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02 octubre 2022

La Misa de hoy domingo día 2 de octubre

 Un filósofo y sociólogo, Zygmunt Bauman, fallecido recientemente, habla del ‘síndrome de la impaciencia’, que es algo así como un estado de ánimo en el que vivimos muchos y que considera como lo peor que te puede pasar el ‘gastar ’tiempo’. Seguro que muchos nos reconocemos en ello. Nos ponemos nerviosos si el bus se retrasa un minuto más de lo que pone en la pantalla de la marquesina.

Si tarda unos segundos en abrirse una app en el móvil ya estamos pensando que a lo mejor va todo muy lento y estamos pensando en comprar otro terminal que no nos haga perder esas valiosas décimas de microsegundo. Si una escena de una serie se alarga en un plano más de un minuto nos sentimos incómodos, necesitamos que fluyan las imágenes y cambie a otro encuadre. Las canciones de una lista de Spotify, si duran más de tres minutos treinta, nos inquietan y sentimos que a lo mejor hay que pasar a la siguiente. Qué decir del WhatsApp. Escribimos un mensaje y si no nos contestan en cuestión de segundos, o lo que es peor, tardan horas, nos desesperamos. Sobre todo, proporcionalmente a la importancia que le damos a esa persona a quien le hemos enviado el texto.

Hoy el evangelio nos habla de una petición: “auméntanos la fe”. Y en el comienzo del texto nos da la clave: el grano de mostaza. Se trata de una planta que crece bastante rápido. Pero para que las cosas crezcan con celeridad y bien necesitan unas buenas condiciones. Y nosotros, muchas veces, no ponemos las mejores condiciones para que ello ocurra.

Por lo tanto, más bien nuestro trabajo es de constancia y tenacidad. Tener paciencia para que de lo pequeño nazca (pacientemente) lo más fuerte. Las cosas realmente importantes de la vida se hacen lentamente. Pero lentas de verdad. De hecho, pensad en que en muchas de nuestras casas en días importantes y de reunión como Nochebuena se pasa más tiempo que de costumbre en la cocina preparando cosas para un momento que es importante para nosotros. Las cosas que se preparan suelen ser más elaboradas y, por tanto, nos saben luego mejor. Porque son especiales. Y lo son no por arte de magia, sino porque nos hemos tirado más tiempo que de costumbre seleccionando los ingredientes, buscándolos y comprándolos, luego pensando entre esta u otra receta, preparando los productos mejor y cocinándolos alfuego mucho más tiempo. A casi nadie se le ocurre irse al restaurante de comida rápida de la esquina, que tantas veces nos soluciona la vida, pero no en Nochebuena. Porque sabemos que esa noche toca otra cosa. Toca algo más especial.

Alan Kreider, historiador, tiene un libro cuyo título es La paciencia y en cuyas páginas ahonda en la idea de que el cristianismo tiene éxito y se expande por la técnica del ‘gota a gota’. Él lo dice técnicamente afirmando que primero el cristianismo está muy restringido a pocas personas, e incluso que pasan siglos hasta que de verdad tiene éxito. Él lo llama ‘fermento’. No es que los cristianos estuvieran aletargados durante ese tiempo. Al revés. Se reúnen mucho. Rezan mucho. Comparten mucho. Pero, como todo lo importante en la vida, necesita tiempo. No somos como el grano de mostaza (nos caemos, nos perdemos, descuidamos) pero aspiramos a ello. Es nuestro horizonte.

Nosotros necesitamos tiempo para cambiar esa actitud que nos impide sentirnos realizados en nuestro trabajo o con nuestros estudios. También para mejorar esa relación que nos cuesta tanto con esa persona. Por supuesto, para profundizar en una amistad con alguien a quien queremos mucho y que nos gustaría querer aún más pero que con cierta ansiedad intentamos conseguir sin recordarnos que es algo que solo el tiempo puede lograr. Y cuidado, que no es un tiempo de espera en sentido de estar con los brazos cruzados como si las cosas se lograsen mágicamente. Es una espera activa. Trabajando a pico y pala, pero con la serenidad de que las pequeñas derrotas no suponen perder la guerra, al igual que las victorias no significan haber logrado ya todo. Las cosas importantes que rondan nuestra cabeza necesitan tiempo. Aumentar la fe necesita de nuestro cuidado diario de las experiencias y relaciones. Si lo hacemos y echamos el abono de la Palabra entonces, solo entonces, ocurrirá mucho más de lo que imaginamos. E incluso más rápido de lo que creemos, como ocurre con el grano de mostaza.

Ramón Ariza, sdb

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