Hemos escuchado esta escena maravillosa del evangelio de Lucas, que recoge en sus primeros capítulos de su evangelio relatos testimoniales de las primeras comunidades cristianas. Son relatos, que encierran el afecto de las primeras comunidades hacia Jesús y también hacia lo más querido por Él, hacia su madre. Con toda seguridad a ellos hace referencia el redactor de este evangelio.
En esta página, tan bellamente escenificada por el evangelista, Dios nos revela el misterio de los misterios de la encarnación del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, Jesús nuestro hermano.
El relato presenta palabras del mensajero de Dios, que escucha María, cargadas de afecto respetuoso: “Alégrate, llena de gracia, eres la más bella”, es el significado de “gracia”. Y le trasmite la seguridad del apoyo de Dios para realizar su propuesta: “el Señor está contigo”; son palabras, que en lenguaje bíblico significan, “Él está contigo con todo su afecto y todo su poder, Dios te acompaña, lo que Dios te propone se cumplirá”, palabras, que escuchó Abrahán cuando Dios le propuso fundar un pueblo, Moisés al encomendarle el éxodo salvador hacia la tierra prometida.
Dios propone su proyecto a María, una joven de Nazaret, un pequeño pueblo de Galilea, desposada con José, Dios ha escogido a esta joven para ser madre de su Hijo y le pide su consentimiento. A María le cuesta comprenderlo. Dios nunca nos violenta, respeta nuestra voluntad para lo bueno y para lo malo.
María es quien decide ser la madre del hijo de Dios, turbada responde: “Hágase en mi según tu palabra”, acepta la voluntad de Dios. La escena termina: “el ángel la dejó y se fue”. Ella queda en silencio en la presencia de Dios, del hijo que lleva en sus entrañas. Es la madre de Dios, su vida será para su hijo.
Leemos esta escena en la fiesta de María Inmaculada. Celebramos que María, la madre de Jesús, fue una mujer especialmente querida, agraciada por Dios. Dios la preservó siempre de toda mancha de pecado, ella fue siempre fiel, su vida fue una respuesta plena a su Dios. Dios ha querido liberar a su madre de todo lo que nos aparta de Él, del daño que nosotros nos hacernos a nosotros mismos y a los demás humanos. Dios ha estado siempre con ella desde el comienzo de su existencia. Es la fiesta que hoy estamos celebrando.
Ella, la madre de Jesús, le llevó en su seno, le amamantó, le crió, le educó, le enseñó a rezar, volcó todo su afecto su ilusión por su hijo, que solo las madres pueden acercarse a comprender en toda su grandeza. Es María, la madre de Dios, nuestra madre, la madre de la Iglesia, que ha recogido y recoge el mayor afecto “todas las generaciones que le llaman bienaventurada”. ¿Cabe mayor grandeza?
Hoy María, la madre de Jesús, nuestra madre, nos hace pensar. Lo que hemos descubierto en ella, podemos también de algún modo descubrirlo en nuestro propio ser.
Dios al darnos la vida, nos ha hecho semejantes a Él. Esto debe hacernos reflexionar, que en todo ser humano, hay un núcleo intocable que nadie ni nada puede manchar. Pablo (Ef 1,3-12) nos ha dicho en la segunda lectura: “Él nos eligió, en la persona de Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante él por el amor”. Lo que hay de divino en nosotros será siempre inmaculado. Si tomáramos conciencia de esta realidad, sería el comienzo de una nueva manera de entendernos a nosotros mismos y de entender a los demás.
María madre de Dios es ejemplo y modelo de fe cristiana. Ella, íntimamente unida a su hijo, desde la plenitud de gracia, en función del proyecto de salvación que su hijo viene a ofrecernos, de su unión con Él, abre también para nosotros el camino “hacia una nueva tierra y un nuevo cielo, en los que habite la justicia”.
Al pensar en María, hemos de pensar que llevamos en nuestra entraña ese toque del espíritu con que Dios nos ha enriquecido, que nos debe llevar a un respeto, al amor hacia todos los seres humanos, que Jesús fijó como principio para ser sus seguidores, el poner nuestra vida como servicio para que todos los humanos podamos vivir con la dignidad de hijos de Dios, de hijos de María.
El evangelio de Juan relata la presencia de María en el grupo que acompaña a Jesús; María asiste a unas bodas en Caná y allí a la primera fe de los apóstoles. También nos relata su presencia en el Calvario, ve morir a su hijo crucificado entre dos malhechores. Escucha en su dolor las últimas palabras de Jesús, palabras cargadas de afecto dolorido, pidiendo a Juan que la acoja en su casa, que cuide de ella como un hijo de su madre. Es la escena entrañable del Calvario.
El relato evangélico de Lucas, que hemos escuchado hoy, ha encontrado eco en la religiosidad de los cristianos de todos los tiempos, en la Iglesia, que ha recibido la presencia de María con afecto singular, y han visto y sentido en María la cercanía de Dios. Le han invocado como la madre de Dios, la madre de Jesús, también como madre nuestra. Nosotros nos unimos hoy al gozo de toda la Iglesia y damos gracias a Dios por la grandeza que ha obrado en María y por el Espíritu que Jesús su hijo nos ha trasmitido, en nosotros también Dios se hace presente.
Tal vez nuestra sociedad y posiblemente nosotros mismos en alguna medida, colmados de pecados como la intolerancia, la violencia, el egoísmo, el olvido de los que sufren, pasamos fácilmente por encima de estas verdades, de estos hechos que nos conciernen. No podemos olvidar que María y cuanto Dios realiza en ella, es un proyecto de salvación para nosotros. Acercarnos con afecto a María, es acercarnos a nuestra salvación, acercarnos a Jesús.
Esta fiesta nos recuerda, que creados a imagen de Dios, la mayor belleza, llevamos en nosotros el soplo del Espíritu y estamos todos llamados a hacer algo para que la belleza que Dios ha encerrado en nuestra persona, el deseo de bondad, se haga presente en nuestro mundo. Dios que lo hizo así con María nos llama hoy a todos a unirnos a ella en esta tarea tan grande.
José Larrea Gayarre
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