03 noviembre 2018

DOMINGO XXXI TIEMPO ORDINARIO


Resultado de imagen de “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.”

Siguiendo con nuestro propósito de reflexionar sobre las palabras de Jesús que, nos decía el Apóstol San Pedro, son palabras de vida eterna para nosotros, esta mañana nos encontramos con unas tan importantes que Jesús no dudo en considerarlas como la síntesis de todo lo que suponían la Ley y los profetas. [(Tercera lectura) Mc. 12, 28-34)] 
Unas palabras que recogidas ya en el Antiguo Testamento, primera lectura (Dt. 6,26) nos indican claramente cuál es la última intencionalidad de Dios al revelárnoslas: “Para que seamos dichosos y nos multipliquemos en tierra fecunda”.
Siempre ha sido importante subrayar esta buena intención de Dios que, como buen Padre, quiere marcarnos los caminos por los que podamos discurrir adecuadamente. Hoy, que estamos borrachos de la palabra “libertad”, es más importante subrayar ese carácter de ayuda que Dios nos ofrece porque, de una manera casi enfermiza, el hombre actual rechaza todo cuanto huela siquiera lejanamente a autoridad por legítima y justificada que sea.
Hablar de que Dios nos señala unos comportamientos, aunque sean tan claros y elementales como que nos tratemos fraternalmente y creamos en un ser superior, a mucha gente le produce una especie de urticaria mental.
Sin embargo, nada hay más generoso y desinteresado por parte de Dios al comunicárnoslasDios no nos necesita absolutamente para nada. Un segundo antes del famoso Big-Bang, cuando solo existía Dios era tan feliz y autosuficiente como lo es ahora unos 13.700 millones de años después. Dios era lo que era sin necesidad de ninguna de sus criaturas. Si nos creó fue exclusivamente por amor. Nunca buscó súbditos sino hijos a quienes amar y enseñar la verdad.

Ese Dios Absolutamente autosuficiente es el que se acerca a nosotros para decirnos que si nos amamos fraternalmente podremos vivir mucho mejor que si nos odiamos mortalmente. Parece mentira que a seres que presumimos de racionales se nos tenga que decir perogrulladas de ese tipo, pero así es. Lo más grave es que después de habérnoslas dicho, seguimos igual mirando a otra parte como si la cosa no fuera con nosotros.
Justificada esta “intromisión” de Dios en nuestra vida, mejor diríamos, formidable ayuda a las posibilidades reales de nuestro progreso y felicidad, escuchemos el mensaje de Jesús, “ese sacerdote hecho perfecto para siempre” que nos decía la segunda lectura. (Heb. 7,23-28)
El primer mandamiento es: El Señor es el único Señor. Le amarás con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
La tendencia a crearnos dioses aparece de una manera espontánea con los primeros seres humanos. Basados en la experiencia diaria de que todo cuanto comienza a ser ha tenido un hacedor, pensaron que también el mundo y cuanto hay en él, tienen un fabricante, uno que lo ha hecho. Así es como la humanidad fue construyéndose dioses que justificaban la existencia de todo aquello que ellos ni habían hecho ni sabían explicar.
Ante esa enorme cantidad de dioses fabricados por la mente humana, a los que adoraban inútilmente, y teniendo en cuenta que fundamentaban una enorme caterva de sacerdotes, chamanes, brujos, etc. que se arrogaban el privilegio de entrar en contacto con ellos, dominando a sí a los demás, Dios salió al paso de tanto error diciéndonos quien era el verdadero Dios. Fue una ayuda que nos prestó, no para sacar nada de nosotros sino para que nosotros no nos humilláramos antes nuestras propias creaturas ni ante sus falsos representantes.
Es lo que han hecho tantas veces nuestros padres con nosotros y vosotros con vuestros hijos: sacarles de errores perniciosos.
Respecto al segundo mandamiento: amar al prójimo, los errores de la humanidad no eran menores. Desde que aparecen los prehomínidos hay signos manifiestos de guerras fratricidas semejantes a las de los demás animales. Cuando ya muy evolucionados comienza a escribirse la historia, resulta ser la historia de la sangre vertida entre hermanos. Sus páginas están llenas de conquistas, matanzas, explotaciones, sufrimientos. Dios en este tema también vino en nuestra ayuda y nos advirtió de los peligros que supone para la convivencia que no sepamos vernos como miembros de una misma especie, como hermanos y como hermanos hijos de un mismo Padre Dios.
Evitarnos errores y ayudarnos a vivir en la verdad es la única razón de ser de la presencia de Dios en nuestras vidas, tenidas por muchos como intolerables “injerencias”.
Ciegos hemos de estar para ver así las cosas, pero así es. Ya hace 2000 años que Jesús nos explicó esto y no hay periódico que hoy, con sus tremendas noticias llenas de crueldad, no demuestren que no hemos entendido ni una sola palabra del mensaje de Jesús.
Seguimos sirviendo y adorando a dioses materiales: el dinero, el poder, el prestigio, y mirándonos de reojo para ver como atacarnos, como dominarnos unos a otros. Decía Cantinflas en una de sus formidables películas (Su Excelencia) que los hombres hemos entendido que lo que nos decía Jesús es que nos armáramos los unos contra los otros en lugar de que nos amáramos los unos a los otros. ¡Tremendo, trágico error!
Escuchemos la enseñanza de Jesús: Son palabras de vida eterna para todos nosotros: amemos a Dios de corazón y al prójimo como a nosotros mismos y viviremos como deben vivir los seres racionales. AMÉN 
Pedro Saez. Presbítero