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01 diciembre 2021

II Domingo de Adviento: ¿DESOLACIÓN O ESPERANZA?

 ¿DESOLACIÓN O ESPERANZA?

Por Javier Leoz

Necesitamos, y de una vez por todas, que el paraíso que se nos oferta o

vende, lo podamos alcanzar sin más engaños ni dilación. Pero, cuando

miramos a nuestro alrededor: cuánto profeta –de cuarta y de quinta- que

nos hacen soñar con un olimpo tan inmenso que, cada día que pasa,

sentimos que está más y más lejos.

1.- Bienvenido sea Juan Bautista. Aquel, en cuyos labios, sonaron con fuerza las

Palabras del Señor: “preparad el camino”. Aquel que, no teniendo nada, poseía lo

más importante para seguir adelante: ilusión, esperanza e ideales. Sabía que,

aquello que anunciaba, estaba a punto de cumplirse. Su persuasión, intuición,

radicalidad, capacidad, sobriedad y penitencia habían merecido la pena. Disfrutaba

avanzando por los caminos del Señor y, además, gozaba siendo guía de los

hombres y mujeres que querían encontrarse con el Salvador. ¿Qué era un tanto

extraño? ¡Qué hombre de Dios no es un poco o un tanto original!

2. - Bienvenido sea Juan Bautista. El que no se andaba con componendas. Aquel

que, sabiendo lo qué predicaba, sabía muy bien que se la jugaba. Dio testimonio de

palabra y de obra. No se conformó con frases más o menos sueltas, más o menos

sonantes. Su vida fue un clamor en medio del desierto. Quería corazones bien

dispuestos para Dios. Pretendía ojos que vieran la salvación del Señor. Y, si alguno

quería verlo y escucharlo, en el desierto es donde se mejor se le encontraba. Juan

huía del ruido de la ciudad. De todo aquel montaje que los hombres se habían

construido. Lo que ofrecía era puerto seguro: ¡Dios era la salvación!

En el Adviento, la voz de Juan, da sonido y sentido a la Palabra. ¡Ya sabemos que él

no era la Palabra! Pero, con Juan, esa Palabra se acoge mejor. Sabemos cómo y

dónde sembrarla. Con él, con Juan, todos estamos llamados a ser testigos de la

misión del Señor. A preparar sendas y cañadas para que, el mundo, pueda abrirse a

Dios.

3. - Ante la Navidad podemos escoger dos caminos. El de la esperanza o el de la

desolación. El de la esperanza es aquel que cultiva a Dios en el fondo de cada

persona. El horizonte que necesitamos para mirar con más luz y hasta para trabajar

con más ilusión. La esperanza, a un cristiano, es lo que el aceite a un motor:

precisamos de ella para que todo nuestro engranaje cristiano, lejos de chirriar, siga

estando vivo y operativo hasta el día en el que el Señor se presente ante nosotros.

Por el contrario, el camino de la desolación, es la sombra solitaria de cada persona.

La Navidad que llama a nuestra puerta, quiere de nosotros asignaturas resueltas o

frutos que son consecuencia de la verdad de nuestra fe. ¡Cuánta desolación fruto

del hombre que se empeña en progresar y pensar al margen de Dios! ¡Cuántas 

soledades consecuencias del cerrazón del ser humano a un Dios que viene

humanado!

Que el Señor, en domingo de adviento, nos ayude a rectificar aquellos senderos que

están un tanto retorcidos en nuestra forma de pensar, vivir o existir.

Que el Señor, en este tiempo de adviento, nos ayude a reformar aquellos puntos

que sean necesarios para que, cuando el venga, podamos presentarle un edificio

espiritual irrefutable, limpio, convertido y volcado totalmente a su voluntad.

4.- TÚ TIENES PROMESAS VERDADERAS

¡Ven, Señor, y no tardes demasiado!

Estamos cansados de tantas promesas falsas

A cada momento nos asaltan dudas,

incertidumbres, fracasos, bofetadas,

traiciones, desencuentros, engaños.

¡Ven, Señor, no te demores!

Pensamos haber atinado el futuro,

y estamos inmersos en constantes fracasos.

Creemos ser portadores de humanidad,

y aniquilamos, una y otra vez,

inocentes y víctimas de nuestro vivir opulento.

¡Ven, Señor, no retrases tu llegada!

Porque, entre otras cosas, sentimos que la tiniebla

se impone con más rapidez que la misma luz,

que los engaños se disparan a más velocidad

que la verdad que pide y exige el hombre

¡Ven, Señor, y endereza nuestros caminos!

Haznos buscar un desierto en el que hablarte

Un desierto en el que encontrarte

Un desierto en el que buscarte

Un desierto en el cual poder escucharte

¡Ven, Señor, y allana nuestros senderos!

Rebaja nuestro orgullo, para conquistarte con humildad

Alisa nuestra dispersión, para quererte sólo a Ti

Pule nuestro vivir, para que tengas más cabida en él

¡Ven, Señor, y no aplaces tu vuelta!

Entre otras cosas, porque cada día que pasa,

sentimos que el mundo está más herido de muerte

si Tú le faltas por dentro

si Tú no le envías tu esperanza y tu aliento

¡Ven, Señor, y acelera tu llegada!

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