1.- EL SEÑOR ESTÁ EN MEDIO DE NOSOTROS
Por Antonio García-Moreno
1.- NUEVAS FRONTERAS.- Las fronteras estrechas del judaísmo se van rompiendo. El círculo iniciado por Cristo se va ensanchando de modo paulatino, pero inexorable. Ahora son los samaritanos quienes reciben el mensaje de Jesús de Nazaret, la Buena Nueva, el Evangelio del amor y de la alegría. Aquello era inaudito para los judíos que jamás pudieron imaginar que los samaritanos recibieran la palabra salvadora del Mesías y mucho menos que habrían de responder con aquella generosidad, con aquella profunda fe en Cristo.
La ciudad se llenó de alegría, nos dice el texto sagrado. Era lógico llenarse de gozo al saber que Dios había bajado a la tierra para salvar a los hombres, y que los había salvado con su muerte y resurrección. Júbilo de saber que también ellos, tan despreciados por los judíos, tendrían parte en el Reino de los cielos.
Y es que Dios no tiene acepción de personas, no escoge a unos y rechaza a otros. Para Él sólo hay una raza, la de los hijos de Dios. Todos están llamados a la salvación, todos caben en su mansión de eterna felicidad. También los samaritanos, también los hombres que otros desprecian y olvidan.
Jerusalén sigue como el centro de la Iglesia. Allá están los Apóstoles velando por el rebaño de Dios, ese pueblo de creyentes que cada vez se hace más numeroso. Al oír lo ocurrido deciden ir a visitar a los nuevos hermanos para confirmarlos en la fe, para imponerles las manos, transmitiendo la fuerza del Espíritu Santo a través de esos ritos sacros que comienzan a perfilarse en la vida de la Iglesia.
Y allá van San Pedro y San Juan. Columnas de la Iglesia los llamará luego el Apóstol de los Gentiles. Cefas, Piedra, llamó Jesús a Simón, Roca sólida sobre la que descansaría inconmovible el edificio de la Iglesia. Paulatinamente, conforme van surgiendo las necesidades, se van fijando las normas que regularán la vida y la organización del Pueblo de Dios. Un derecho primitivo que se irá enriqueciendo con los siglos, unos canales justos y razonables por donde transcurra en paz el devenir de la Iglesia; unos cauces que garanticen la justicia y el amor mutuo; unos límites que hagan posible la libertad de todos los hijos de Dios y que eviten la anarquía y el confusionismo.
2.- OBRAS SON AMORES.- Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Esta frase del Señor podría formularse también al revés y decir que el que guarda los mandamientos de la ley de Dios es quien le ama realmente. Esto es así porque obras son amores y no buenas razones. Afirmar que amamos a Dios y luego no cumplir con sus mandatos es un absurdo, algo que no tiene sentido, un contrasentido, una mentira. Lo enseña el Maestro en otra ocasión al decir que no el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino aquel que cumple con la voluntad de Dios. Estemos, por tanto, muy alertas, pues resulta fácil que nuestra caridad se quede en palabras y promesas, sin pasar a la realidad de una entrega responsable y constante al querer divino.
Jesús nos promete en este pasaje evangélico que pedirá por nosotros al Padre, a fin de que nos envíe el Espíritu Santo y sea nuestro defensor para siempre. En Pentecostés se cumpliría plenamente la gran promesa de Cristo. Desde entonces el Espíritu de la Verdad está presente en la Iglesia, para asistirla e impulsarla, para hacer posible su pervivencia en medio de los avatares de la Historia. También está presente en el alma en gracia, llenándola con su luz y animándola con su fuego. Sí, el Espíritu sigue actuando, y si secundamos su acción en nosotros, será posible nuestra propia santificación.
No os dejaré desamparados, volveré. También estas son palabras textuales de Jesús en la última Cena, en aquella noche inolvidable de la Pascua. Hoy, después de tantos años, podemos comprobar que el Señor cumplió, y sigue cumpliendo, su palabra. Él está presente en medio de nosotros, nos perdona cuantas veces sean precisas, nos ayuda a olvidar nuestras penas, nos fortalece para no desalentarnos a pesar de los pesares. Nos favorece una y otra vez por medio de los sacramentos que la Iglesia administra con generosidad y constancia.
