La verdadera libertad no es la ausencia de dificultades
La primera lectura de este tercer domingo de Cuaresma muestra cómo el pueblo se enfrenta a Moisés a consecuencia de la sed que padecen en el desierto. Su reacción revela que prefieren la esclavitud con el estómago lleno antes que la libertad envuelta en incertidumbre. Esta manera de reaccionar no deja de ser un reflejo del miedo que siempre trae consigo cualquier cambio: ese vértigo que nos hace añorar seguridades que nos encadenan cuando el horizonte se muestra árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde van a experimentar que Dios no mira desde la distancia, sino que «camina con ellos» y que la precariedad que padecen es pasajera.
Que el agua -ese elemento imprescindible para poder sobrevivir- salga de una roca, no deja de ser una imagen que sacude nuestra lógica. Dios se manifiesta precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible. Ahora bien, no es un mago que elimina el obstáculo, sino una fuente que surge desde dentro mismo de la situación. Porque Dios no se manifiesta como un esclavo de nuestros caprichos ni responde a la magia de un bastón. Él es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.
Justificados por puro amor
Pablo, en la segunda lectura de este domingo, quiere trasmitir qué efecto produce en el ser humano el amor de Dios. Y para llevar a cabo su propósito, recurre a lo que Dios mismo ha realizado a través de Jesucristo. El Apóstol hace ver que toda la iniciativa parte de Él; es decir, está en las manos de Dios. Y aunque a priori cueste un poco entenderlo desde nuestros cálculos mentales, la muerte de Jesús en la cruz es la máxima expresión visible de ese amor que Dios siente -sin hacer excepción alguna- por toda la humanidad. Por ello, lo ocurrido en la cruz se convierte en la acción indiscutible de nuestra paz con Él.
Ser justificados es, por tanto, vivir de la gracia. Es ser amados por Dios de tal manera que se nos permite algo que sería absolutamente inimaginable si la iniciativa no partiera de Él. Porque la gracia tiene la enorme capacidad de sanar, limpiar, recomponer y restaurar a quien se siente roto y deshecho. Es una inyección de amor capaz de llenar de encanto a la persona. Pero no estamos ante una cuestión de encanto físico, sino de belleza espiritual, de verdadera profundidad y madurez en la fe. Así pues, que Dios nos ame sin condición alguna, es decir, sin pedirnos nada a cambio no es sinónimo de que cualquier comportamiento sea válido, sino que es el motor que nos impulsa a vivir de una manera distinta, precisamente porque ya hemos sido justificados por su amor.
Ser capaces de dejar el cántaro
Si algo deja claro el pasaje del evangelio de este domingo, es que Jesús rompe el muro de los prejuicios. Sabemos perfectamente que los judíos y los samaritanos eran dos pueblos que se evitaban por sistema.
Sin embargo, la ruptura de lo políticamente correcto que muestra Jesús en el texto de hoy nos ha de hacer caer en la cuenta, una vez más, que él estaba por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos o de género; por encima de cualquier barrera ideológica. Y es que el diálogo que Jesús mantiene con la samaritana es toda una llamada de atención para que dejemos a un lado los estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan como a nosotros nos gustaría.
Que la escena ocurra junto a un pozo no es ninguna casualidad; y se trata, nada más y nada menos, que del pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley.
Además, el hecho de que la conversación gire en torno al agua nos pone sobre la pista de que nos encontramos ante un texto -y no hay que olvidar que estamos en el Evangelio de Juan- que busca transmitirnos un mensaje de nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.
Pues bien, el Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma nos indica que este comenzar de nuevo se hace realidad en la samaritana: esa mujer cuya vida estuvo marcada por incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su relación con Dios como inevitable resultado de tantos desencantos. Su existencia y su vivencia de lo religioso estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, o dicho de otra manera, en un caudal estancado que ya no servía siquiera para refrescar en el bochorno más pesado.
Sin embargo, precisamente desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y descoloca a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que desemboca en lo más íntimo de su ser.
Por ello, ya no necesitará el cántaro. Porque una vez que ha comprendido que todo lo que llevaba buscando durante tanto tiempo se encuentra en su interior, ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso dejar atrás. Fray Luis de Granada, en uno de sus sermones de Cuaresma, nos dice que el hecho de dejar el cántaro supone «la valentía de salir corriendo a predicar la gloria de Cristo el Señor». Y es que el cántaro simboliza todo aquello que nos ata a una religiosidad vacía e idólatra, que nos aleja del Dios vivo que es capaz de transformarlo todo.
Que durante este tiempo de Cuaresma seamos mendicantes de esa «agua viva» que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy. Que tengamos el coraje de dejar nuestros cántaros a un lado -con todo su peso de rutinas sin sentido y cargas innecesarias- y nos dejemos embriagar con la frescura de este mensaje, que nos invita a amar y ser amados con una mirada libre de prejuicios. Así, el día de Pascua podremos proclamar, como la samaritana del evangelio de Juan, la esencia de nuestra fe: nada de lo humano puede ser indiferente al anuncio del Evangelio. Porque su mensaje de felicidad y salvación alcanza a cualquier persona, sin que importen sus circunstancias vitales.
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