25 julio 2018

Domingo 29 julio: LA CARIDAD DIVINA Y HUMANA PUEDE HACER MILAGROS


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Por Gabriel González del Estal

1.- Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. La misericordia de Dios es infinita y Jesús de Nazaret, en este relato evangélico y en otros muchos, se portó como un verdadero Dios: con cinco panes y dos peces dio de comer a más de cinco mil personas. No nos importa ahora analizar la historicidad literal del número de comensales. El pueblo sencillo, en el mundo judío, leía los textos bíblicos con una finalidad más catequética, que histórica, tal como entendemos hoy la historia. Yo, hoy, también quiero ser gente sencilla y en el relato de la multiplicación de los panes y los peces lo que admiro es, sobre todo, la infinita misericordia de Dios para con nosotros. Jesús era un hombre compasivo y, al ver a tanta gente con hambre y con sed, lo primero que pensó y quiso fue saciar el hambre y la sed de aquellas personas. Este es el mensaje que tiene hoy para mí la multiplicación de los panes y los peces. Nosotros sabemos hoy que hay no miles, sino millones de personas que tienen hambre. ¿Qué hacemos los discípulos de Jesús para saciar el hambre de estos millones de personas? Las soluciones que están intentando dar nuestros jefes, banqueros y políticos a la crisis económica que padecemos no tiene parecido alguno con la actitud de Jesús. Y esto está ocurriendo en una Europa que es, al menos en sus raíces, cristiana. Pero no pensemos ahora en los banqueros y en los políticos, ¿qué estamos haciendo cada uno de nosotros para saciar el hambre de esos millones de personas que se están muriendo de hambre?


2.- Le seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. En este texto evangélico hemos visto que la misericordia de Dios es infinita, pero también podemos ver en este mismo texto que el egoísmo y la tacañería humana es humana, demasiado humana. La mayor parte de la gente que seguía a Jesús no lo hacía por amor a Jesús, sino por amor a sí mismos. Cuando llegaba Jesús a un determinado lugar la gente sencilla acudía en masa a verle. ¿Para qué? Para que les curara de sus enfermedades o, como en este caso, para que les resolviera sus problemas sociales y laborales. Al final del texto nos dice el evangelista que Jesús, “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo”. Es decir, que hombres eran entonces y hombres somos ahora: siempre preocupados por nosotros mismos y pocas veces preocupados por los demás. Gracias a Dios que hay maravillosas excepciones, hay personas que intentan de verdad, y a veces lo consiguen, parecerse a Jesús de Nazaret. Vamos a pedirle al buen Dios que nos ayude a despojarnos de nuestro habitual egoísmo y que nos dé fuerzas para vestirnos con el hábito de generosidad y amor de su hijo, Jesús. Puesto que sabemos que también hoy la gente sencilla nos seguirá principalmente por nuestra generosidad y por nuestro amor, seamos generosos y caritativos con la gente. Al estilo de Jesús.

3.- Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente, con amor. Al final, como se nos dice hoy en esta carta de san Pablo a los Efesios, lo que debe distinguir a los cristianos es el amor. El amor de Cristo, claro. Dios es amor y, si vivimos con amor y por amor, viviremos como Dios, como vivió el Cristo que multiplicó los cinco panes y los dos peces. El amor, según san Pablo, es humildad, es amabilidad, es comprensión, es comunión, es paz. El espíritu de Cristo fue también amor, un amor que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Si todos los cristianos tuviéramos el espíritu de Cristo, la gente, la gente sencilla al menos, nos seguiría como siguió a Jesús.