No estamos solos, aunque a veces así pueda parecerlo. Dios está muy cerca, a nuestro lado, dentro del alma. Es preciso recordarlo con frecuencia, descubrir su huella invisible en cuanto nos circunda, advertir sus mil detalles de cariño y desvelo. Y tratar de corresponder a su infinito amor, ya que el amor sólo con amor se paga.
2.- LA GRAN NOTICIA: DIOS NOS AMA ENTRAÑABLEMENTE
Por José María Martín OSA
1.- Mensaje universal. La primera persecución de los cristianos comenzó en Jerusalén contra el grupo de los helenistas, en especial contra sus dirigentes. Felipe huía a Samaria para escapar al control del sanedrín. Los apóstoles siguen de lejos la obra de Felipe, se sienten responsables de la marcha del cristianismo y están preocupados. Por eso envían a dos delegados, Pedro y Juan. Para comprender el sentido de esta visita, no debemos olvidar las tensiones entre los dos partidos, "hebreos" y "helenistas" en el seno de la comunidad primitiva de Jerusalén. La "imposición de manos" y la "oración sobre los fieles" constituyen el signo sacramental de la comunicación del espíritu. Con este gesto los apóstoles reconocen y confirman la obra de Felipe y celebran la unión de todos los cristianos en un mismo espíritu. Se dan cuenta de que el mensaje de Jesús es universal, para todos los hombres.
2.- Dar razón de la propia esperanza en medio de la incomprensión. La fe exige ser testimoniada. La Primera Carta de Pedro trata de animar a los cristianos que se sienten perseguidos. Su contenido, más que una argumentación teórica, es una vivencia. Es deseable para ello un clima de búsqueda o de diálogo. La fe no se impone, dirá Benedicto XVI, sino que se propone. Previamente deberá existir esa experiencia de Jesucristo, que naturalmente estará teñida de peculiaridades personales. La experiencia de fe en Jesucristo nos dará fuerza para soportar las incomprensiones y padecimientos por hacer el bien. Al final triunfará el bien… Un mensaje que debe sostener también la esperanza de los cristianos del siglo XXI en medio de ambientes hostiles a la fe.
3.- Jesús nos revela el amor que nos tiene. Está a solas con aquéllos que le han prestado su adhesión. Les pide que guarden sus mandamientos. Los mandamientos no son aquí en primer lugar un catálogo de preceptos semejante al de la ley de Moisés. Según el evangelista Juan, Dios pide al hombre dos actitudes fundamentales: fe y amor. Esta respuesta del hombre al Evangelio comprende ya la plenitud de la nueva ley. Una fe vivida en el amor y un amor operante por la puesta en práctica de la Palabra del Señor. Numerosos santos han subrayado en sus escritos este aspecto. "Ama y haz lo que quieras" (San Agustín). Jesús les dice que no les dejará solos cuando El se vaya, les enviará el Paráclito, el Espíritu de la verdad. La palabra "paráclito" es un término jurídico para designar al abogado defensor. Es el Espíritu de la Verdad, entendida ésta como aquello que hace vivir más que como aquello que hace pensar. El testimonio vivo de los cristianos continúa la obra de Jesús y presenta ante el mundo el rostro verdadero de Dios. Como dirá Pablo, Cristo vive por la fe en nuestros corazones. El amor de Jesús es más fuerte que la muerte, los que creen en él y le siguen no quedarán desamparados: en el corazón de sus discípulos no quedará sólo un recuerdo del maestro, pues Cristo vive por la fe en los que le aman y donde hay dos reunidos en su nombre está él en medio de ellos. Además un día, en la otra vida, se nos revelará plenamente el amor de Dios: En palabras de San Agustín, “al presente nos ha amado para que creamos y guardemos el mandato de la fe; entonces nos amará para que le veamos y recibamos la visión misma como recompensa de la fe. También nosotros le amamos ahora creyendo lo que veremos, pero entonces le amaremos viendo lo que hemos creído”.
