28 marzo 2023

DOMINGO DE RAMOS /A ¡QUÉ HORAS NOS AGUARDAN!

 En el pórtico de la Semana Santa, con el Domingo de Ramos, se entrecruzan dos sentimientos: el gozo (al ver cómo Jesús es aclamado) y la tristeza (mañana todo será llanto). Y, por esa puerta, adentrándonos en Jerusalén acompañamos a Jesús que nos invita a vivir con El auténticas horas de pasión, entrega, amor, donación, sacrificio, muerte…y resurrección. ¿Seremos capaces de meternos de lleno en la solemnidad de la Pascua? ¿Somos conscientes de que, nuestro ser cristiano, arranca y nace de la Pascua del Señor?


1. Jesús va a la cabeza. No se esconde. Hoy, su rostro es halagado por miles de palmas pero, en viernes santo, será abofeteado por la burla, la incomprensión o el escarnio. En ninguna de las dos situaciones, Jesús, se echó atrás. Sabía que, su misión, iba a ser probada por diversos contrastes: gloria y desdicha, triunfo y fracaso, júbilo y desnudez. Con Cristo, en este domingo de ramos, iniciamos una impresionante peregrinación hacia el culmen de su misión. Vamos con El y, además, lo hacemos siguiendo sus indicaciones. El Señor quiere celebrar la Pascua ¿por qué no vivirla, especialmente este año, como si fuera la primera vez? ¿Por qué no vivir intensamente cada gesto y cada oración, cada palabra y cada silencio que nos conducen hacia el rostro auténtico de Dios?

2. En el inicio del Domingo de Ramos se encuentran los vítores y las aclamaciones, pero allá al fondo –sobre un montículo- Jesús divisa el horizonte donde, el próximo Viernes Santo, se alzará una cruz exponente del mucho amor que Dios nos tiene. Una cruz que, lejos de estar vacía, estará colmada por un cuerpo que, en esas horas, será olvidado, insultado, silenciado y traicionado. Hoy, la alegría, hace que se sacudan palmas al viento. En la tarde de Viernes Santo, las voces enmudecerán por cobardía. La cruz se alzará en la más absoluta soledad (con la sola presencia de Juan y de María) y, como alabarderos, aun lado y otro, dos ladrones que –ante iguales ofertas- responderán de formas diferentes.

3. Hoy con esta manifestación pública de nuestro afecto a Jesucristo expresamos esa gran procesión que, como cristianos, estamos realizando a la Jerusalén celeste. ¿Servirán de algo nuestros ramos bendecidos? ¿Sonarán a sinceros nuestros cánticos jubilosos? ¡Por supuesto que sí! Frente al intento, por diversos estamentos, de coartar nuestra libertad religiosa; de planificarnos una sociedad sin más perspectiva que sus propias murallas….los cristianos sabemos que, una ciudad, nos aguarda al final de nuestra existencia: el cielo.
Jesús, si se aventuró a dar estos pasos finales que le llevaron a la muerte, es porque así lo creía: era paso previo y obligado para cumplir su misión; para introducirse en la Patria celeste y, para que junto con El, también nosotros podamos participar de esa conquista. ¿Y aún hay quien se resiste a aclamar a Jesús como Señor y como Rey?

4.- Que nuestras gargantas, en este soportal de la Semana Santa, entonen cánticos de alegría y de alabanza: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Porque necesitamos un poco de cielo, un poco de Dios, un poco de eternidad. Porque, entre otras cosas, necesitamos seguir a Jesús por ese camino que nos lleva derechos a la comunión con Dios Padre. ¡Feliz Semana Santa, hermanos! ¡Felices horas de pasión, muerte y resurrección! ¡Las necesitamos más que nunca!

5.- ERES TÚ, SEÑOR, QUE ENTRAS A lomos de un asnillo, humildemente y sin más pretensión que cumplir la voluntad de Aquel que te sostiene. Para celebrar tu pasión, muerte y resurrección y, sufrir, llorar y morir para que no lo hagamos por siempre nosotros

ERES TÚ, SEÑOR, QUE ENTRAS Rodeado de música y de salmos con palmas en las manos, vítores y aclamaciones Porque, tus horas tristes, aunque sean grandes hoy son anunciadas y publicadas de esta manera: Siervo, entre los siervos Pobre, entre los más pobres Obediente, has la muerte Dócil, en el camino hacia el madero
Fuerte, ante la debilidad de los que te rodean

ERES TÚ, SEÑOR, QUE ENTRAS Sales al escenario de la Jerusalén La ciudad que hoy te aclama y, la urbe, que mañana te dará la espalda La ciudad que hoy te bendice y, el bullicio que mañana gritará: ¡crucifícale! Avanzas por esa ciudad, Jerusalén, que son las calles por las que nosotros caminamos: encrucijadas de falsedades y de engaños de verdades a medias que son grandes mentiras de amistades y de traiciones de fidelidades y de deserciones de amigos que compran y se venden

ERES TÚ, SEÑOR, QUE ENTRAS Porque sabes que, para ganar, hay que saber perder Porque con tu entrada triunfal en Jerusalén nos invitas a dejarnos enterrar para que en un amanecer despertemos a la eternidad Porque, al ascender por nuestras calles nos muestras que, en la cruz que te espera, se encuentra multitud de respuestas ante tantos interrogantes del hombre.

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