Señor, que yo te ame siempre más. También aquí está la obediencia a un mandamiento de Dios, que ha puesto en nuestro corazón la sed del progreso. Desde los palacios, desde las cavernas, desde las cabañas, hemos pasado a las casas, a los palacios, a los rascacielos; desde el viajar a pie, a lomo de mulo o de camello, a las carrozas, a los trenes, a los aviones. Y se desea progresar todavía con medios más rápidos, alcanzando siempre metas más lejanas. Pues amar a Dios […] es también un viaje: Dios lo quiere siempre más intenso y perfecto. Ha dicho a todos los suyos: Vosotros sois la luz del mundo, la sal de la tierra (Mt 5, 48), sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Esto significa: amar a Dios no poco, sino mucho; no detenerse en el punto al cual se ha llegado, sino con su ayuda progresar en el amor (Juan Pablo II, Audiencia general 27-9-1978).
La medida del amor a Dios es amarlo sin medida (San Bernardo, Sermón 6, sobre el amor a Dios).
La medida y regla de la virtud teologal es el mismo Dios; nuestra fe se regula según la verdad divina; nuestra caridad según la bondad de Dios; y nuestra esperanza, según la intensidad de su omnipotencia y misericordia. Y ésta es una medida que excede de tal manera a toda capacidad humana que el hombre nunca puede amar a Dios tanto como debe ser amado, ni creer o esperar en Él tanto como se debe; luego mucho menos llegará al exceso en tales acciones (Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2, q. 54, a. 4, c).
[…] quien no quisiera amar a Dios más de lo que le ama, de ninguna manera cumplirá el precepto del amor (Santo Tomás, Comentario a la epístola a los Hebreos, 6, 1).
No está permitido querer con amor menguado […], pues debéis llevar grabado en vuestro corazón al que por vosotros murió clavado en la Cruz (San Agustín, Sobre la Santa virginidad, 55).
Señor: que tenga peso y medida en todo… menos en el Amor (J. Escrivá de Balaguer, Camino, 427).
El hombre nunca puede amar a Dios tanto como Él debe ser amado (Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2, q. 6, a. 4 e).
Cuanto más amo, más deudor me siento cada día (San Agustín, Epístola 192).
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