3.- “NO OS DEJARÉ DESAMPARADOS”
Por José María Maruri, SJ
1.- Mucho me extrañaría a mí oír que alguno de nosotros cumple por amor las regulaciones de tráfico. O respeta el Código Penal por amor al ministro de Interior o al de Justicia. Pues lo que hoy nos dice el Señor Jesús es que el cumplimiento de lo que Él nos ha dejado encargado es una muestra de amor personal a Él, y que Él y su Padre, corresponden a ese amor personal.
Que hay una relación entre el amor que le debemos a Él y el cumplimiento de su código, y no lo hemos entendido… ¿Me queréis decir si para nosotros los diez mandamientos, aún reducidos al amar a Dios y al prójimo, no son un camino de cariño que se abre ante nosotros y que con su cumplimiento nos sentimos llenos y satisfechos como se siente uno que ama?
¿Tenemos en el camino de nuestras vidas a los mandamientos como focos luminosos que hacen el camino fácil, como se hace fácil todo lo que se hace por cariño? ¿O tantos NOES de los mandamientos han acabado por dar un sentido negativo a nuestra vida cristiana, hemos acabado por vivir en un estado religioso policial con un Dios con un palo siempre levantado en alto para dejarlo caer sobre nosotros en cuanto hagamos una transgresión? ¿No abunda en nosotros mucho más el temor a Dios que el amor?
Pues entonces no lo hemos entendido, porque el cumplimiento de los mandamientos tiene que ser una muestra de amor personal al Señor Jesús, a Dios. Más en concreto, ¿habéis venido a misa con el cariño que se va a casa de los padres, de unos cariñoso hermanos, de unos amigos de toda la vida, a pasar allí un buen rato con ellos?, ¿o “oír misa todos los domingos” es para nosotros una pura obligación con la que tenemos que cumplir? Pues no lo hemos entendido.
2.- O quizás peor… ¿implica nuestra fe un cariño cálido, hondo, verdadero hacia el Señor? ¿Es realmente el Señor una persona muy querida para mí? ¿Cuándo estamos solos nos quedamos gozando en el pensamiento de nuestro Padre Dios, del Señor Jesús presente en la eucaristía? Como pasa con las personas que queremos.
Cuando se quiere a una persona se interesa uno por las cosas que le gustan y le agradan y trata uno de hacerlas o regalárselas. ¿Es así Dios para mí? Nos dice San Ignacio que el amor consiste en comunicación de las dos partes, en dar y comunicar al amado lo que uno tiene y puede, y así el amado al amante. ¿O este lenguaje nos resulta a irreal? Tal vez porque aún no hemos llegado a la experiencia de un Dios personal, cercano, amigo, en el que podamos poner cariño y amor. Tal vez tengamos que pedir al Señor, que sin esperar a nuestra correspondencia Él se nos revele a lo hondo del corazón como dice el evangelio.
3.- Hay otra frase en este Evangelio muy apropiada para estos tiempos difíciles: “No os dejaré desamparados” Y en la familia hay ancianos y enfermos que se siente desamparados, solos, arrinconados. El Señor nos pide hoy a todos, que en ellos Él necesita nuestro amparo y nuestra protección, que les sepamos hacer compañía, que aguantemos sus caprichos, sus exigencias nacidas de ese mismo sentimiento de desamparo en que se encuentran, que el calor de nuestra mano comunique calor a esos pobres corazones congelados, a veces, de desamor verdadero o imaginado.
4.- CRISTO ES NUESTRA VERDAD
Por Gabriel González del Estal
1.- Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. Cuando decimos que Cristo es nuestra verdad no nos referimos a la verdad científica física o química, sino a la verdad de nuestra vida, a la verdad de nuestro espíritu. Científicamente, nuestra condición de cristianos no nos hace más sabios que los no cristianos, ni mejor informados sobre el universo y las cosas. Pero el Espíritu de la verdad que habita en nosotros sí nos da un mayor y mejor conocimiento de Dios nuestro Padre. El cristiano que vive en Cristo y por Cristo vive unido al Padre y, aunque en esta vida de manera imperfecta, conoce la voluntad del Padre, sabe caminar y conducirse por el camino del Padre y actúa de acuerdo con la verdad del Padre. En este sentido, los cristianos decimos que Cristo es nuestra verdad. El mundo, en cuanto tal, “no ve, ni puede recibir el Espíritu de la verdad”, porque no camina por el camino de Cristo. Tampoco los cristianos, por el simple hecho de estar bautizados y llamarnos cristianos, poseemos el Espíritu de la verdad. La condición que nos pone el mismo Cristo para recibir su Espíritu es que le amemos y que guardemos sus mandamientos. El mandamiento de Cristo ya sabemos cuál es: amar a Dios y al prójimo sobre todas las cosas. Por desgracia, muchos de los que nos llamamos cristianos no amamos a Dios y al prójimo sobre todas las cosas, sino que amamos más al dinero, al poder, al éxito social, a los bienes materiales, a nosotros mismos. Amar a Dios y guardar los mandamientos de Cristo no es sólo, ni principalmente, decirlo de palabra, sino vivir como Cristo vivió, vivir guiados por el Espíritu de Cristo. Si vivimos guiados por el Espíritu de Cristo “el Padre nos amará y Cristo también nos amará y se revelará a nosotros”. Un bello mensaje del evangelio de este domingo, según san Juan.
