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07 agosto 2017

Lunes XVIII de Tiempo Ordinario

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Hoy es 7 de agosto, lunes de la XVIII semana de Tiempo Ordinario.
Gracias Señor por este día nuevo que me has dado. Por poder compartir contigo este rato, un día más. Por poder hablarte y contarte de mi vida. Por poder abrir mi corazón a ti y a tu palabra y dejar que ella me vaya haciendo a tu modo y manera. Gracias Señor, por estar aquí y ahora conmigo.
La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 17, 1-9):
Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.
Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.

Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.
Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.
Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.
A lo largo de tu historia de fe, seguro que ha habido momentos y experiencias en las que el Señor ha obrado contigo como con estos discípulos suyos. Te ha llevado a parte y transfigurándose te ha mostrado su propio rostro de amor, de cercanía, de paz. Haz memoria de alguno de esos momentos y dale gracias porque ellos son los que sostienen y orientan la búsqueda diaria de Dios.
Todo encuentro inmediato y verdadero con Dios, tiene que dejar sus huellas y efectos en la vida. El bajar de la montaña o del encuentro inmediato con Dios a las cosas de todos los días, debería estar marcado cuando menos por la alegría, por la entrega, por la dedicación con que hacemos todo. ¿Cuál es en tu caso el rastro que ese encuentro personal con Dios va dejando en tu manera de vivir?
Toda nuestra oración no tendría que ser más que despabilar el oído y abrirlo enteramente a Dios y a eso que él quiera de nosotros cada día. Por eso al leer nuevamente el evangelio, detente en estas palabras: Este es mi hijo querido, mi predilecto, ¡escuchadle! Abre tu oído y tu corazón al Señor y escúchale. Él siempre tiene algo que decirte en su mirada o en su palabra. Deja que él te hable.
Gracias Señor por este rato. También yo puedo afirmar lo mismo que los discípulos: ¡Qué bien se está aquí contigo! ¡Qué bien se está en tu compañía! Y aunque los problemas o tareas no se solucionan mágicamente, salgo de estos encuentros más decidido, más lúcido y confortado para afrontarlos en su realidad y dificultad. Por eso quiero darte infinitas gracias.
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p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.