El pasado viernes vivimos una tarde de esas que se quedan en la memoria. Los chicos y chicas de poscomunión celebraron su gran fiesta de Carnaval, y desde el primer momento se respiraba ilusión. Después de varias semanas preparando sus disfraces —cada uno más original que el anterior— llegó el momento de darles vida y dejar volar la imaginación.
Pero no se quedaron solo en disfrazarse. Cada grupo eligió un cuento o una película que transmitiera valores del Evangelio, y lo hicieron suyo con una creatividad que nos dejó a todos con la boca abierta. Hubo risas, hubo nervios, hubo ese brillo especial en los ojos que aparece cuando los chavales sienten que lo que hacen importa y lo disfrutan de verdad. Y, por supuesto, las catequistas acompañaron cada paso con entusiasmo, ayudando a que todo fluyera y que la tarde se convirtiera en una pequeña fiesta de comunidad.
Después de las presentaciones, llegó el momento de la merienda compartida —porque nada une más que un buen picoteo— y, como broche final, la esperadísima entrega de los Óscars. Entre aplausos, fotos y mucha emoción, cada grupo recibió su reconocimiento por el trabajo bien hecho.
Fue una tarde fantástica, llena de color, alegría y valores que se viven, no solo se explican. Un Carnaval diferente, hecho con corazón y mucha imaginación. Y ya estamos deseando que llegue el próximo.
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