2.- La ciudad se llenó de alegría. Nos dice el autor de los Hechos que la gente de la ciudad de Samaría “escuchaba con aprobación lo que decía Felipe”, el diácono, y que se llenó de alegría al ver los signos que hacía. Este es el objetivo que debemos tener todos los cristianos cuando anunciamos el evangelio con nuestras apalabras y con nuestros hechos. Hablamos para convencer a la gente de la verdad del evangelio que predicamos y para ayudarles con nuestras palabras y con nuestras obras a ser más buenos y felices. Si la gente que nos escucha no queda convencida de la verdad de lo que decimos y de la bondad de lo que hacemos no seguirá escuchándonos mucho tiempo. El mensaje del evangelio sólo producirá alegría en los que lo escuchan cuando estos vean que lo que decimos y lo que hacemos es bueno y beneficioso para ellos. Nosotros normalmente no podemos hacer milagros, ni curar enfermos, pero sí podemos ayudar a la gente a ser más feliz y a superar muchas dificultades internas y externas. Para esto debemos predicar un evangelio que sea de verdad , es decir, buena noticia para los que nos escuchan.
3.- Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere. La razón de nuestra esperanza, de la que habla aquí el apóstol Pedro, es nuestra fe en Cristo resucitado. Sabemos que si acompañamos a Cristo en su vida tenemos derecho a esperar que también le acompañáramos en su muerte y resurrección. Este nuestra esperanza debe dar fuerza y firmaza a nuestra fe en la resurrección de Cristo. Como nos dice también San Pedro debemos hablar y actuar siempre “con mansedumbre y respeto y buena conciencia, para que en aquello mismo en que somos calumniados queden confundidos los que denigran nuestra buena conducta en Cristo”. Hoy, más que ayer, sabemos los cristianos que no todos los que nos vean y nos escuchen van a aceptar el mensaje de nuestra esperanza, sino que muchos nos denigrarán. Esto no debe desanimarnos, ni debilitar la firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza, porque, como también sigue diciéndonos el apóstol Pedro, “mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”.
5.- MISIÓN Y TAREA DE ANUNCIAR LA BUENA NOTICIA
Por Pedro Juan Díaz
1.- Seguimos escuchando y releyendo las palabras de Jesús a la luz de la resurrección. Son palabras, en concreto hoy, en el marco de la última cena, en un contexto de despedida, pero que anuncian una nueva presencia, la del Espíritu Santo. Son palabras que, releídas después de la experiencia de la resurrección, suenan de manera diferente y nos llenan de esperanza y de fuerza para la misión. Precisamente la misión, la tarea de anunciar el evangelio, es lo principal que escuchamos en las lecturas en el tiempo de la pascua, y es también una manera de recordarnos que todos los cristianos tenemos la misión y la tarea de anunciar la buena noticia de Jesús resucitado a todos. Y la primera lectura es una buena noticia en este sentido, ya que nos cuenta como Felipe predicaba en Samaría y aquellas personas acogieron con alegría la Palabra de Dios y recibieron el Espíritu Santo.
