“Preparad del camino del Señor”, hemos oído al profeta Juan. Entendamos el grafismo: Juan, sale del desierto, habla a un pueblo semita cuya su historia ha sido el caminar por tierras duras, hostiles, curtidos en el camino buscaban, ansiaban una tierra en que poder descansar ya, habitar. Las palabras de Juan: Preparar el camino significaba para ellos disponerse para organizar un nuevo modo de vivir. Juan les pide que “organicen su vida según el deseo del Señor”. Veamos qué significan estas palabras para nosotros.
La Navidad, ya cercana, es el encuentro con Dios que se hace niño, hombre como nosotros, nos trae un mensaje: dirá que Él es “la buen noticia” de Dios, fácil de comprender como lo es la vida de un niño, como será su vida. Él dirá “el Padre y yo somos uno, quien me ve a mi ve al Padre”. Va a conocer las alegrías de una vida en familia, le veremos entre las gentes de su tiempo, las dificultades de vivir en un pueblo pobre, cercano a los que sufren, ayudando a vivir, veremos su vida, sus afectos, sus gestos generosos, su entrega a todos los que sufren, sus valores, es la vida que Dios ha escogido para su Hijo, es la vida que quiere ver en nosotros, en la humanidad, somos sus hijos el culmen de la creación de Dios. Viendo su vida podremos comenzar a conocer cómo es nuestro Dios y cómo quiere que sea nuestra vida.
Recibimos hoy de Dios, en las palabras de los profetas que hemos escuchado, una llamada que nos guíe en nuestro camino, en nuestra vida, para este encuentro con el Señor en la Navidad. Es llamada personal, para cada uno y colectiva para toda la humanidad. Dios quiere encontrarse con nosotros de modo singular.
Juan nos ha dicho: “allanad montes, enderezar caminos, rellenar valles, quitar estorbos para que el deseo de Dios llegue a ser verdad en nosotros”. El profeta Baruc ha pedido: “escoged como verdadero camino el que conduce hacia la paz”, y Pablo pide “que vuestra comunidad siga creciendo en sensibilidad ante la justicia para apreciar los valores y lleguéis encuentro con Cristo”.
Estas palabras son una invitación a un cambio integral. Juan se refiere a todas las dimensiones de la vida: Allanar los caminos del Señor será disponernos para que Dios pueda llegar hasta nosotros, transitar por esta sociedad, para que la humanidad esté en condiciones de reconocer y acoger su presencia. Es necesario abajar muchas montañas de bienes materiales y dineros acumulados y levantar muchos valles de pobreza y humillación, abajar muchas colinas de poder y egoísmo, levantar muchos barrancos de marginación, exclusión, desempleo, indefensión jurídica; desde el solidario reparto de los bienes materiales hasta el efectivo reconocimiento de la dignidad de toda persona, desde las relaciones fraternas en las relaciones cortas familiares, laborales, a las relaciones justas y solidarias en las relaciones sociales más largas, desde nuestro olvido del sentido de nuestra vida ante Dios hasta el convencimiento de su presencia buena en lo más profundo de nuestra persona. Nos dicen hoy que cuando el Mesías esté entre nosotros nos ayudará a nosotros a realizarlo, aunque nos parezca difícil.
Hemos de tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona. No es posible alimentarse solo de doctrina religiosa. Necesitamos comenzar a sintonizar vitalmente con él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su amor por ser humano, de su pasión por Dios y por nosotros.
Dios empieza a convencernos de ser buena noticia cuando llegamos a experimentar que su cercanía nos hace más humanos, más libres para creer, más capaces para amar y comprender a los demás, de convivir. Cuántos hombres y mujeres sencillos saben más de Dios que muchos teólogos ilustrados. Ellos se confían humildemente, convencidos de que Dios es alguien que les ama, que está siempre con ellos, les conoce a fondo y aciertan a amarle, a convivir con él. Decía alguien: “Dios es para nosotros como un familiar más de nuestra familia”.
No podemos olvidar que nuestra tarea de preparar sus caminos es común con todos los hombres de buena voluntad, que están ya luchando por engendrar un mundo nuevo. No somos nosotros los cristianos los únicos, tampoco somos los mejores. En la ingeniería de caminos, que ha puesto en marcha nuestro Creador, trabajan muchos hoy en el mundo con buena voluntad. Jesús anuncia e inicia en su persona el cumplimiento total del Proyecto de Dios con la Creación, con el tesoro de ésta: el ser humano, la humanidad.
Bien está asistir a celebraciones religiosas, hablar y estudiar, pero para descubrir a Dios más que discusiones sobre religión y argumentos de otros, lo más auténtico y valioso es el deseo sincero de encontrarle presente siempre en nuestra ser y de encontrarle también en los demás, acercándonos a los que sufren, tratando el quitar las verdaderas causas del sufrimiento, de las injusticias que pesan con tanta dureza sobre quienes ansían con todo derecho el poder disfrutar de la paz de una vida digna, de un trabajo en el que realizarse y apoyar su sustento, tal como es también el deseo de Dios. Dios deja junto a nosotros muchos signos suyos por los que tenemos seguridad de su presencia, de su deseo y voluntad, que nos abren a su verdad y al compromiso de acciones que nos acerquen a su deseo de justicia y de paz. Descubramos esos signos de Dios y dispongámonos a realizarlos también nosotros en nuestra vida.
Por todo ello, hemos de reconocernos ante Dios tal como somos, con nuestros errores, nuestro pecado, y a la vez sentirnos amados, perdonados, comprendidos por Él. El reconocimiento sincero de lo que somos nos ayudará a desear la cercanía de quien nos ama, nos perdona y nos salva y podremos más fácilmente encontrarnos ante Dios con seguridad y confianza y orientando nuestra vida según su deseo. Todo esto significa “seguir los caminos del Señor”.
Hemos visto a Juan salir del desierto. No dejemos de buscar momentos de silencio y pensar en nuestra vida, en lo que Dios espera de nosotros. Jesús, nuestro hermano, nos esta pidiendo siempre algo más. Él nace para encontrarse con cada uno de nosotros, es nuestro amigo, que nos acompaña. Nuestro desierto pueden ser momentos de pensar, de sentir a Jesús cercano, recordando nuestra vida.
Que nuestra Navidad sea vivir la experiencia de encontrarnos creyentes, menos creyentes, poco creyentes, e incluso, no creyentes, en torno al relato evangélico del nacimiento de Jesús. Darle a él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.
Vivir de la mano de un Dios así, convierte nuestra vida en la aventura más apasionante y confiada, más llena de paz y esperanza que nadie pueda imaginar, a ello debemos colaborar.
No lo olvidemos, Jesús lo dijo, Él es el principio del camino y también el final del camino. Así es el Adviento.
José Larrea
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