1.- “Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña” (Is 5, 7) Hombres del campo que viven y mueren pegados a su tierra. Ellos pueden comprender mejor que nadie el contenido de este gran poema del profeta Isaías: Mi amigo tenía una viña en un fértil collado. Tierra roja y cepas verdes, tierra limpia de hierbajos y bien arada. Días y días de trabajo, bajo el sol o bajo la lluvia. La entrecavó, la descantó. Levantó en medio una atalaya y construyó al lado un lagar. Y esperó que todo aquel trabajo recibiera su justa recompensa.
Dios se vale de comparaciones asequibles para cuantos le escuchan. A través de estas palabras nos quiere recordar cuánto hizo por Israel, la viña elegida y querida. No obstante, sus palabras pueden ser aplicadas a cada uno de nosotros. Sí, con cada uno de nosotros Dios ha repetido la historia y puede entonar también ese canto de amor dolorido. Él se ha volcado en nuestra vida, nos ha mimado a lo largo de los años. Se ha desvivido con la solicitud con que un campesino cuida a su viña. Y al cabo de tanto tiempo y de tanto amor, Dios ha esperado nuestra respuesta con la misma ilusión con que el labrador espera los frutos de su viña.
“… esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Is 5, 7) Desilusión amarga. En lugar de uvas, la viña sólo dio agrazones. Hojarasca y pámpanos verdes y agrios… Israel devolvió a Dios desprecio y rebeldía a cambio del inmenso amor que había recibido. Como tú y como yo hemos pagado con indiferencia la ternura infinita del Señor. Y en lugar de frutos de santidad, hemos dado hojas y ramas secas.
“¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho? ¿Por qué esperando que diera uvas, dio agrazones? Pues ahora os diré lo que voy a hacer con mi viña: Quitaré su valla para que sirva de pasto, derruiré su tapia para que la pisoteen…”. Lo que era una tierra prometedora se convertirá en un erial intransitable. Las palabras de Dios brotan heridas, son un triste lamento que suena con la violencia de un grande amor burlado…
Espera un poco más, Señor. Ya no queremos separarnos de ti. Deseamos responder con amor a tu infinito amor. Ya estamos arrepentidos. Espera un poco más. Y tu amor realizará el milagro de cambiar los pámpanos, verdes y agrios, en apretados racimos de uva dorada y dulce.
2.- “Sacaste, Señor, una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste” (Sal 79, 9) Una vez más el lenguaje divino se nos hace humano. De nuevo la santa Madre Iglesia aplica a las realidades humanas la luz divina. Y así, entrado ya el otoño, cuando todavía en algunos lugares se vendimian las viñas, la Liturgia nos trae el recuerdo de este salmo que habla de una vid trasplantada por Dios, cultivada con esmero y sacrificios, pero ingrata a los cuidados divinos, pues en lugar de uvas dio agrazones.
Ya el profeta Isaías dedicó, como acabamos de ver, uno de los más bellos poemas a la historia de un labrador que plantó una viña con tal ilusión que inspiró al poeta un bello canto de amor dolido. ¿Qué más cabía hacer por mi viña -se dice-, que yo no haya hecho? En efecto, la plantó en un fértil collado, la entrecavó, la descantó, puso buenas plantas, construyó una cerca y una atalaya con un lagar para defenderla y estar siempre pendiente de ella.
Así actuó Yahvé con su pueblo y así actúa el Señor con cada uno de nosotros. Nos elige entre otros mejores que nosotros, nos da a manos llenas la vida, la natural y la sobrenatural, se nos da a sí mismo en la Eucaristía, más inerme que en la cruz donde murió de amor por nosotros. Bien puede decirnos el Señor, con acentos de honda queja: ¿Qué más cabía hacer?
“¿Por qué has derribado su cerca, para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?” (Sal 79, 13-14) El pueblo de Israel, paradigma y ejemplo vivo de nosotros mismos, fue desleal con Dios, rompió la alianza pactada, se olvidó de sus compromisos, volvió la espalda a quien todo se lo debía. La viña soñada, en lugar de dulces uvas dio pámpanos agrios. Entonces la ira de Dios se desbordó lo mismo que las aguas de un río tras la tempestad.
El labrador derribó la cerca y la torreta vigía, el huerto cerrado se hizo campo abierto a ladrones y alimañas, los cardos y las zarzas crecieron libremente. Israel quedó borrado del mapa durante siglos y siglos, portando sobre sus espaldas el escarmiento de los demás. Israel, como una lección permanente que atraviesa dolorida las páginas de la Historia.
