09 diciembre 2017

HAS VENIDO



Resultado de imagen de II domingo de adviento

En estas fechas es frecuente que surjan discusiones sobre la fecha en que nació Jesús. Son pocas las horas o los días que les separan. Sin embargo, más interesante me parece reflexionar respecto al nacimiento de Jesús, lo que sucede en el día más corto y en la noche más larga. Cuando la luz, la claridad es más corta y la obscuridad es más larga, sucede el misterio. Esta circunstancia puede ser imagen de la transformación, de la conversión interior, espiritual que empieza a llevarse a cabo en la noche del veinticuatro: desde ese momento la noche retrocede, la luz se abre paso.


Durante estas fechas la liturgia emplea con generosidad los verbos velad, vigilad, estad atentos, consolaos, preparaos… Al abrigo de estos verbos hacemos preguntas como las siguientes: preparaos ¿para qué?, estar atentos, ¿respecto a qué?, estar pendientes ¿de qué o de quién?.... Una respuesta pude ser la siguiente: podemos centrarnos en ¿quién viene y para qué viene?. El ángel se apareció a los pastores que estaban cuidando el rebaño en las cercanías de Belén: “Tranquilizaos. Mirad que os traigo una buena noticia: os ha nacido un salvador: el Mesías. Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
¿Para qué viene?. Viene para crear un mundo en el que “la justicia y la paz se besen”, para fundar un cielo nuevo y una tierra nueva”. Todo esto tal vez nos parezca demasiado utópico, demasiado general, poco concreto. De ahí que se hayan formulado otros textos que nos hacen más comprensible lo que celebramos. Una comisión redactó la lista de principios, llamada “Declaración de los Derechos Humanos”, que consta de un preámbulo y 30 artículos. Fue aprobado y proclamado en Ginebra el 10 de diciembre de 1948. Principios que son citados con frecuencia y con simpatía, pero su cumplimiento se desarrolla mezquinamente. No es difícil hallar abundante material evangélico en sus páginas. Por ejemplo el artículo 1º dice así: ”Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.
“Consolad, consolad a mi pueblo” proclama el profeta Isaías. En los sondeos periódicos que acostumbran llevar a cabo bastantes países con el fin de conocer el grado de felicidad de sus ciudadanos, suelen dar un porcentaje elevado: en torno al 80 por ciento se siente suficientemente satisfecho. En cambio Jesús, ante la imagen que le ofrecen sus seguidores, se duele “siento compasión de la gente”. Claro que tenía delante el público que comió de la multiplicación de los panes. Uno de los objetivos de la presencia de Jesús es transmitir consuelo, llevar consuelo.
Leía el domingo pasado en la prensa un artículo sobre la necesidad que tanto los lectores como los escritores tenemos que adquirir una cultura religiosa. De lo contrario estamos incapacitados para entender la realidad social. Sucede que a nosotros nos acompaña una cultura superficial. Nos urge acuñar una cultura profunda, que llegue, que toque el corazón. El siguiente ejemplo nos lo explica sobradamente. “Los políticos catalanes que están en la cárcel “pasan por un calvario”, a la espera de una solución salomónica” del Supremo. Pero confían que al final “David triunfará sobre Goliat”. Otros creen que “quien siembra vientos, siembra tempestades” y que “antes que el gallo cante” habrán cambiado de opiniónIncluso ironizan de quienes “lloran como una Magdalena”. Los más puros buscan “un chivo expiatorio” y acusan de “venderse por unas monedas de plata como Judas”. Y podría continuar.
Señor, has venido para despertar la ilusión. Has venido para invitarnos a la paz. Has venido para que descubramos el amor. Has venido para decirnos que cuentas con nosotros.

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