15 mayo 2022

Comentario del Domingo V de Pascua de JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID

 


Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. El ahora de la glorificación del Hijo es hecho coincidir por Jesús con el momento en que Judas sale del cenáculo. Es el momento en que empieza a ejecutarse la traición que dará lugar al prendimiento en el huerto de Getsemaní y, consiguientemente, a la Pasión. El ahora de la Pasión es visto, por tanto, como el ahora de la glorificación del Paciente. ¿Por qué esta paradójica coincidencia entre el momento de la humillación y el de la exaltación?

Se me ocurre una respuesta: Quizá porque el momento en el que se hace más palpable el amor paciente de Dios en su Hijo y enviado es también el momento en el que ese amor empieza a surtir su efecto, es decir, el momento en el que el amor manifestado comienza a ejercer una fuerza de atracción que provoca sentimientos de gratitud y de alabanza en los atraídos. Es también la hora de la consumación y de la entronización a la derecha del Padre.

Aunque hay una secuencia temporal mediada por la muerte, que separa pasión y resurrección, humillación y glorificación, por ser la hora de la consumación es tiempo de confluencias, ese momento en que se dan cita el amor entregado y el recompensado o en el que el amor sacrificado se transforma en amor glorificado. Y nuestra doxología no es sino el refrendo de la glorificación del Hijo por parte del Padre. Podemos glorificar al Hijo porque el Padre lo ha glorificado antes, en su resurrección y ascensión al cielo. Pero este acto de glorificación supone, a su vez, otro acto, aquel por el que el Hijo da gloria al Padre en su ofrenda de amor. Ambos actos de glorificación nos permiten a nosotros reconocer la gloria del Padre y del Hijo, como hacemos repetidamente en nuestra doxología trinitaria.

Y es en ese ahora de la hora de Jesús, cuando ya le queda poco de estar con sus íntimos, cuando les deja a modo de testamento su mandamiento nuevo: Amaos unos a otros como yo os he amadoÉsta es la señal por la que conocerán que sois discípulos míos. Ésta es la señal que identificará a los cristianos y no otra. Pero conviene advertir que la señal no es aquí un documento identificativo como el D.N.I, sino un modo de actuar reconocible por cualquier espectador que se sitúe ante nosotros con ánimo de examinar o de observar.

«Mirad cómo se aman», decían los paganos de los primeros cristianos. Un historiador de la antigüedad como Festugiere reconoce en su obra La esencia de la tragedia griega que lo que provocó el asombro y la conversión de muchos paganos al cristianismo fue precisamente el notorio ejemplo que daban los cristianos de caridad mutua. Luego la caridad cristiana fue señal para muchos paganos de autenticidad en el seguimiento de Jesús: algo que permitía reconocer en aquellos a discípulos de Cristo.

Pero además de señal, y antes incluso que esto, es mandamiento: algo que Jesús nos manda cumplir en cuanto cristianos, algo que debemos cumplir si queremos ser en verdad discípulos suyos: una exigencia que brota de nuestra opción por Jesús, de nuestro seguimiento; una exigencia que nace de nuestro propio ser. Si somos cristianos, lo somos porque hemos sido ungidos por el Espíritu de Cristo; esta unción hace de nosotros otros cristos y, por tanto, personas que se dejan mover por el Espíritu de Cristo, es decir, por el amor de Cristo. Pero las exigencias intrínsecas no parecen requerir de mandamiento. ¿No resulta superfluo mandar algo que viene exigido por nuestra propia naturaleza o condición? Puede que sea así; con todo, y dado nuestro carácter olvidadizo e irreflexivo, nunca está de más que nos recuerden a modo de mandato ciertas exigencias propias de nuestra condición.

La novedad de un mandamiento tan antiguo como el del amor a Dios (sobre todas las cosas) y al prójimo (como a uno mismo) no está en lo que ya se había mandado desde tiempos inmemoriales, sino en lo que ahora se mandaba, no está en el amaos unos a otros, sino en el como yo os he amado; por tanto, en el modo del amor. La novedad está en el carácter cristiano de ese amor al prójimo ya recomendado desde antiguo, un carácter que ha puesto Cristo con su conducta.

Así hemos de amarnos nosotros unos a otros, como Cristo, como él nos ha amado, con sus notas identificativas, con su espíritu, con sus maneras (oblativa, sincera, obediente, desposeída, fiel, esperanzada, generosa), hasta el extremo de la donación, hasta dar la vida por los amigos, y por los enemigos, a los que quiere transformar en amigos. Este es el amor de Jesús, un amor llevado hasta el extremo de la cruz, un amor que consiste en dar de sí, en dar vida mientras se tiene, en dar la vida y, por tanto, a sí mismo, y en darla dando lo que forma parte de ella: palabras vivificantes, bienes materiales, dedicación desinteresada, tiempo, fatigas, energías, sufrimientos, etc.

Pero en este punto puede surgir una pregunta muy espontanea: ¿No es demasiado pretencioso por nuestra parte amar a los demás a la manera de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre? La respuesta ya se ha dado: Amar como él nos ha amado no es una pretensión nuestra, sino un mandamiento suyo; además –ya lo hemos aclarado-, es una exigencia de brota de nuestro ser cristiano: somos otros cristos, es decir, otros ungidos; disponemos, pues, de su unción o de su Espíritu; y si disponemos de su Espíritu, disponemos de su capacidad para obrar.

No tenemos sólo su mandamiento; tenemos también su capacidad. Además, hay que suponer que tras el mandamiento está la capacitación para cumplirlo: si nos manda amarnos unos a otros como él nos ha amado, es porque nos considera capaces; y nos considera capaces porque nos da el Espíritu que nos capacita en la medida en que nosotros se lo pedimos, manifestamos interés por tenerlo, tratamos de adquirirlo y acudimos a esas fuentes de gracia (=fuerza) que son sus sacramentos. Es el Espíritu Santo, el Espíritu del amor que recibimos germinalmente en nuestro bautismo y que alimentamos en nuestras eucaristías; el mismo Espíritu que animaba la vida de Cristo deiformemente: el que le llevó al desierto y a Getsemaní, y al Calvario, y a la vida resucitada y gloriosa.

Nadie ama –en realidad, nadie hace nada- sin un por qué, sin una motivación: uno ama a otro porque es su hijo, o su madre, o su amigo, o su bienhechor; por tanto, por lo que le une a esa persona: amistad, gratitud, parentesco, admiración, etc. Es el amor natural. Pero también podemos amar por lo que nos une a Dios (gratitud, filiación, amistad), y amar no solamente al Dios al que nos sentimos unidos, sino a todo aquello que Dios ama y que quiere que también nosotros amemos, porque en todo lo creado hay un reflejo de su bondad.

Puede que nos encontremos con cosas y personas poco amables, porque sobre su bondad y belleza naturales han colocado maldad, fealdad, ingratitud o dureza. Pues bien, también en este caso es posible encontrar la bondad y belleza originales que hacen de tales personas «amables». Con el amor ilimitado de Jesús es posible amar incluso lo que se presenta a nuestros ojos como poco amable, es posible amar al hermano enfermo, anciano, pobre, pecador, es posible amar al enemigo, al desconocido, al lejano, al difunto, y quizá con mayor motivo que a los que carecen de tales deficiencias o poseen cualidades que hacen de ellos personas dignas de amor, pues aquí no amamos por las cualidades que resplandecen en las personas de nuestra dilección, sino por amor de Dios. Y tal es la razón suprema del amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Fuente: Alforjasdepastoral

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