Vamos a reflexionar un poco, vamos a volver de nuevo nuestros ojos hacia el Dios del perdón. Digamos humildemente, con el salmista: “Dios de los ejércitos, vuélvete; mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú la hiciste vigorosa. No nos alejaremos de ti, danos vida para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.
3.- “Y la paz de Dios que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones” (Flp 4, 7) Nada os preocupe, nos dice hoy Dios a través de San Pablo. Y cuando realmente hay motivos para preocuparse, no hay más que recurrir al Señor, seguros de que él nos solucionará de la mejor forma nuestros problemas, persuadidos de que incluso cuando parece que nada se soluciona, en realidad esa misma carencia de solución es la auténtica solución. Por tanto, en todo momento hemos de recurrir a Dios y desechar así toda zozobra
Entonces, sigue el Apóstol, la paz de Dios, que sobrepuja todo cuanto uno puede imaginar, custodiará nuestros corazones de toda pena o congoja. Tengamos muy en cuenta que los deseos del Señor para nosotros son de paz y no de aflicción. Es lógico que sea así, supuesto que él es nuestro Padre Dios, bueno y poderoso, infinitamente sabio y lleno de compasión.
Cuántas veces nos recuerda el Señor que estamos llamados al optimismo, a la esperanza cierta, a la alegría serena y permanente. Pensemos con detenimiento, en todo esto, desechemos en consecuencia cualquier sombra de tristeza o de preocupación.
“Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra” (Flp 4, 9)Con esa a actitud de confianza filial y ese talante de buen humor, hay que enfrentarse con el acontecer de cada día, y superar las grandes o pequeñas dificultades que nos puedan sobrevenir. Para ello hemos de tener en cuenta el lado positivo y bueno de las cosas y de las personas, fijarnos en lo que es verdadero, justo y noble, amable y digno de alabanza, virtuoso y meritorio.
Y al mismo tiempo esforzarnos por poner en práctica cuanto hemos aprendido de nuestros mayores en la fe, lo que hemos recibido como un tesoro que hay que custodiar y aumentar con el empeño personal de cada uno. Traer a la memoria la figura y la palabra de Cristo, y tratar de encarnarlo en nuestra propia vida. Hemos de ser conscientes de que no basta decirse o parecer cristiano, hay que poner empeño en serlo. Sólo así, luchando por ser fieles al Señor, el Dios de la paz estará con nosotros.
4.- “Había un propietario que plantó una viña…” (Mt 21, 33). La parábola tiene un marcado sabor veterotestamentario. Recuerda sobre todo el canto de amor a la viña, que recoge la primera lectura de hoy. Toda la historia de los amores de Dios con su pueblo está resumida en estos pasajes. El Señor, dueño del universo, se había reservado una porción de la Humanidad para sí. Lo refiere el libro del Éxodo, antes de narrar la alianza del Sinaí, que selló Yahvé con los hijos de Israel, liberado del poder de Egipto y caminando entonces por el desierto hacia la tierra de promisión.
El Señor había cuidado con esmero a los suyos, les había enviado hombres con poder para salvarlos de sus enemigos, aquellos pueblos vecinos que los acosaban, o para ayudarles en sus guerras para conquistar la tierra de Caná. No hubo desgracia que no encontrara su alivio en Yahvé.
Pero Israel no correspondió a tantos desvelos, no se sometió al poder de Dios, no obedeció sus mandatos, ni reconoció a los que en nombre de Yahvé les advertían de su conducta depravada. Al contrario, en lugar de atender a sus palabras, los despreciaban o les amenazaban, les hacían callar con la violencia. Cuando Jesús recordaba esto, al acercarse en cierta ocasión a Jerusalén, no pudo contener las lágrimas y se echó a llorar sobre aquella ciudad, tan querida y tan ingrata.
La serie de atropellos llegó al culmen cuando rechazaron violentamente a Jesucristo, el Hijo del Dios Altísimo, crucificándolo en una cruz. Cumplieron así la profecía que vaticinaba que los constructores rechazarían la piedra angular, desechándola como inservible. Jesús les hace ver lo que estaba ocurriendo, y lo que ocurriría luego si seguían rechazándolo. Pero estaban obcecados, el orgullo los tenía ciegos. Al final llevarían a cabo sus designios de odio y de envidia. Arrastraron al Hijo de Dios fuera de la viña, a la salida de la Ciudad Santa, y allí lo colgaron entre el cielo y la tierra, a la vista de todo el pueblo, la viña elegida.
Antonio García Moreno
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario