Ciegos, mudos…así estamos
La Palabra de hoy va dirigida a esas personas que tenemos el corazón cobarde o decaído. Va para nosotros mismos, los que estamos aquí sentados esta mañana. Va para ti y para mi, que formamos parte de esta generación que tenemos a nuestro alcance el más amplio saber de todos los tiempos y a nuestro alcance la tecnología suficiente para hacer un mundo más digno del hombre. Va para nosotros, hombres y mujeres de hoy, que vamos sin ver y escuchamos noticias y sucesos que ya no nos conmueven. El profeta Isaías nos dice que Dios viene a actuar en persona, haciendo que los cojos anden, los ciegos vean y los mudos hablen.
Y decimos, qué bien, que venga Dios en persona a ver si puede hacer algo, porque nosotros ya no sabemos por dónde comenzar. Es verdad, tal vez solo haga falta esto: dejar a Dios que intervenga más en nuestra forma de ver y amplíe nuestra fuerza moral para discernir y tomar decisiones con coraje. A día de hoy, ni siquiera lo invocamos…tal vez por una profunda falta de fe.
Jesús, un profeta con el poder de Dios
El evangelio nos trasmiten la experiencia humana de Jesús el Hijo de Dios. Detrás de sus acciones proféticas (sus milagros) está la reivindicación de su Padre por dar vida y dignidad a sus hijos infelices en la vida. Curar a las personas de enfermedades incurables y que excluían de la comunidad y de la familia era algo que ningún curandero o médico de aquel tiempo podía hacer. Era el poder de Dios el que intervenía en la persona de Jesús; de ahí el elogio de la multitud: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.
Hoy el poder profético está presente en la comunidad cristiana también, aunque tal vez de una manera más discreta. Nuestra Iglesia está llamada a tener misericordia de los que no tienen voz, ni futuro. Está llamada a ser madre de los que no tienen madre ni familia. Está llamada a ser motivo de esperanza y consuelo en tantas situaciones humanas que no la tienen. Podemos preguntarnos si este es el oficio de la Iglesia en este momento; si cada comunidad cristiana y cada bautizado es consciente de su tarea. A todos nos vienen a la vista imágenes terribles de migrantes llamando a las puertas de Europa, y la falta de respuesta o de indiferencia con la que todos actuamos. Es un signo elocuente de que sigue habiendo ciegos que no ven y mudos que no hablan ni denuncian. Para ser honestos, resulta que los ciegos y los mudos somos en primer lugar nosotros mismos.
El poder de la Iglesia es Jesucristo. En su fuerza de resucitado radica nuestra esperanza como seres humanos. Sin Jesús no hay salvación para la humanidad. Su muerte sigue siendo fruto de bendición y estímulo ante las batallas que hoy se nos presentan. La muerte ni la barbarie puede tener la última palabra si invocamos el poder de la cruz, que es el poder de Dios mismo.
Grupos y personas que curan
La Palabra de Hoy tiene también el acicate del estímulo profético. En efecto, vivimos tiempos en donde es necesaria mucha valentía. La valentía es fruto del Espíritu de Dios, pero también del discernimiento. Sería buena semana si en nuestras familias, grupos, comunidades fuéramos capaces de VER las situaciones de dolor a nuestro lado; y juntos madurar algún compromiso concreto y al alcance de nuestras posibilidades. Desde nuestro carisma salesiano, somos especialmente sensibles hacia los niños y jóvenes en desventaja por los motivos que sean. Al inicio de curso sería bonito entrever iniciativas que den respuesta a estos niños y familias con menos recursos personales, afectivos y efectivos. De la abundancia del corazón hablará nuestra boca.
Ojalá que Dios nos ayude a ver con ojos de misericordia.
José Luis Villota, sdb
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