21 octubre 2018

Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

Estos domingos hasta el Adviento, si Dios quiere, iremos reflexionando sobre algunas de las enseñanzas de Jesús que, como le dijo san Pedro, tienen para nosotros la condición de palabras de vida eterna.
Hace quince días Jesús ofrecía un modo de vivir la familia: amaos, multiplicaos y dominad las cosas, que lejos de dar lugar a una vida familiar de cansancios y aburrimientos soportados, mantiene viva la ilusión y la ternura de aquellos primeros momentos en los que comenzó todo.
Hace ocho, las enseñanzas de Jesús giraban en torno al correcto uso de las riquezas. Nos decía que por encima de todo está la dignidad de la persona humana, muy superior a la que pueda tener el dinero incluso en su actual divinización.
Hoy Jesús nos orienta sobre cómo ejercer cristianamente la autoridad en cualquiera de sus variadas formas.

Estas orientaciones que Dios nos da no hemos de entenderlas como unas normas que privan de libertad al hombre y le imponen unos comportamientos robóticos. NO. De ninguna manera.
Dios como Padre nuestro que es, a la manera de cualquier buen padre, nos avisa de los peligros que corremos, y nos señala el camino correcto por el que podemos caminar seguros. Son una manifestación del amor que nos tiene, no una exhibición de poder absoluto sobre nosotros.
Esto supuesto entramos en el tema de hoy: la visión que Jesús nos da de cómo se ha de ejercer el poder, la autoridad.
Es una reflexión-compromiso que nos afecta a todos, no solamente a los grandes gobernantes políticos, empresariales, judiciales, eclesiásticos, militares, académicos, etc. porque todos tenemos alguna pequeña parcela en la que ejercemos alguna autoridad que podemos y debemos someter a un riguroso análisis. Pensemos ahora en nuestro hogar, la empresa donde trabajamos, el centro de estudios, nuestro contexto, allí donde tengamos alguna responsabilidad de que algo marche correctamente.
Hay también una serie de relaciones en las que podemos considerarnos con derecho a alguna prestación, que exigen, por nuestra parte, comportamientos humanizados, por ejemplo: las relaciones con los camareros, los dependientes, el barbero, los que nos atienden en una oficina, el taxista, el que nos vende los periódicos, la señora de la limpieza, etc. etc. Son individuos que están para prestarnos su colaboración pero a los que debemos tratar con el respeto que merece su dignidad de persona. No están para que los mangoneemos sino para que nos sirvan en aquello que corresponde a su función. Es muy aconsejable revisar también este tipo relaciones.
Esto supuesto veamos lo que piensa Jesús sobre cómo ejercer la autoridad. (Tercera lectura, Mc. 10, 35-45
Comienza criticando seriamente las formas de ejercerla en aquellos tiempos. Eran actitudes despóticas con las que no se pretendía conseguir el bien común sino dominar, avasallar a los súbditos.
Es ésta una perniciosa forma de entender la autoridad todavía muy vigente entre nosotros.
Muchos que detentan una gran autoridad se olvidan que son servidores públicos, de modo especial aquellos que han ofrecido sus servicios en sufragios nacionales, autonómicos, municipales con el compromiso de trabajar por el bien común.
Se olvidan de su condición de servidores de la comunidad, para pensar solo en encumbrarse y enriquecerse aprovechando su posición.
Jesús rechaza tajantemente esa concepción del poder: NO ASÍ entre vosotros. Es en ese momento en el que expone claramente la verdadera doctrina sobre el poder: quien mande sea el servidor de todos. Un giro Copernicano. Mandar no es un privilegio particular sino una forma de colaboración social. Es una forma de servir a la sociedad, cooperando con su capacidad de dirigir, a que consiga su finalidad en provecho de todos.
Esto es así en el pensamiento cristiano y, debería serlo en cualquiera otro que se respete a sí mismo.
Desde un punto de vista cristiano, desde el pensamiento de Jesús, entender así el mandar no es más que el ejercicio de la caridad fraterna que nos insta a servir a los demás, según la posibilidad y situación de cada uno.
En Jesús tenemos un perfecto ejemplo de lo que es pasar una vida orientando, enseñando, dirigiendo a todos, pero sirviendo a todos. Jesús no se revistió de su autoridad sino que despojándose de su rango y aceptando ser como uno de nosotros pasó toda su vida sirviendo a los demás, como un hombre bueno poseído por Dios, que dijo San Pedro hablando de Él.
Ya en el A.T. el profeta Isaías (primera lectura, 53, 10-11) habla de Jesús como de alguien que carga con las responsabilidades de los demás para purificarlas.
El autor de la Carta a los Hebreos, (segunda lectura, 4, 14-16) ya conocedor de la vida de Jesús, habla de Él como: alguien que se ofreció a sí mismo para encauzar la vida de los hombres de modo que puedan alcanzar la herencia eterna prometida.
Esa fue exactamente la vida de Jesús: un constante ejercicio de servicio a la humanidad. Su confesión de que Él no había venido a ser servido sino a servir, fue la constante de toda su vida terrenal. Predicó, caminó, curó, perdonó, consoló, nunca dejó pasar en blanco la oportunidad de hacer algo por los demás.
La postura y doctrina de Jesús es clara y coincidente con su proclama del amor. Quien ama se pone al servicio de los demás. Es una idea que exponía San Pablo y que recordábamos hace quince días: el amor es servicial.
Ejerzamos nosotros así la autoridad que nos corresponda y quienes conviven con nosotros, podrán alegrarse de que hayamos aprendido de Jesús a “mandar-sirviendo” y nosotros podremos dormir tranquilos, sabiendo que con el ejercicio de nuestra autoridad hemos procurado el bien a los demás. AMÉN.
Pedro Sáez