1.- Se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. La situación en la que se encontraban los apóstoles, en la travesía del lago, era una situación comprometida. Estaban “muy lejos de la tierra”, la barca “estaba siendo sacudida por las olas” y “el viento era contrario”. En esta situación, en la tenue luz de la madrugada, no era difícil ver fantasmas. Dicen los entendidos en Biblia que, cuando Mateo escribe este relato, la comunidad de la Iglesia en la que él vivía estaba pasando por momentos de desconcierto y desánimo.
2.- ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Jesús no nos dice hoy esto a través de los grandes medios de comunicación, ni en los usos y costumbres de la sociedad en la que hoy vivimos. Pero sigue diciéndonoslo a través de muchísimos cristianos santos y comprometidos que, con su ejemplo y con su palabra, han sabido y saben hacer frente a las dificultades externas en las que les ha tocado y les toca vivir. Juan Pablo II, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer, son sólo unos nombres muy conocidos entre los miles de cristianos valientes que, en medio de dificultades tremendas, han sabido y saben mantener firme el testimonio de su fe. Es necesario que hoy todos los cristianos proclamemos con valentía nuestra fe, no una fe en fantasmas y en dioses tonítruos y amenazadores, sino en el único Dios verdadero que se manifestó y se encarnó en Jesús de Nazaret, un Dios santo y cercano, pródigo en misericordia y en amor. Este Dios es el que nos dice: ¡ánimo, yo estoy con vosotros y entre vosotros, no tengáis miedo!
3.- Subió al monte a solas para orar. Nadie nos va a quitar el miedo exterior, si antes no arrancamos cada uno de nosotros el miedo interior que paraliza nuestro corazón. Y esto sólo lo vamos a conseguir mediante la oración y la meditación serena y silenciosa, apartados del ruido exterior y de los vientos sociales que quieren hundir la siempre frágil barca de nuestra fe. Con humildad y con valentía pidamos todos los días a Dios, en el silencio de nuestro santuario interior, que nos salve. Comprobaremos que, en cuanto Jesús comience a dirigir él nuestra barca, amainará el viento.
Gabriel González del Estal
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