A algunos de los seguidores de Jesús les cuesta seguirle. Sobre todo, les cuesta aceptar que el reino de Dios es para todos, pero especialmente para los débiles y pequeños. Jesús muestra un Dios Abbá que choca con la visión que aquellos cumplidores judíos tenían sobre la divinidad. Para ellos, la religión era algo mucho más cerrado y concreto y, sobre todo, acotado a un reducido grupo de impecables seguidores.
No les resulta fácil –y no nos resulta fácil– cambiar nuestros esquemas mentales. Todo lo que supone algo de cambio, incertidumbre y riesgo no nos suele gustar. Aquellos hombres se marchan, dejan a Jesús. Y como Jesús conoce el corazón humano y sabe que “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”... Se decide a provocar a sus apóstoles y preguntarles: ¿Vosotros también os queréis ir?
La pregunta está llena de libertad. Tú decides. Para ser libres de verdad nuestra voluntad tiene que hundir sus raíces en sólidos fundamentos. No son los sentimientos, ni los gustos, ni el me apetece, ni las conveniencias personales, ni la pura razón, ni el voluntarismo sí o sí... Es imprescindible decidir desde la fe, es decir, discernir, buscar la voluntad de Dios con la confianza puesta en su amor.
La respuesta viene rápida del impetuoso Pedro. “¿Dónde vamos a ir? Tú solo tienes palabras de vida eterna”. Ojalá que nosotros seamos como Pedro. Ojalá nuestra respuesta no sea una fórmula aprendida, repetida, sino el resultado de una decisión personal, que se traduce en una forma de vivir. Poner la confianza en el Señor es confiarnos en el poder de Dios que nos ayudará a mantener nuestras decisiones a lo largo de los vaivenes de la vida.
Sergio Huerta Moyano, sdb
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