El Evangelio de este Domingo es continuación del discurso que el Señor dirige a sus apóstoles luego de llamarlos a sí para enviarlos a anunciar la cercanía del Reino de los Cielos a las ovejas descarriadas de Israel. El Señor les había advertido ya que en el cumplimiento de su misión encontrarían una fuerte oposición e incluso la muerte misma, y los había alentado a no tener miedo a sus perseguidores.
Prosigue el discurso y el Señor Jesús les plantea ahora a los doce apóstoles condiciones tremendas: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.” “No es digno de mí” es otra manera de decir “no puede ser discípulo mío”. Quien de los doce no está dispuesto a amar al Señor más que a su padre o madre, más que a su hijo o hija, más que a su propia vida, no puede ser verdaderamente un apóstol de Cristo. El amor a Él debe estar por encima del amor a quienes naturalmente más aman en la vida así como también por encima del amor a la propia vida. ¿No son desproporcionadas estas exigencias?
Estas fueron las condiciones dirigidas en aquella ocasión a los doce apóstoles, pero ¿son también válidas para los demás discípulos? La respuesta es afirmativa, si consideramos que en otros momentos el Señor planteó las mismas exigencias tanto a los todos los discípulos como a la gente que caminaba con Él. (ver Lc 14,25-27; Mt 16,24-25; Mc 8,34-35; Lc 9,23-24)
Todo aquél o aquella que quiera ser discípulo de Cristo ha de cumplir con la tremenda exigencia de amarlo por sobre todas las cosas y personas, de tal modo que por Él esté siempre dispuesto a posponer y sacrificar los vínculos humanos más sagrados. ¿Arrogancia inadmisible por parte de Jesús? ¿Deben sus seguidores ser considerados por ello una banda de fanáticos? Sólo a Dios se debe un amor supremo, y así lo manda el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» (Mt 22,37-38) El amor a Dios, fuente de todo amor humano, debe estar por encima de todo otro amor. Sólo amando a Dios y abriéndose a Dios que es comunión de Amor, el ser humano puede llegar a amar con la plenitud del amor con que está llamado a amar.
Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, uno con el Padre, de su misma naturaleza divina, es Dios-hecho-hombre, por ello puede pedir y pide este amor mayor a Él. Amándolo a Él es al verdadero y único Dios a quien ama¬mos. No es fanatismo amar al Señor Jesús por encima incluso de la propia vida, sino que es poner las cosas en su recto lugar para poder desplegar cada cual toda la capacidad de amar que posee por don de Dios. Anteponer el amor a las personas al Señor Jesús es cerrarse finalmente al amor de Dios mismo, es limitar la propia capacidad de amar, es empobrecer el propio amor. Anteponer el amor al Señor Jesús a cualquier otro amor es abrirse al Amor, participar plenamente de ese Amor, es disponerse a amar como Jesucristo mismo ama, es amar más y para toda la eternidad a quienes más se ama en esta vida. Así se resuelve esta paradoja que parece imponer al discípulo exigencias inhumanas. Al pedir que se le ame más a Él el Señor Jesús no pide amar menos a quienes tanto se quiere, sino que los introduce en un dinamismo de amor que le llevará a amarlos más aún, amarlos como sólo Dios mismo es capaz de amar.
Por ese amor mayor y radical al Señor Jesús el apóstol ha de tomar asimismo su propia cruz –como un condenado por el mundo– y seguirlo hasta la donación total de la propia vida.
La cruz, por un lado, es el peso que el mundo echa encima a los verdaderos discípulos —calumnias, toda clase de mentiras, burlas, desprecios, persecuciones, golpes y la muerte misma— cuando por su palabra y sobre todo por el coherente testimonio de su vida reflejan en sí a Cristo.
Puede entenderse también la cruz como un signo de participación en la muerte reconciliadora del Señor Jesús. En efecto, Cristo, y sólo Él, ha trasformado lo que antes había sido sólo un instrumento de público escarnio, de tortura y de muerte afrentosa, en el lugar de la reconciliación entre lo humano —representado por el leño horizontal— y lo divino —representado por el leño vertical—. Quien toma su cruz, quien asume con coraje y valor el dinamismo cruciforme en su propia vida, aprende a morir a todo lo que en él lleva a la muerte, a morir a sus pecados clavándolos en la Cruz con Cristo, experimenta que ante sí se abre el inmenso horizonte de la vida y de la plenitud humana. ¡Morir para vivir! Todo aquél que toma su cruz se hace «una misma cosa con Él [el Señor Jesús] por una muerte semejante a la suya», para participar también de una resurrección semejante a la suya: «si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él… Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (2ª. Lectura; Rom 6,4-11).
A la exigencia de tomar la cruz va unida la exigencia del seguimiento: «el que no toma su cruz y me sigue», dice el Señor. Seguir al Señor quiere decir andar tras sus pasos, todos los días de la vida, hasta el Gólgota, hasta el momento de la entrega de la propia vida al Padre. Es un seguimiento en el camino de la plena y amorosa obediencia a los designios del Padre, de un amor total que llega al extremo de dar la propia vida por el Amigo y los amigos. Mas la cruz conduce al discípulo a la plenitud de la vida y de la felicidad. Quien sigue al Señor Jesús hasta la cruz, se en¬contrará a sí mismo plenamente.
