22 julio 2018

Domingo XVI de Tiempo Ordinario

Para poder entender bien este Evangelio, es menester ponerlo en relación con los de los pasados Domingos. Recordaréis sin duda alguna que en el Evangelio que escuchábamos hace dos semanas, comenzaba Jesús su ministerio en Nazaret, en la población donde vivía. En el del pasado Domingo enviaba Jesús a sus discípulos a misionar, de dos en dos, enumerando las maravillas que acompañarían la fe de quienes creyeran en ellos. En el que hoy escuchamos vuelven los discípulos de su misión, visiblemente satisfechos de sus resultados y narrando a Jesús lo que han llevado a cabo. Más adelante, XVII próximo Domingo, dejaremos el Evangelio de Marcos para tomar, a lo largo de algunas semanas, el de Juan , y veremos a Jesús ejerciendo su misión pastoral alimentando a las muchedumbres de pan tanto material como de alimento espiritual.

En todo esto vemos el primer aspecto de la misión de Jesús y de sus Apóstoles. Misión ésta que consiste en alimentar a las muchedumbres de pan – tanto de pan material como del pan de la palabra. En la vida del mismo Jesús se da una alternancia de largas jornadas de predicación y de atención a todas las necesidades tanto físicas como espirituales de la muchedumbre, por una parte, y por otra, de largas horas pasadas, sobre todo a la noche, en la soledad, orando a su Padre. Hoy, cuando vuelven los discípulos de su larga misión, en el curso de la cual han predicado la Palabra, curado enfermos y expulsado demonios, les invita Jesús a pasar a la otra orilla, a un lugar solitario, apartado, para descansar un poco. No obstante harán la experiencia de que una vez que se han entregado a la misión ya no les es posible separarse de las necesidades de la muchedumbre. An de cargar con ellas en su soledad, incluso en su descanso.
Cuando Jesús va a la soledad, la muchedumbre le sigue. Pero allí, en el desierto, quienes le siguen reciben una palabra diferente y un pan diferente: la palabra y el pan que se desarrollan en el silencio y que nos unen a ese silencio primordial en el que todo ha sido creado. En este Evangelio se nos muestra Jesús como el nuevo Moisés, el último y verdadero pastor, que conduce a su pueblo a través del desierto hacia la experiencia mística de la oración solitaria, y lo alimenta en el camino con el maná nuevo.
Nosotros, monjes que hemos dejado” el mundo para “embarcarnos” hacia el desierto del monasterio, no podemos olvidar a nuestros hermanos y hermanas que tienen hambre del pan espiritual y material, y no debemos extrañarnos de que no pocas veces rodeen el lago para venir a unirse a nosotros allí donde acampamos. ¿No nos recuerda san hablo, el Apóstol de la Unidad, n la segunda lectura de esta mañana que Cristo ha venido para hacer Uno de nosotros, haciendo desaparecer no tan sólo las divisiones entre Judíos y Gentiles sino toda forma de división entre los hombres?
La predicación de Jesús se nos ha llegado en las lecturas que hemos escuchado. Entrando ahora en el misterio de la Eucaristía, pasemos juntos a la otra orilla, dejando tras de nosotros, al menos por un momento nuestros problemas y nuestras preocupaciones. Y entonces recibiremos el Maná que el nuevo Moisés ha reservado para nosotros.
A. Veilleux