2.- De entrada puede ser que no nos sorprenda tanto, pero si recordamos que de Samaría era también aquella mujer que se acercó a coger agua a un pozo y se encontró con Jesús, la samaritana, recordaremos también la “enemistad” que había entre judíos y samaritanos, ya que los judíos pensaban que los samaritanos eran unos “sin-Dios” y muy alejados de cualquier tipo de religiosidad.
--Precisamente en este contexto tan “hostil”, Felipe anuncia la buena noticia de Jesús resucitado sin ningún miedo, con la fuerza del Espíritu, como buen apóstol y misionero. Y su tarea tiene su fruto, ya que ha dejado de lado sus prejuicios y les ha ofrecido a los samaritanos aquello que para él es un mensaje liberador, una buena noticia: Jesús resucitado.
--Precisamente esta manera de actuar tan cercana, acogedora y tolerante es lo que San Pedro nos recomienda en la segunda lectura. Primero nos invita a “dar razón de nuestra esperanza”. Y a continuación, nos propone hacerlo “con mansedumbre y respeto”. Lo primero es muy importante, ya que hablamos de aquello que creemos y que llena nuestro corazón y nuestra vida, que no es otra cosa que Jesús resucitado. Y lo segundo ayuda a que el mensaje sea recibido “con aprobación”, como lo recibieron los samaritanos de manos de Felipe. Es muy posible que en esta tarea de evangelizadores y misioneros encontremos dificultades, e incluso cierta hostilidad, pero la fuerza del Espíritu es la que hará que el mensaje cale en el corazón de aquellas personas que quieran recibirlo. Porque “dar razón de nuestra esperanza” es comunicar a un Dios que siempre está dispuesto a darnos vida por el Espíritu que nos regala. Y eso ha de calar en los corazones que estén dispuestos a escuchar y acoger este mensaje, por la acción del Espíritu Santo.
--Precisamente el Espíritu Santo es el protagonista de la primera evangelización de la Iglesia. Es el “Espíritu de la verdad” que Jesús promete a sus discípulos en el Evangelio. Es el Espíritu que nos ayuda a comprender el significado de la Palabra que escuchamos, que es una Palabra especial para cada uno de nosotros, y aplicarla a nuestra vida. Es el Espíritu que mueve nuestros corazones para que amemos a Dios y guardemos sus mandamientos. En este caso, los “mandamientos” equivalen a la Palabra de Jesús. Por tanto, vivir los mandamientos es vivir una Palabra que nos invita a ser una comunidad fraterna y servicial, hasta el punto de lavarnos los pies unos a otros como Jesús lo hizo, y celebrar su presencia resucitada en medio de nosotros en cada Eucaristía.
3.- En la Eucaristía escuchamos la Palabra de Dios, que se actualiza y se personaliza para cada uno de nosotros por la acción del Espíritu Santo. Esa Palabra es para nosotros una llamada a evangelizar, es decir, a compartir con otros el mensaje de vida de Jesús en su Evangelio. No podremos hacerlo si primero no acogemos esa Palabra en nuestro corazón. El evangelizador es aquel o aquella que ha sido evangelizado previamente porque ha dejado entrar en su corazón la Palabra de la Vida, el Espíritu de la Verdad, la fuerza transformadora de Cristo Resucitado. Ojalá que ese sea nuestro caso, que se haya producido eso en nosotros. Y si no, todavía es tiempo, siempre es tiempo para acoger a Jesús resucitado en nuestro corazón y en nuestra vida.
6.- EL AMOR COMO MANDAMIENTO
Por Javier Leoz
Fácil, relativamente cómodo nos lo puso el Señor: “Un mandamiento nuevo os doy” (Jn 13:34). Y hasta nos parece posible el cumplirlo. Pero cuando, Jesús, añade “como yo os he amado” vemos que, amar como El exige, entre otras cosas, vivir de cara y no de espaldas a su deseo antes de marchar hacia el cielo: ¡Guardad mis mandamientos! Y, esos mandamientos, no son otros que los del Padre.
1.- Nos acercamos a la solemnidad de la Ascensión del Señor. Y, porque el Señor se va, nos deja sugerentes palabras en el evangelio de este domingo. ¿A qué mandamientos se refiere Jesús? ¿A los la Antigua Alianza? ¿Al resumen de todos ellos basados en el amor a Dios y al prójimo?
