31 agosto 2018

Moral

Me puse a considerar la prisa de los jóvenes, su hambre y su derecho a vivir con menos miedo que yo.
Me encantó tanto su espontaneidad que tuve la tentación de gritarles al oído:
“No es pecado amar antes del matrimonio.
No es pecado acudir a la violencia, cuando los otros no ceden en su justicia.
No es pecado acostarse con la persona a la que se ama.
No es pecado robar cuando uno lo necesita.
No es pecado vender el propio cuerpo.
No es pecado enfrentarse con los padres que no le entienden a uno.
No es pecado dejar aparcados a los viejos que estorban.
No es pecado nada de lo que uno hace por amor…
Todo depende de la manera como uno hace esas cosas.
Si se hace con buena intención, no está tan mal…
Con tal de no perjudicar a los otros, nada tiene de errado…
Todo eso son convenciones humanas…
Lo importante es que uno se consciente de lo que hace y sea capaz de asumir las consecuencias de ello…”
¡Me acordé de Jesucristo!
Me puse a indagar si acaso él estaría conforme con ese modo de razonar, ¡y no encontré ningún punto de apoyo!
— Él tomó una posición todavía más exigente que yo en materia de renuncia, pensé para mí.
Mi amigo perdonó siempre a quienes se había equivocado; pero siguió diciendo que lo que habían hecho no era lícito.
Así que desde entonces dejé de mentir a los jóvenes.

P. Zezinho