21 agosto 2018

Domingo 26 de agosto: ¡SÍ ó SÍ!


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Acaba el mes de agosto –solo nos falta un domingo– y, a una con él, el discurso del evangelio de Juan, el discurso de Jesús sobre al Pan de Vida. Comenzó todo con la multiplicación de los panes y los peces y, hoy, finaliza con una interpelación: ¿También vosotros queréis marcharos?
1.- Jesús no dejó indiferente a nadie: cuando tuvo que hablar, alto y claro, lo hizo. Y, además, lo hizo sin miramientos y sin tener en cuenta a sus más allegados. Quería seguidores con cintura, grandeza en el corazón, claridad en la mente y largueza en las manos.
La prueba del algodón se daba en muchas ocasiones:
-cuando el hablar de Jesús les resultaba excesivamente duro
-cuando tenían que renunciar a otros dioses y abrazar al Dios de Jesús
-cuando había que entregarse hasta la extenuación y a costa de uno mismo
-…..

Muchos se echaron atrás. Jesús nunca puso grilletes a sus seguidores (más bien eran otros los que los colocaban en la conciencia y hasta en las manos de los ciudadanos de entonces). Precisamente, desde esa libertad, habrían de responder: ¿Sí o sí? No había intermedio. Seguir a Jesús exigía cambiar la vida y sus valores de arriba abajo.
2.- Hoy, con más severidad que nunca, estamos viviendo una deserción de la práctica de fe. Parece que lo que se lleva, es decir “no soy practicante” “a mí la Iglesia no me va” “paso de rollos religiosos”. En el fondo, hay un tema más grave: nadie queremos complicaciones. Los compromisos, de por vida, nos asustan. Y a veces, el Evangelio, nos pone contra las cuerdas: ser creyente es más que bautizarse, comulgarse o casarse por la Iglesia. Es complicarse la vida con Cristo y en Cristo. Es teñirse de Él e identificarse con Él.
-¿Cuándo hemos dejado al Señor sólo?
- ¿Sabemos estar en su presencia sin más compañía que el silencio?
-¿Nos planteamos, con frecuencia, lo que significa y conlleva el ser cristianos?
-¿Nos duele, en algún momento, la proclamación de la Palabra de Dios?
Estos interrogantes, al final de esta breve reflexión dominical, pretenden incentivar nuestra fe dormida. Si creemos y servimos al Señor que lo hagamos con valentía, con transparencia y sabedores de que, seguirle, aunque no sea un camino de rosas, merece la pena.
3.- A veces, como cristianos, nos puede ocurrir lo mismo que aquel conductor que empeñado en conducir por una gran autopista no hacía caso de las señales de tráfico que le exigían conducir, como mínimo, a 130 kilómetros por hora. Un buen día, la guardia de tráfico, le detuvo y le conminó: “si usted va a ir a esa velocidad, mejor que vaya por una carretera comarcal”.
Jesús es una autopista con unos mínimos y con unos máximos. Ojala que el conductor de nuestra fe nos ayude a caminar con Él y por Él en la velocidad adecuada.

Javier Leoz

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