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08 abril 2018

No tengamos miedo

Hace una semana estuvimos celebrando la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección. Aunque sólo han pasado unos días, todo lo que rodea la Semana Santa (procesiones, tradiciones, vacaciones…) ha quedado ya atrás. Durante la Semana Santa mucha gente participa en los diferentes actos y celebraciones, aunque sea como espectadores; se ve como algo bastante normal y aceptable, pero una vez termina la Semana Santa ya no se ve “normal” que alguien participe habitualmente en la Eucaristía o en otros actos litúrgicos, y mucho menos que se confiese abiertamente la fe en Cristo Resucitado. Por eso se tiende a vivir la fe de un modo privado e incluso a veces como acomplejados, como si nos avergonzáramos de tener esta fe.

Por eso podemos identificarnos con los discípulos, que estaban en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Como indica el documento “Ser y misión de la ACG Llamados y enviados a evangelizar”, somos conscientes de que el anuncio del Evangelio es ahora mucho más complejo que hace unos años. Tenemos mala prensa, y si hacemos lo que nos corresponde por nuestra identidad cristiana, nuestra prensa es todavía peor. Acarreamos un descrédito general de la Iglesia como institución, que en algunos casos se concreta incluso en un cuestionamiento a cada uno de los cristianos. Se nos pide a veces, de forma explícita, que nos estemos quietecitos y callados. Seguir a Jesucristo resulta hoy difícil. Cuando le proponemos a una persona ser cristiana, le estamos invitando a acoger en su vida un camino minoritario, a “ser distinto”. Y “ser distinto” da miedo, nos falta valor.
Sin embargo, si creemos en Cristo Resucitado, debemos manifestar nuestra fe. Hemos escuchado en la 1ª lectura que los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor. ¿Cómo se produjo el cambio del miedo al valor? La Palabra de Dios nos ofrece varias indicaciones:
En primer lugar, por su encuentro personal con el Resucitado: se llenaron de alegría al ver al Señor. Incluso Tomás, que se resistía a creer en ese encuentro, tuvo que afirmar: ¡Señor mío y Dios mío! Por eso el Papa Francisco indica al comienzo de Evangelii gaudium (3): Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él (…) cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos, como esperó a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
En segundo lugar, los discípulos se sienten enviados por el Resucitado a ser apóstoles: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Como también indica el Papa, el Resucitado envía a los suyos a predicar el Evangelio en todo tiempo y por todas partes, de manera que la fe en Él se difunda en cada rincón de la tierra. (19) Todos nosotros hemos recibido este envío, porque todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús (…) somos siempre «discípulos misioneros». (120)
Y en tercer lugar, los discípulos saben que ese anuncio no depende sólo de sus fuerzas y capacidades, porque Jesús también les ha dicho: Recibid el Espíritu Santo. Y es el mismo Espíritu que nosotros recibimos en el Bautismo, por eso afirma el Papa: En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. (119)
Nosotros podemos también vivir la experiencia de los discípulos: encontrarnos con el Resucitado y sentirnos enviados a evangelizar con la fuerza del Espíritu Santo, sin miedo, con valor. 
¿Manifiesto mi fe de forma abierta, o la vivo de un modo privado y casi vergonzante? ¿He tenido experiencia de encuentro con el Resucitado? ¿Cómo puedo encontrarme con Él? ¿Me siento enviado por Él a ser discípulo misionero? ¿Me abro a la acción del Espíritu Santo para evangelizar?
Es cierto que los cristianos tenemos que vivir la fe a contracorriente, pero el Resucitado nos prometió: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). Nos acompaña en la oración individual y comunitaria, en su Palabra, en la Eucaristía y demás Sacramentos, en la formación, en la vida iluminada por la fe… No tengamos miedo: de nosotros depende en gran medida que el Evangelio sea percibido como “lo de siempre”, como algo caduco que no produce la más mínima curiosidad en las personas; o por el contrario, como un tesoro único que ha pasado de generación en generación y que trae la salvación para todos. El testimonio de los apóstoles y de los primeros cristianos nos puede servir de referencia.