitud.
Jesús García Herrero

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