Reflexión del Evangelio de hoy
Un encuentro con dos regalos
¡Qué curioso: nada de reproches, ni de exigencias! Jesús se encuentra con los discípulos encerrados, con miedo, desconcertados para comenzar un camino de fe nuevo, basado en el amor, fuera de la religiosidad judía en Galilea y lo quiere hacer con colaboradores. Era el amanecer, pero ellos seguían en la noche.
Y les trae dos dondes. El de la Paz y el del Perdón.
La paz que es Dios circundando y fecundando la historia; un quehacer, que invita al compromiso valiente para curar, para hacer el bien; que desinstala, quita el miedo y empuja a salir de las dificultades; que demuestra que Dios está a nuestro lado, a nuestro favor y ni el mal, ni la muerte tienen la última palabra.
Y el Espíritu del Perdón, aquel que se cernía al comienzo de la creación, sigue creando vida. Espíritu que sopla sobre los discípulos y los hace portadores de vida, porque cuando perdonamos llevamos al otro nueva vida. El perdón es creatividad o nueva creación de Dios. Con él nos damos la vida.
Una misión juntos
El Espíritu del Resucitado crea la nueva comunidad, que no es una institución u organización sin carisma, ni un cuerpo sin alma. El Resucitado, por medio de Tomás, nos invita a compaginar sus llagas y nuestra vida. Tocar al llagado es tocar la vida, en comunidad.
Pero Tomás se siente torpe y pasivo ante su amigo Jesús, no estaba en la comunidad; se siente culpable de lo que podía haber hecho y no hizo; siente que con Jesús muere el amigo y el mundo creado en su entorno: la vida en la que él había puesto toda su confianza.
Jesús invita a Tomás a meter la mano en su costado, que quiere pruebas del milagro. Como si Jesús se prestara gustoso a sus condiciones, pero le confunde. No se nos dice que Tomás metiera la mano en el costado de Jesús, sino que creyó, porque son mucho más importantes y eficaces para creer, el afecto y la condescendencia de Jesús que las pruebas objetivas. Lo que sana su tozudez y excepticismo, no son las llagas, sino la actitud de Jesús de dirigirse personalmente a él y afrontarle en su sintonía
Jesús reconciliado y reconciliador
Jesús realiza una verdadera reconciliación en aquellas vidas rotas por su muerte en cruz y sus culpabilidades. Su perdón no es por debilidad, sino para destruir la espiral del mal y ayudarles a rehabilitarse. Cada situación es única. Tomás está pillado por su situación y Jesús le encuentra en su terreno, se mete en sus circunstancias y ahí actúa.
Para curar a una persona hay que ver lo que supone la herida en su vida, lo que representa como ruptura con la realidad. A veces es sólo el tejido superficial y liso, donde vemos qué hay debajo de la superficie de las cosas; otras muchas veces se rompe con facilidad un orden aparentemente estable. Las heridas nos demuestran lo frágiles que somos y cómo nuestra existencia está pendiente como de un hilo.
Las llagas de Jesús demuestran su realidad, su vulnerabilidad, no es un fantasma. Nosotros borramos las heridas del tipo que sean para no recordar las momentos traumáticos que las han producido. Jesús las mantiene, aunque le recuerden la humillación y el sufrimiento, porque son signos de amor y reconciliación para los discípulos. No cambian el pasado, pero sí el futuro.
Tocar las llagas, una misión juntos
Sus heridas curadas dejan cicatriz, pero no rezuman amargura, sino luz. Perdonar no es olvidar, sino recordar de otra manera. Es difícil, olvidar ciertas cosas de nuestra vida, además no debemos olvidarlas, pero lo que nos constituye como personas reconciliadas es cómo sentimos y tenemos curados en nuestra memoria esos hechos sangrantes de nuestra vida. Necesitamos recordar para saber quienes somos, pero hacerlo de manera sana, reconciliada en nosotros.
Las llagas de Jesús, como su pasión, son llagas de gloria, no fuentes de dolor, sino de amor: se hizo vulnerable para solidarizarse con nosotros, por amor a nuestra fragilidad. Por eso tienen poder de reconciliación. Cuando Jesús dice a Tomás que toque sus llagas le está diciendo que mire las llagas que recibió tras su muerte traumática y le sacudieron su fe.
Sus heridas invisibles de fe tienen que entrar en contacto con las heridas visibles, sensibles de Jesús. Sólo así podrán sanarse. Sólo las personas sanadas pueden ejercer este ministerio con los demás, porque su sufrimiento se hace redentor. Jesús quiere llevarnos a este campo, donde se nos demuestra el poder sanador que pueden tener nuestras propias heridas.
Así nuestro sufrimiento es una bendición, puede ser redentor si entendemos que en nuestro contacto con Jesús hemos recibido sanación, comprensión, cariño y no repulsa o expulsión.
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