Por Pedrojosé Ynaraja
1.- Mis queridos jóvenes lectores, el hecho de que deba publicar betania.es un montón de proyectos de homilía juntos y que yo no disponga de tiempo suficiente para pensarlos con calma y redactarlos, me obliga a que acuda a un artilugio hoy. Hace tiempo, un lector mío de otro semanario me escribió, solicitando que le explicara cómo pensaba yo que era la presencia de Jesús en la Eucaristía. Sí habéis escuchado el evangelio de la misa de este domingo, probablemente vosotros también os preguntaréis sobre esta cuestión. Para ahorrar tiempo y para de alguna manera satisfacer vuestro interés, voy a copiaros aquella carta, su solicitud y mi respuesta, tal como la conserva en la memoria de mi P.C.
2.- Me podría indicar si las palabras de Jesús, cuando instituyó la Eucaristía, hay que tomarlas de forma literal, o bien tienen un sentido simbólico, mucho más allá de lo racional. Cuando habla de su carne y su sangre ¿quiere decir su Vida y su Espíritu?
3.- Me satisfaría enormemente responderle de palabra. Contestaré de alguna manera. No creo que la expresión de Jesucristo se refiera exactamente a su tejido muscular o a su torrente sanguíneo, entre otros motivos porque no existen, ni existían como realidades “reales”. No existe un cuerpo estático, inmutable. Está en incesante intercambio. Todo el cuerpo se muda de continuo. El agua está entrando y expulsándose continuamente. Incluso los elementos que parecerían más estables seguros, los oligoelementos: Bromo, boro, cromo, cobalto, cobre, flúor, hierro, manganeso, molibdeno, níquel, selenio, silicio, vanadio, yodo, zinc… (he copiado de Google la lista) varían. ¿Qué es nuestro cuerpo?. La realidad corporal es un “saco de agujeros”. Se dice que un átomo de hidrogeno es semejante a una plaza de toros, en la que en el centro del ruedo hubiera una pelota de futbol y en lo más alto del tendido una pelota de ping-pon. Evidentemente diríamos que está vacía la plaza. La comparación que pongo dará risa a cualquier científico, no lo dudo, sería muy largo rectificar y sé que algo suena.
4.- Las moléculas de agua que circulaban por el cuerpo de Jesús en el momento pronunciar lo que en aquel momento dijo, tal vez ahora circulen por su cuerpo o por el mío. Hay realidades que no nos son perceptibles, ni por los sentidos, ni por nuestros instrumentos de análisis. Pongo un ejemplo que tal vez dé risa, y no es que yo me lo crea, pero de alguna manera lo percibo.
5.- Desde los años cuarenta y pico de mi época de bachiller que oigo hablar de la radiestesia y nunca me lo tomé en serio. Un día, hace pocos años, se me ocurrió coger una cadenita y atarla a una piedrecita, hacerme un primitivo péndulo. Quedé asombrado. Lo único que le puedo asegurar es que poniéndolo sobre una realidad de contenido espiritual (desde las reliquias de santos de una antigua ara de altar, hasta el tronco seco del “pi de les tres branques” tan admirado, elogiado y hasta venerado por cierto catalanismo exaltado, pues bien, colocado el péndulo, se pone a circular en el sentido contrario a las agujas de un reloj. Y le aseguro que cada vez que voy a hacer una prueba, estoy pensando en que no se moverá. Algo existe que no es captado. Pero existe. En la Eucaristía existe Jesús, esta es mi Fe. Lo cual no quiere decir que allí esté su tejido muscular, ni alguno de los átomos de yodo que en aquel momento estaban en su glándula tiroides.
6.- El tema de la realidad corporal me preocupa desde hace tiempo. Primero lo hable con Ignasi Fossas, actual prior de Montserrat, médico y muy amigo mío, desde que él tenía 15 años. Me contestó que no era materia de su profesión. Lo consulté más tarde con Ramón Margalef, que fue el mejor biólogo, ecólogo. Limnólogo etc. etc. del mundo. Lo hablábamos cuando él ya estaba en la fase terminal de su cáncer. Él fue el que más me aseguró lo del total cambio continuo del cuerpo. Me parece que se dice que cada dos años se ha modificado totalmente. A Margalef le decía yo: ya es admirable que tú, seglar y científico biólogo, me estés evangelizando a mí, sacerdote. Los últimos momentos de su vida no me dijo que dudaba, me pidió los sacramentos que pudiera darle. No discutimos, no era momento oportuno, solo me añadía que rezara por él. Su testimonio me ayudo y me ayuda mucho.
7.- Cada día, por la mañana y por lo menos por la noche, entro a mi “pequeña iglesia” hago genuflexión en señal de adoración y luego beso el sagrario muestra de amor, como se lo daba a mi madre cada noche. (murió a los 97 años). Creo en la presencia real, pero sé que ni un análisis normal, ni un cromatógrafo, por poner un ejemplo, me dirían que en la Eucaristía hay tejido muscular o torrente sanguíneo. Pero cada día celebro misa y estoy convencido de que existe. No sé si le ha servido o le complicado más los sesos. Espero que algo le haya ayudado.
Espero, mis queridos jóvenes lectores, que también a vosotros, como aquel lector me contestó, os haya satisfecho mi explicación y comprendáis que he acudido a este método, ya que las obligaciones derivadas de mi vocación, de la que no me he jubilado, me exigían hacerlo así.
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