El amor al Señor Jesús no se demuestra únicamente mediante la difusión valiente de su enseñanza. También se demuestra acogiendo a sus enviados y discípulos. La primera lectura de este Domingo presenta un episodio que ejemplifica la afirmación del Señor Jesús: «el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta» (Mt 10,41). Una mujer de Sunem acoge a Eliseo, heredero del espíritu del gran profeta Elías. Le brinda una cordial hospitalidad al reconocer que aquél hombre de Dios «es un santo» (2 Re 4,9). «¿Qué podemos hacer por ella?», pregunta Eliseo a su criado. La mujer recibirá como recompensa la promesa de un hijo que no había podido concebir, siendo su marido ya muy viejo. Dios no deja de “hacer algo” por todos aquellos que acogen a quienes son enviados por su Hijo, Jesucristo, a quienes son sus discípulos. En ellos, es al mismo Señor a quien acogen: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado». (Mt 10,40)
Al tomar la cruz en su sentido figurado, como signo de dolor, de sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La cruz no es algo extraño para la vida de todo hombre y mujer, de cualquier edad, pueblo y condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto modo, es marcada profundamente por ella. «Sí, la cruz está inscrita en la vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condición humana. ¡Es así! Hemos sido creados para la vida y, sin embargo, no po¬demos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba» (S.S. Juan Pablo II).
Experimentamos la cruz cuando en la familia en vez de la armonía y el mutuo amor reina la incomprensión o la mutua agresión, cuando recibimos palabras hirientes de nuestros seres queridos, cuando la infidelidad destruye un hogar, cuando experimentamos la traición de quienes amamos, cuando somos víctimas de una injusticia, cuando el mal nos golpea de una u otra forma, cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando fracasa un proyecto o un apostolado no resulta, cuando resulta casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando falta el dinero necesario para el sostenimiento de la familia, cuando aparece una enfermedad larga o incurable, cuando repentinamente la muerte nos arrebata a un ser querido, cuando nos vemos sumergidos en el vacío y la soledad, cuando cometemos un mal que luego no podemos perdonarnos… ¡cuántas y qué variadas son las ocasiones que nos hacen experimentar el peso de la cruz en nuestra vida!
Al mirarnos y mirar a nuestro alrededor, descubrimos que toda existencia humana tiene el sello del sufrimiento. No hay nadie que no sufra, que no muera. Pero vemos también cómo sin Cristo, todo sufrimiento carece de sentido, es estéril, absurdo, aplasta, hunde en la amargura, endurece el corazón.
El Señor, lejos de liberarnos de la cruz, la ha cargado sobre sí, haciendo de ella el lugar de la redención de la humanidad, uniendo y reconciliando en ella, por su Sangre, lo que el pecado había dividido: a Dios y al hombre (ver 2Cor 5,19). Él mismo, en la Cruz, cambió la maldición en bendición, la muerte en vida. Resucitando, transformó la cruz de árbol de muerte en árbol de vida.
Quien con el Señor sabe abrazarse a Su Cruz, experimenta cómo su propio sufrimiento, sin desaparecer, adquiere sentido, se transforma en un dolor salvífico, en fuente de innumerables bendiciones para sí mismo y muchos otros. No hay cristianismo sin cruz porque con Cristo la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena comunión y participación de la gloria del Señor.
¡Cuántas veces nuestra primera reacción ante la cruz es querer huir, es no querer asumirla, porque nos cuesta, porque no queremos sufrir, porque nos rebelamos ante el dolor, porque tememos morir! La fuga se da de muchos modos: evadir las propias responsabilidades y cargas pesadas, ocultar mi identidad cristiana para no exponerme a la burla y el rechazo de los demás, no defender o asistir a quien me necesita por “no meterme en problemas” o hacerme de una “carga”, no asumir tal apostolado que me cuesta, no perdonar a quien me ha ofendido porque me cuesta vencer mi orgullo, etc.
Otras veces, al no poder evadir el sufrimiento, no queremos sino deshacernos de la cruz, arrojarla lejos, más aún cuando la cruz la llevamos por mucho tiempo o alcanza niveles insoportables: “¡hasta cuando, Señor! ¡Basta ya!” Hay quien perdiendo el aguante y con rebelde actitud frente Dios opta por apartarse se Él.
La actitud adecuada ante la cruz es asumirla plenamente, con paciencia, confiando plenamente en que Dios sabrá sacar bienes de los males, buscando en Él la fuerza necesaria para soportar todo su peso y llevar a pleno cumplimiento en nosotros sus amorosos designios. El mismo Señor nos ha enseñado a acudir incesantemente a la oración para ser capaces de beber el cáliz amargo de la cruz (ver Mc 14,32-42).
Asimismo hemos de pedir a Dios la gracia para vivir la virtud de la mortificación, entendida como un aprender a sufrir pacientemente —sobre todo ante hechos y eventos que escapan al propio control— y un ir adhiriendo explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades —todo aquello penoso o molesto para nuestra naturaleza o mortificante para nuestro amor propio— al misterio del sufrimiento de Cristo.
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