1.- “Dijo Jesús a sus discípulos: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena”. San Juan, Cáp. 16. Secuestrado por sus mismos frailes, Juan de la Cruz padece ansia de Dios. Sobretodo porque le han privado de celebrar misa. Entonces su fe se refugia temblorosa en la acendrada poesía que fluye de su interior. Y mientras escucha cómo discurre el Tajo arrullando la ciudad de Toledo, el pequeño fraile emborrona cuartillas que le ha facilitado el carcelero: “Qué bien sé yo la fuente que mana y corre. Aunque es de noche. Su origen no lo sé pues no lo tiene, más sé que todo origen de ella viene”.
Cuando nos hablan de la Santísima Trinidad, los cristianos comunes y corrientes, sólo alcanzamos a presentir, detrás de nuestra condición mortal, una fuente infinita de amor y de bondad que no ha tenido origen. Pero de la cual toma origen todo el universo. Aunque es cierto que la palabra Trinidad nunca es mencionada en la Biblia. Surgió en los primeros siglos de la Iglesia, cuando el Evangelio llegó al mundo griego y comenzó a expresarse en términos filosóficos.
Pero Dios se nos ha revelado como un Padre amoroso que envió a su Hijo al mundo. Murió crucificado, pero resucitó al tercer día. Y al regresar al cielo, nos dejó su Espíritu. El cual podemos señalar como su presencia, su influjo, su contagio, su amorosa capacidad.
2.- Muchas páginas se han escrito sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Y aquí decimos misterio con toda propiedad, porque Dios es algo revelado, aunque no de manera precisa y completa. Pero más allá de cuanto podamos imaginar existe un Alguien infinito, espléndido y hermoso. De camino en la tierra, no nos queda sino aceptar que Dios existe, en un nivel que supera todo vocabulario, todo esquema mental. Todo discurso teológico.
Cuando el Señor habló a sus discípulos sobre aquel Abogado que les enviaría, les dijo: “Muchas cosas me quedan por deciros pero no podéis comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Una verdad que discurre más allá de nuestro entendimiento.
3.- Acostumbramos estudiar a Dios, al igual que las propiedades del agua, o el oficio del sol sobre las plantas. De pronto nos brota en lo interior algún afecto, que se desvanece de inmediato. Entonces volvemos a ese Dios conocido por nuestra razón: El que es justo y poderoso, creador del cielo y de la tierra. Y edificamos todo un andamiaje filosófico, apoyado en deducciones.
Pero habría otra manera de llegar a esa “verdad plena”, que señala Jesús. La encontraríamos por el camino de la evocación. La cual consiste en despertar sobre el corazón todas las experiencias positivas que la vida nos regala. Especialmente aquellas que traducen un amor verdadero. Sentiremos de inmediato la necesidad de relacionarlas con Alguien. Alguien plenamente infinito que nos ama. Alguien en quien descansa nuestra mente y se aquieta nuestro corazón. Entonces podremos repetir con san Juan de la Cruz: “Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche. Su origen no lo sé pues no lo tiene, más sé que todo origen de ella viene”.
Gustavo Vélez, mxy
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