03 enero 2020

Catequesis para la Epifanía del Señor

APENAS  NACIDO JESÚS, UNOS MAGOS DE PAÍSES LEJANOS VIENEN A ADORARLO. YA DESDE EL PRINCIPIO, SIN HABER HECHO NADA, JESÚS COMIENZA A BRILLAR Y A ATRAER. ES LO QUE DESPUÉS OCURRIRÁ EN SU VIDA PÚBLICA CONTINUAMENTE: «¿QUIÉN ES ESTE?» (MC 4,41). «NUNCA HEMOS VISTO COSA IGUAL» (MC 2,12).


Además, toda la escena gira en torno a la adoración. Los Magos se rinden ante Cristo y le adoran, reconociéndole como Rey, eso es lo que significa el oro, y como Dios el incienso y preanunciando el misterio de su muerte y resurrección –la mirra–. La adoración brota espontánea precisamente al reconocer la grandeza de Cristo y su soberanía, sobre todo, al descubrir su misterio insondable. En medio de un mundo que no sólo no adora a Cristo, sino que es indiferente ante Él y le rechaza, los cristianos estamos llamados más que nunca a vivir este sentido de adoración, de reverencia y admiración, esta actitud profundamente religiosa de quien se rinde ante el misterio de Dios.

Y, finalmente, aparece el símbolo de la luz. La estrella que conduce a los Magos hasta Cristo expresa de una manera gráfica lo que ha de ser la vida de todo cristiano: una luz que brillando en medio de las tinieblas de nuestro mundo ilumine «a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc 1,79), les conduzca a Cristo para que experimenten su atractivo y le adoren, y les muestre «una razón para vivir» (Fil 2,15-16).

Preguntas para reflexionar:
¿Me siento yo atraído por Cristo? ¿Me fascina su grandeza y su poder? ¿Qué estrellas me iluminan o guían mi camino hacia Jesús? 

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