No estamos huérfanos para llevar a cabo esa pretensión de Jesús. El Espíritu nos acompaña para que, lejos de elegir el atajo para dar rienda suelta a nuestra propia voluntad, podamos dar aquel camino con el cual poder agradar a Dios y –sobre todo- aguardando sus promesas.
No estamos solos, aunque muchos se empeñen en recordarlo, a la hora de defender con la Iglesia y dentro de ella que el amor a Dios es el motor que nos impulsa a miles y miles de católicos a trabajar por los demás.
¿Qué diferencia hay entre el amor humano y el amor divino? Preguntaba un párroco a sus fieles. Y, una anciana, al finalizar la misa le respondió: “que el amor humano es limitado, sirve a quien quiere y pronto se agota; el amor divino no mira a quien se hace el bien y, cada vez que lo hace, tiene necesidad de seguir haciéndolo aunque no sea recompensado”.
2.- Necesitamos un poco de ardor en nuestra acción apostólica, un poco más de ilusión y hasta de coraje. A veces nos quejamos demasiado de que no nos comprenden a los católicos o que ser cristiano es algo poco menos que imposible en una sociedad en la que todo ya está diseñado, pensado y acotado de cara a la galería, con multitud de leyes nacidas como setas para satisfacer la sociedad del bienestar.
Es en esas situaciones, donde tanto cuesta “ver al Invisible”, donde como amigos de Jesús, hemos de optar por El, fiarnos de El y saber que sigue vivo en medio de nosotros:
-cuando salimos al encuentro de alguien que se encuentra perdido y sin horizonte
-cuando miramos a nuestro alrededor y ayudamos a superar dramas y vacíos, miserias y complejos.
3.- El Señor, lejos de ser talla de madera que desfila en una procesión, es Alguien vio y operativo en lo más hondo de nuestras entrañas. Alguien que, en el día a día, lo vamos descubriendo en multitud de signos que nos hablan de su presencia y, al cual, amamos en otros tantos símbolos que aún siendo misterios sabemos que nos llevan a El, que nos hablan de El y que nos hacen estar en permanente apertura hacia El.
Teniendo las palabras de Jesús, sus promesas y su garantía de que está a nuestro lado…no tenemos derecho al desencanto ni a la duda, a la desesperanza o al abatimiento.
**El Señor, desde el sagrario, nos acompaña
**El Señor, en la adoración eucarística, nos consuela
**El Señor, en la oración, nos habla
**El Señor, cuando amamos, doblemente nos acompaña: porque nos ama y porque amamos como El amó.
4.- POR TI, SEÑOR, LO HARÉ
Guardaré tus mandamientos, porque al hacerlo así,
soy consciente de que cuido lo más santo y noble
que Dios, en tu comunión contigo, nos legó.
Amaré tus mandamientos, porque al amarlos,
sabré que amó lo que Tú, estando con nosotros,
amaste, defendiste y llevaste en tu mente y corazón
Esperaré al Espíritu Santo, porque en esa espera,
residirá la fuerza que me auxiliará
en el duro combate de mi vida y de mis luchas
Viviré, bajo el soplo de tu Espíritu,
porque en la carrera de mis días
siento que no puedo llegar al final si, ese Espíritu,
lo dejo de lado agarrándome a otros huracanes.
