08 diciembre 2015

Dios al teléfono

La escena del encuentro de María con el ángel fue meridianamente clara, y un excelente ejemplo de comunicación interpersonal: Viene un ángel. En nombre de Dios. Y le anuncia que ha sido elegida para ser madre de Jesús, el Salvador… Ella escucha, expone sus dudas, y acepta la voluntad del Señor.
En la carrera de periodismo se aprende que toda comunicación consta de cuatro elementos imprescindibles: el emisor (la persona que dice algo a otra persona), el receptor (esa otra persona), el medio (la forma empleada, ya sea oral, escrita, visual…), y el mensaje (lo que la primera persona dice a la segunda). Y para que la comunicación sea real, se requiere: que el emisor y el receptor comprendan el mismo idioma, que el medio sea adecuado, que el mensaje sea inteligible, y que el receptor esté en actitud de escucha
Y para situarse en actitud de escucha, es preciso convencerse uno de que no tiene toda la verdad. De que, en algún sentido, necesita de los demás, y de que toda persona merece respeto y ser atendida… No cabe duda de que la actitud de escucha genera: espíritu de diálogo, comprensión, sintonía con los demás, relación de amistad y compromisos operativos; en tanto que el no saber escuchar origina: incomprensión, intransigencia, intolerancia, deterioro de la convivencia y conflictividad familiar y social.

María escuchó: estaba en actitud de escucha. Comprendió el mensaje del ángel, porque hablaba su mismo idioma: el de Dios. Expuso sus dudas. Y aceptó: “Aquí estoy, que se haga lo que tú has dicho”.
Si examinamos nuestra realidad, no podemos por menos de constatar que Dios nos habla, cada día muchas veces, a través de los acontecimientos. Lo que sucede a nuestro alrededor es siempre palabra de Dios.
Hace ya muchos años, a mi madre le sucedió una anécdota de lo más peregrina. Resulta que, hacia el mediodía, estaba haciendo la comida y de repente sonó el teléfono. “Dígame”. Y una voz de joven le dijo: “Señora, habla usted con Jesucristo”. Mi madre, que tenía sentido del humor, le respondió: “¡Uy, qué suerte! Cualquiera no habla todos los días con Jesucristo. Y ¿qué querías?”. El joven se explayó a sus anchas y, después de un buen rato de escuchar aquella ingenua “homilía”, mi madre se despidió: “Bueno majo, que sigas con este buen humor”.
Dejando a un lado lo que la anécdota tiene de ocurrente y divertida, pienso que, ya en serio, Dios nos habla cada día por teléfono… Unas llamadas son urbanas, como por ejemplo: la necesidad, que observamos en algunos hogares, de cariño, diálogo y comprensiónel conflicto generacional; la escasa comunicación entre padres e hijos; la necesidad de diálogo y tolerancia en nuestra vida social; la droga, el paro, la delincuencia, el terrorismo…
Otras llamadas son interurbanas, como por ejemplo: sucesos que denotan falta de amor, y presencia del rencor; inundaciones en unos lugares y sequía en otros; incendios forestales; explotación, injusticias sociales y robos camuflados con una corbata “digna”…
Y las llamadas internacionales, como: el hambre en el mundo; la explotación de los países pobres, el analfabetismo; la mortandad por inanición; las guerras; las dictaduras insoportables, los terremotos y otras catástrofes…
En conclusión: que, si queremos ser como María, hemos de “coger el teléfono” cada vez que “suene”.
¡Riiiiinngg!… Perdón, os dejo.
Pedro María Zalbide

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