Lo primero que queda aquí patente es que Jesús entra en la historia de los humanos, en las condiciones y con los condicionantes en que vivimos los seres humanos: en un tiempo determinado, en un sitio concreto y con una finalidad que señala el proyecto de vida que él tenía asignado y que cumplió. Para que así todos veamos la salvación, que Dios quiere para nosotros. “La Palabra de Dios”, que es la comunicación y la revelación de Dios a los humanos, se realizó tal y como Lucas la irá relatando en su evangelio. Aquí está el punto de partida. Los datos concretos, de tiempo y personas, que presenta el relato no son históricos. Pero afirman con claridad que “la Palabra de Dios”, en Jesús, entra en la historia humana.
Como todos los acontecimientos históricos decisivos, la presencia de Dios (por y en Jesús) entre los hombres y mujeres de este mundo, estuvo precedida de un testigo y portavoz privilegiado, que anunció lo que venía y en qué condiciones venía. Esto no sucedió en el Templo, sino en el desierto. El testigo portavoz no fue un sacerdote, sino un profeta (Lc 7,26; Mt 11, 9), que era hijo de un sacerdote (Zacarías), pero no quiso hacer el oficio de su padre. Así quedó enmarcado y definido “el centro del tiempo”: “La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; desde entonces se anuncia el reinado de Dios” (Lc 16, 16; Mt 11, 13). Juan anuncia que Jesús es el centro y marca la etapa definitiva. Lo decisivo ya no es la Religión (templo, ley, sacerdotes…), sino el Evangelio.
Esto representa lo que anunció el profeta Isaías (40, 3-5): en esta nueva etapa, los senderos se allanan, los caminos torcidos se enderezan, se facilita el paso, el encuentro, el progreso de la humanidad por este mundo tan escabroso y retorcido. A esto es a lo que nos tiene que llevar la conversión que se predica desde Juan.
José María Castillo
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