POR TI, SEÑOR, LO HARÉ
Miraré hacia el cielo cada vez que me encuentre
en cruel batalla con mi soledad
Buscaré respuestas en tu Palabra
cuando el discurso del mundo sea promesa hueca
Aceptaré tus mandamientos,
porque al aceptarlos, reverenciarlos y vivirlos
sé que se encuentra el secreto para dar contigo
para amar al Padre y vivir en el Espíritu
POR TI, Y PORQUE LO NECESITO, LO HARÉ SEÑOR
7.- ESPÍRITU QUE EL SEÑOR NOS OFRECE HOY
Por Ángel Gómez Escorial
1.- Jesús Resucitado permaneció en la cercanía de sus discípulos durante cuarenta días después de la Resurrección para terminar de enseñarles. La Iglesia se afana, con las lecturas y las oraciones litúrgicas de estos domingos de Pascua para, también, formar a los fieles y ponernos en la mejor disposición para asistir a la Ascensión del Señor –que ya será el próximo domingo—y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés que será el siguiente domingo. Puede parecer una simplificación este mensaje de labor didáctica de nuestra Iglesia durante estos días, pero no es así. Sigue el mismo camino que Jesús acometió con sus apóstoles y seguidores para lanzarles, de una vez por toda, al camino del apostolado, de la evangelización, de llevar la Buena Nueva hasta los confines del universo. Realmente, y para nosotros –hoy, y aquí, y ahora—todo el conjunto de la enseñanza recibida de la liturgia de la cuaresma, la Semana Santa, el Triduo Pascual y el Tiempo de Pascua debe inspirarnos para salir a las plazas y a las encrucijadas de caminos a expandir el Evangelio, la Buena Nueva. Nunca como ahora se necesita esa salida y búsqueda de aquellos que no conocen –o lo conocen mal—a Jesús de Nazaret para que su Palabra las haga vivir mejor. Y en fin hoy se aprecia en las lecturas un ímpetu misionero evidente. Y tanto es así que muchos llaman a este día, el domingo de la expansión misionera.
2.- Y buen ejemplo de ello es el relato de los Hechos Apóstoles que explica como uno de los nuevos diáconos, Felipe, llego a Samaría –tierra de herejes para los judíos—y logró la conversión de mucha gente. Los prodigios hechos en nombre de Jesús también fueron numerosos: enfermos, lisiados, paralíticos y poseídos por espíritus inmundos eran curados ante el asombro de todos. Y el hecho de las conversiones numerosas debió ser tan intenso y extraordinario que movilizo al colegio de los apóstoles a enviar a Pedro y Juan para que analizaran la situación. Juan y Pedro, sin duda maravillados, procedieron a “confirmar” a todos aquellos nuevos cristianos. Y, en efecto, por imposición bajaba sobre ellos el Espíritu Santo. Pero, desde luego, el Espíritu tuvo que viajar junto a Esteban para conseguir una pesca tan abundante y maravillosa.
La segunda lectura que sigue siendo, como en domingos precedentes de la Primera Carta del Apóstol Pedro. Y hoy precisamente nos dice que seamos humildes, respetuosos y con buena conciencia para así reconocer la gloria de Cristo que nos inunda y aceptar sin violencia los ataques, los insultos, de los contrarios a la bondad de ese Cristo al que adoramos. Se trata de hacer el bien, aunque el entorno a nosotros esté en contra.
3.- Seguimos, asimismo, leyendo en el Evangelio de Juan la larga y bella despedida que Jesús pronunció ante sus amigos antes de enfrentarse con su prisión, tortura, crucifixión y muerte. Es ya enseñanza clara del Señor Jesús. Es muy posible que, una vez resucitado, Jesús dijera muchas cosas parecidas a sus seguidores. Es, como decía al principio, la enseñanza precisa para prepararse a salir al mundo para llenarlo de la Palabra de Dios. Y les ofrece y anuncia una ayuda inconmensurable: la del Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, el Espíritu que les convertirá en excelentes oradores en la mañana de Pentecostés. Conviene, me parece a mi, que nos acerquemos un poco a la contemplación del Espíritu. Sabemos de Él, sabemos de sus dones y ayudas, pero no le rezamos, no tenemos devociones para Él. Oramos al Padre. Por supuesto a Jesús. Y la Santísima Virgen María ocupa –y ello es muy bueno—una parte importante de nuestra oración. Pero al Espíritu nada. Bueno, Él no debe necesitarlo. Es, por otra parte, quien inspira nuestras oraciones y plegarias. Pero, de vez en cuando, lo deberíamos invocar. Desde luego, mucho más que hacemos hasta ahora.
Y, en fin, también como decía al principio, nos vamos acercando a las solemnidades de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. Es tiempo para dialogar con el Espíritu que el Señor nos ofrece hoy. Merece la pena meditar en ese gran don, fundamental para nuestro crecimiento cristiano.
