2.- Serán reunidas ante él todas las naciones. Seguimos con la sorpresa. En la mentalidad del pueblo judío, en tiempos de Jesús, se pensaba que el Hijo del Hombre vendría a juzgar a los de su pueblo, a los judíos. En la mentalidad de un judío contemporáneo de Jesús, los paganos, los no judíos, no tenían parte en el acontecimiento final de la historia. Pero aquí, en este texto evangélico, se nos dice que el Hijo del Hombre reunirá ante él a todas las naciones. Será, pues, un juicio universal. La pregunta es: los paganos que no habían conocido a Jesús y que no adoraban al Dios Yahveh ¿también se salvarían si practicaban la misericordia con el prójimo necesitado? Pues sí, claro, eso dice el texto. Es decir, que tampoco la religión es lo determinante en la salvación de una persona. Las personas que practiquen el amor fraterno se salvan; las demás no. Fuera de la Iglesia sí hay salvación; fuera de la práctica del amor fraterno no hay salvación. En fin, que aunque no es bueno sintetizar en una sola frase toda la teología de la salvación, sí es bueno que pensemos y meditemos en la importancia de este elogio del amor fraterno que nos ofrece hoy este texto del evangelio de San Mateo.
3.- Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… Buscaré las ovejas perdidas… El profeta Ezequiel, desde el destierro, escribe las palabras que le dicta un Dios pastor y bondadoso que cuida y atiende directamente a cada una de sus ovejas. No se trata de un Dios justiciero y castigador, sino de un Dios padre y médico de cada uno de sus hijos. Es fácil para nosotros, los cristianos, equiparar a este Dios del que nos habla el profeta Ezequiel con el Dios Padre de Jesús de Nazaret. El mismo Jesús quiere que le veamos a él como a un buen pastor que “busca a las ovejas perdidas, hace volver a las descarriadas, venda a las heridas y cura a las enfermas”. Nuestro Rey, el Cristo, no es rey al estilo de los reyes de la tierra. No quiere súbditos que le defiendan con armas y ejércitos; quiere a hijos que proclamen y defiendan su Reino con la única arma del amor. Amar a Dios y demostrar ese amor en el amor al prójimo. Ese es el único mandamiento, el mandamiento nuevo, que nos dejó nuestro rey, Jesús de Nazaret.
Gabriel González del Estal
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