29 junio 2023

Comentario del Domingo XIII de Tiempo Ordinario: 2 de julio

 

Las palabras que pronuncia Jesús en el evangelio de este día tienen un notable nivel de exigencia: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. ¿Se puede querer más a alguien que a un padre o a una madre? ¿Se puede querer más a alguien que a un hijo o a una hija? Pues Jesús exige para sí un amor más grande que el que se debe a una madre o a un hijo, de tal modo que el que emprende su seguimiento tiene que anteponer este amor (y las obligaciones que comporta) al amor de los padres o de los hijos. No es digno de él, esto es, no es digno de ser su discípulo y, por tanto, de llamarse cristiano, el que quiere a su padre o a su madre o a sus hijos más que a él.

Aquí hay una comparación que pone en la balanza dos amores que pueden rivalizar: el amor a los padres y a los hijos y el amor a alguien que ha venido de parte de Dios reclamando predilección. Difícilmente pueden encontrarse en este mundo amores tan sagrados y, al mismo tiempo, tan naturales como el amor de los hijos hacia los padres o de los padres hacia los hijos, aunque en tales amores puedan hallarse también impurezas y contaminaciones pecaminosas como en todo lo humano. Quizá por ser los amores con mayor arraigo natural y con mayor robustez afectiva, Jesús los incorpora a la comparación.

Jesús no dice que no tengamos que querer a nuestros padres y a nuestros hijos. Eso sería una aberración difícilmente tolerable. Es verdad que amplía y sobrepasa el arco del parentesco natural cuando proclama padres y hermanos a los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, estableciendo nuevos vínculos familiares y debilitando los ya instaurados por la misma naturaleza procreadora y su prolongación en la crianza. Pero en ningún caso dice que no haya que querer a los padres y a los hijos que Dios nos ha dado. Al contrario, al padre y a la madre hay que honrarlos, como manda la ley divina.

Lo que sí dice es que ni siquiera los seres más queridos por exigencias de la naturaleza y la crianza deben ser amados por encima de él. Jesús se está proponiendo a sí mismo a sus seguidores como la persona más digna de amor, quizá por ser la persona más amable; también por ser la persona que más les ama, que les ama hasta el punto de dar la vida por ellos, algo que probablemente no estarían dispuestos a hacer sus padres o sus hijos. Está exigiendo, pues, a los suyos un amor de preferencia, por encima de todos y de todo. Jesús quiere instaurar con nosotros una relación de intimidad tal que cualquier otra relación personal debe quedar subordinada a ésta. Por él y por su seguimiento (no sólo por su amistad), un discípulo suyo tiene que estar dispuesto a renunciar a sus amores más sagrados: los de su padre, su madre o sus hijos.

Es una exigencia que se desprende de nuestra incorporación a él como cristianos, es decir, como poseedores de su mismo Espíritu o como copartícipes de su misma filiación divina, puesto que somos hijos de Dios en él. Jesús puede exigirnos esto no sólo porque es nuestro Maestro y Señor, sino también porque él se lo ha exigido a sí mismo por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos. Es el mismo amor que le llevó a desprenderse de su Padre del cielo y de su madre en la tierra: una exigencia de amor implicada en la propia misión. El amor de Dios Padre reclama el cumplimiento de su voluntad, y éste la renuncia a cosas y personas, incluida la propia vida. Porque la predilección que pide Jesús a sus discípulos supone necesariamente renuncias a otras dilecciones que alcanzan a la propia vida o al amor de uno mismo. Oigámoslo de sus propios labios: El que pierda su vida por mí, la encontrará. Por Cristo, uno tiene que estar dispuesto a perder esa vida que, sin ser de su propiedad (porque no es su dueño absoluto), posee, aunque no como un bien imperecedero.

La vida que poseemos tarde o temprano la perderemos, como perderemos a nuestros padres o a nuestros hijos, o ellos nos perderán a nosotros, y es que nos hallamos ante un bien perecedero. Pero si esta vida, caduca y todo como es, la perdemos por él, es decir, por amor a él, por adhesión a él, por causa suya, la encontraremos liberada de todas sus limitaciones y carencias. Esta pérdida de vida suele tener sus antecedentes y su preparación. No se entrega la vida sin haber entregado antes otras cosas que tienen menos valor que la vida. La renuncia exigida por el amor, o por la misma vida, es progresiva. Factor decisivo en este proceso de despojamiento es la cruz, la cruz de cada día, la cruz de cada uno: El que no toma su cruz y le sigue sin renegar de ella tampoco es digno de él.

Hay cruces que son producto de nuestra débil naturaleza o de nuestra existencia en un mundo en permanente estado de cambio, donde se suceden sin cesar vida y muerte, nacimiento y destrucción. Otras son las cruces confeccionadas en el taller del pecado por los humanos, cruces que nos imponemos unos a otros y llevan la marca del egoísmo, la envidia, la lujuria, la codicia o la soberbia. Finalmente están las cruces implicadas en el seguimiento de Jesús o en la misión asumida por él: trabajos, desprecios, incomprensiones, humillaciones, persecuciones. Algunas de ellas pueden convertirse en cruces de Calvario que ponen término a nuestras vidas.

Pues bien, esas son las cruces que hemos de tomar sin dejar de seguirle. La cruz no debe impedirnos el seguimiento; al contrario, puede facilitarlo, pues a quien seguimos es a un Crucificado, y qué mejor modo de seguir a un Crucificado que estando nosotros también crucificados. Además, el mismo seguimiento de Jesús, por tratarse de un crucificado, lleva consigo cruces que le son inherentes y anticipan alguna forma de martirio. Pero un seguidor de Cristo no debe llevar la cruz de cualquier manera, sino en el modo en que llevó él la suya, esto es, con actitud de obediencia al Padre y de amor a aquellos por quienes entrega la vida, precisamente en la cruz. No basta, por tanto, la pura resignación. Se requiere una actitud positiva de aceptación y de ofrenda, sin perder de vista la voluntad del que rige nuestras vidas y el bien de los que se van a beneficiar de nuestra entrega. Tal es la vida que podemos calificar de inmolada, una vida realmente valiosa a los ojos de Dios y de los que ven con la mirada de Dios.

Tampoco debe olvidarse que la acogida de un enviado de Dios es acogida del mismo Dios. Y esta acogida no quedará sin recompensa. Así lo destaca el texto evangélico: El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviadoEl que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo.

La misma paga que recibe un profeta por su labor la recibirá también el que acoge a ese mismo profeta por ser enviado o representante de Dios. El que paga es Dios, y Dios paga con generosidad: al profeta, por ser profeta en su nombre, y al que recibe al profeta por recibir a Dios en él. No quedará sin recompensa ni siquiera ese vaso de agua fresca dado a beber a un discípulo suyo por el simple hecho de ser discípulo de Jesús. Y la razón es la misma: el que acoge a un discípulo suyo, está acogiendo al mismo Cristo de quien es discípulo. El seguimiento de Jesús, por tanto, no es sólo renuncia y cruz; es también acogida por parte de los beneficiarios de esa vocación y digna recompensa; pues el que se revele finalmente digno discípulo suyo tendrá paga de discípulo, una paga merecida en virtud de su adhesión y entrega.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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