LA HOMILÍA MÁS JOVEN
CRISTIANOS INQUIETOS, ILUSIONADOS Y EFICIENTES
Por Pedrojosé Ynaraja
1.- La lectura primera del domingo pasado, contaba el origen del diaconado. Leída solo esta narración, parecería que los designados eran simples miembros de una ONG como otra cualquiera, pero la realidad, desde el principio fue mucho más rica. No hay que olvidar, que el primer mártir cristiano fue un diacono: San Esteban y que en las diversa iglesias, tanto en la iglesia romana, en la hispánica, como en las demás, destacaron algunos de ellos, más que lo presbíteros. Pienso en San Lorenzo, San Vicente o los dos que acompañaron en el martirio al obispo Fructuoso. Más lejanos geográficamente serían San Marino, que dio nombre a la pequeña republica itálica o San Efrén, que es doctor de la Iglesia.
2.- La primera lectura de hoy nos habla de las peripecias del diacono Felipe y de sus éxitos en la difícil región de Samaria. Su labor evangelizadora la complementan los Apóstoles. Colaborando estrechamente unos y otros, cada uno a su manera, la Iglesia fue creciendo. Ni era una empresa inquisitorial, ni elaboradora de estatutos, ni creadora de estructuras. Se sentía responsablemente implicada en la evangelización como primer deber, cosa que hoy sería muy conveniente recordar.
3.- La segunda lectura tiene una frase muy interesante, San Pedro recuerda que debemos estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza. Nuestra cultura está enferma de desesperanza, de desencanto, de desorientación. Síndrome que padecen mayormente los jóvenes. Y nosotros, a veces, dale que dale con cursos de catequesis que inculquen convencimientos o normas de moralidad, cuya asistencia permitirá acceder a la recepción de algunos sacramentos. El resultado, desgraciadamente, es que se tiene la sensación de que la Iglesia es aburrida. Lo constataba Nietzsche: Los cristianos no tienen cara de resucitados y mientras sea así, no podré creer en su salvador.
4.- Mis queridos jóvenes lectores, os toca hoy jugar un papel que es insustituible e inaplazable. Los que somos viejos, los que, a los ojos de la gente, somos profesionales de la religión, ignoran u olvidan nuestra ilusionada vocación, difícilmente podremos contactar con un mundo joven que se siente manipulado o que el único valor que se le propone es el de ser famoso. Vosotros lo sabéis, puede tener éxito un político o un cantante, un atleta o un piloto, pero cuando la fama le ha provisto de dinero, con facilidad, su vida personal deja mucho que desear, cae en la injusticia capitalista, se derrumba en el desánimo por descubrir el sinsentido de su vida, que no es capaz de acallar la droga y llega hasta el suicidio. Vosotros jóvenes, debéis contagiar alegría, sonrisa transparente, ensueño. Masculina una forma, tal vez más seria. Femenina otra, tal vez vehiculada por la sonrisa. Desde vuestro gesto hasta el incipiente maquillaje, deben exterioridad la felicidad que sentís dentro, consecuencia del Espíritu Santo que llena vuestro interior. Una sonrisa femenina, es capaz de cambiar un complejo mundo.
No vayáis por el mundo tratando de presumir de felicidad, para conseguir atrapar a alguien a vuestra organización. Sed felices al sentiros escogidos por el Señor y no lo ocultéis. Lo importante es contagiar bienestar, dejad que sea Dios el que descubra a cada uno el camino que para él le tiene preparado. Vuelvo al principio: estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza. Los capitostes de las estructuras sociales pueden manipularos, Jesús nunca abusará de vosotros.
5.- Con frecuencia decimos que el evangelio de san Juan es profundamente espiritual. Que con acierto se refiere a Dios, como amor supremo y lo demás es superfluo. Parece, y algunos así lo interpretan, que lo único necesario es amar y sin parar mientes en cómo aman. Cosa que, pese a llevar ese nombre, en muchas ocasiones, más que amor, es egoísmo mutuamente aceptado. Por eso acertadamente el evangelio nos recuerda que el armazón y el test de calidades la fidelidad a los preceptos del Señor.
P.D. La expresión que repito cada semana: “mis queridos jóvenes lectores”, se debe al estilo que quiero tenga mi composición, desearía que siempre fuera mensaje cordial y confidencial. Pese a que desconozca la identidad de la mayoría de vosotros, antes de ir a dormir, acariciando el sagrario, le digo a Jesús-Eucaristía: a mis queridos jóvenes lectores: buenas noches, les des Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario