13 septiembre 2015

Homilía Domingo XXIV de Tiempo Ordinario de A. Veilleux

Nos encontramos en una época del año en que cambia la temperatura. Da la impresión de que a veces nos encontramos aún en verano; en otros momentos que nos hallamos ya en invierno. La hojas de los árboles han comenzado a caer. No hay duda posible; vemos que pronto tendremos el otoño.
En el Leccionario de los domingos nos encontramos con un cambio muy semejante. La escena del Evangelio que acabamos de escuchar sirve de transición entre las dos grandes partes que constituyen las dos mitades del Evangelio de Marcos. Hasta ahora asistíamos a una revelación gradual de quién era Jesús, aun cuando nadie lo comprendiera. A partir de ahora va a comenzar una larga marcha que lo conducirá hasta Jerusalén y finalmente a la muerte. Para nosotros, tras la celebración gozosa de pascua, nos ha conducido la liturgia a la comprensión de determinados aspectos del misterio de Cristo. Ahora comienza dicha liturgia a mostrarnos las exigencias de ese misterio para nosotros.
Jesús pregunta a sus discípulos: “Para la gente, ¿quién soy yo?”, a lo que sigue: “Y vosotros, ¿qué decís vosotros? Para vosotros, ¿quién soy yo?”



Es muy probable que la pregunta “quién es Jesús?” nos haya parecido durante mucho tiempo, para la mayor parte de nosotros, una pregunta más bien teórica – sin duda alguna hasta el día en que, por razones propias de cada uno, nos hemos visto empujados a preguntarnos sobre el sentido de nuestra propia existencia. Es entonces cuando nos hemos preguntado: “¿Quién soy yo?”

¿Quiere ello decir que la pregunta planteada por Jesús a sus discípulos era retórica? ¿Qué era un artificio pedagógico para poder enseñarles quién era? – No lo creo. Creo por el contrario que en este momento en su existencia humana, este problema revestía para Él una importancia vital, y ello por dos razones. La primera de ellas era la de descubrir el misterio de su identidad era tan crucial e importante para Jesús como lo es para cada uno de nosotros; y la segunda era que no le era más indiferente de lo que pueda serlo para cualquiera de nosotros cómo iba a sobrevivir en el recuerdo de sus amigos.
Jesús sabía en efecto que estaba perdiendo la batalla con las autoridades del pueblo. Sabía que pronto iba a morir, dejando tras de si un puñado de discípulos que eran sumamente débiles. ¿Sería ello el final de todo? ¿Iba a ser su misión un fracaso total? ¿Seguirían acordándose de Él? Estaba su memoria suficientemente viva para darles la fuerza necesaria para proseguir la misión que había comenzado y que iba a ser interrumpida de manera tan abrupta?
Cuando una persona se ve confrontada con una crisis profunda, necesita tener una comprensión, más profunda que de costumbre, de su identidad personal. Necesita asimismo tener la certeza de que, sea cual fuere el fracaso o el desastre, habrá quienes no perderán su fe en ella; y que ella proseguirá viviendo en su memoria. Jesús se hallaba en este punto en su vida.
Se muestra incluso impaciente con Pedro, al que le cuesta comprender y que se asemeja un poco a ese ciego al que había curado Jesús al comienzo de este capítulo. Escena ésta que es en verdad sorprendente. Se trata de la curación de un ciego en etapas sucesivas. En un primer momento puede el ciego ver a los hombres, mas se halla aun su visión aun tan embrollada que le parece que son árboles que están andando..Jesús lleva a cabo entonces la segunda fase de la operación y el ciego recobra totalmente la vista. Algo semejante le acontece a Pedro. Después que hubo calmado Jesús la mar, cuando todos se preguntaban: “¿quién puede ser éste?”, aparecía claro para Pedro que Jesús era el Mesías. Pero todavía es una visión confusa. No sabía, y ni siquiera quería saber, que Jesús era un Mesías crucificado. Sólo más tarde, tras la Crucifixión llegará a comprenderlo.
Tan difícil de aceptar era para Pedro como para nosotros esa verdad. Y ello a causa de las consecuencias que de ello habían de seguirse lo mismo en su vida que en la nuestra. Seguir a a un candidato popular a la realeza y a un taumaturgo de fama era algo más bien agradable. Algo totalmente diferente era ser discípulo de un condenado muerte. Y sin embargo es bien claro el mensaje de Jesús: “Si quiere alguien seguirme, que renuncie a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Si se nos hace difícil, e incluso imposible interpretar estas palabras, se debe ello a que no precisan de interpretación alguna y no soportan el verse interpretadas. Es menester que las tomemos en su sentido literal: “Si quiere alguien seguirme, que e renuncie a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”.
A. Veilleux

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