2 Re 4, 8-11. 14-16a. Es un hombre santo de Dios; se retirará aquí; Sal 88. Cantaré eternamente las misericordias del Señor; Rom 6, 3-4. 8-11. Sepultados con él por el bautismo, andemos en una vida nueva; Mt 10, 37-42. El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí.
El Evangelio de la misa de hoy se inserta dentro del discurso apostólico en que Jesucristo envía a los suyos a predicar el Reino de Dios. Tras desconcertarnos aseverando venir a prender fuego en la tierra, nos aturde con unas afirmaciones sobre el amor a los padres y termina diciendo que quien acoge a uno de sus enviados le acoge a Él. Envía a sus apóstoles a predicar y les dice que cuando son acogidos en tanto que apóstoles de Cristo, si les reciben bien por ser justos, en realidad están recibiendo a quien les ha enviado, al mismo Cristo. De ahí que como primera lectura hayamos escuchado el pasaje del profeta Eliseo en que, por ser considerado justo, Eliseo es acogido; la hospitalaria mujer le prepara incluso una estancia para cada vez que visite la zona. La lectura se salta un pasaje en que Eliseo le encarga a su criado indagar qué pueda necesitar la mujer, puesto que ésta le ha dicho que no le acoge a cambio de nada, únicamente le ha ofrecido alojamiento porque le ha considerado un hombre de Dios. Eliseo, sin que le pidan nada, le promete descendencia. El hijo, nacido contra todo pronóstico, es bendición inesperada de parte de Dios.
Tampoco inicialmente a quien acoge a los apóstoles enviados por Cristo se le promete ninguna recompensa en particular, como tampoco fue prometido a la mujer que acogió a Eliseo. Ahora bien, el paralelo o similitud entre ambas situaciones no consiste en la acogida en sí misma, sino en la causa por la que se practica. El Evangelio dice que la recompensa no viene por acoger sin más, sino por hacerlo con alguien ‘por ser profeta’ o ‘por ser justo’; no se promete nada a quien acoge a una persona por otros motivos. Y nos desconcierta el hecho de que se dice que tendrá recompensa de profeta o recompensa de justo. Preguntémonos: ¿Cuál es la recompensa del profeta? ¿Y la del justo? El modelo de profeta y de justo es el propio Cristo. ¿Qué recompensa tuvo Cristo? Sabemos bien la respuesta. En su fidelidad a la voluntad del Padre terminó en la cruz. ¡Vaya premio! Contra todo pronóstico, Dios lo resucitó al tercer día y lo sentó a su derecha.
La recompensa del cristiano al acoger el Reino de Dios no es nada más (y nada menos, no puede ser mayor) que participar de la misma vida de Cristo. La meta última del cristiano no es otra más que estar unido a Cristo y participar de la dinámica trinitaria en la vida que no termina. En nuestros días es frecuente escuchar que la fe y la esperanza tienen efectos positivos a nivel psicosocial. Más de un estudio avala la tesis. Es cierto, también, que llevar una vida caritativa alejada del odio y el rencor, siguiendo las líneas básicas que nos marca el Evangelio, redunda ya en esta vida en mayor bienestar propio y ajeno. Siendo todo eso cierto, el cristiano no practica la caridad, no cree en Dios ni pone su esperanza en la salvación prometida por ninguno de esos efectos, aunque sean subproductos de su seguimiento de Cristo. Para nosotros la propia meta y recompensa es estar con Cristo; el camino es Cristo mismo, Él mismo nos anima y vigoriza. En Él amamos, creemos y esperamos.
Por eso la afirmación inicial del Evangelio, de pronto desconcertante, encaja perfectamente en la lógica de los discursos del Maestro. Por supuesto que hay que honrar al padre y a la madre; en el Antiguo Testamento se elogia la atención a los progenitores cuando llegan al final de su vida. Para nada se pretende contraponer el amor a los padres y el seguimiento de Cristo; no se trata de alternativas sino de opciones complementarias. Más que opuestos, lo uno llama a lo otro. Este tipo de afirmaciones de Jesucristo buscan llamar la atención sobre las prioridades y motivaciones centrales del actuar del cristiano.
En esta misma mentalidad se inserta la afirmación de San Pablo que dice que para él la vida es Cristo y una ganancia el morir. En el pasaje de la Carta a los Romanos de hoy se nos dice que la suerte del cristiano es la de Cristo; por el bautismo participamos de su muerte y resurrección, no de una manera física, sino mística, espiritual, real e intensa como un hombre en este mundo la puede vivir. Pablo muestra su convicción de que participará de la vida del resucitado que es un vivir para Dios por la eternidad. Cree que esto sucederá con total seguridad y, mientras peregrinamos en este mundo, nos dice que debemos considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Es decir, poner nuestra esperanza en Él, confiar en que Dios actuó y obra por él, amando como nos pidió amar.
En este sentido, la última afirmación del Evangelio hace una clara alusión a la caridad práctica. Quien dé de beber un solo vaso de agua a uno de sus enviados está atendiendo al mismo Cristo. La estructura y la forma de decirlo nos recuerda muy fácilmente al capítulo 25 del mismo evangelio donde se nos habla del juicio final y donde a los justos se les dice que cada vez que ayudaron a un necesitado estaban haciéndolo con el mismo Cristo.
En síntesis, las lecturas de hoy nos exhortan a anunciar el Reino de Dios. No se trata de un discurso, un conjunto de ideas, un programa político, una moral determinada, etcétera. El Reino de Dios es el mismo Cristo. Cristo es el Reino. Cristo es el camino y la meta del cristiano. Quien predica otra cosa se predica a sí mismo y no puede exigir la acogida del profeta y justo para la que Cristo anuncia una recompensa.
Quien pone a Jesucristo como objeto de sus esperanzas y fuente de su actuar deja de considerarse él mismo como centro del mundo. Así podemos entender la renuncia a uno mismo y la carga de la cruz: dejar uno de ser el centro de su propia vida para entregarse a otro. Es lo que algunos llaman la autotrascendencia o el descentramiento en que consiste la esencia de una buena vida. Quien no lo alcanza se pierde por más que se busque. Por eso se nos dice que quien encuentre su vida la perderá y el que la pierda por Cristo la encontrará. Otra vez una de las típicas afirmaciones desconcertantes de Jesucristo que ponen nuestra atención en un punto esencial de su mensaje.
Ahí radica la sabiduría del cristiano y en general de la vida. Pidamos a Dios que nos ayude a confiar en él y anunciarle como Cristo nos pide en el Evangelio.
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