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08 agosto 2017

Domingo 13 agosto: Homilías


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1.- JESÚS NO ES UN FANTASMA

Por Gabriel González del Estal

1.- Se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. La situación en la que se encontraban los apóstoles, en la travesía del lago, era una situación comprometida. Estaban “muy lejos de la tierra”, la barca “estaba siendo sacudida por las olas” y “el viento era contrario”. En esta situación, en la tenue luz de la madrugada, no era difícil ver fantasmas. Dicen los entendidos en Biblia que, cuando Mateo escribe este relato, la comunidad de la Iglesia en la que él vivía estaba pasando por momentos de desconcierto y desánimo. Arreciaban las persecuciones, muchos cristianos estaban nerviosos y desconcertados porque la segunda venida del Señor no acababa de llegar y, en consecuencia, la fe primera, fuerte y vigorosa, se estaba debilitando y muriendo. Mateo ve en esta situación de la Iglesia de su tiempo mucho parecido con lo que les pasó a los discípulos en aquella famosa madrugada, después de la multiplicación de los panes. También nosotros podemos pensar que la situación en la que se encontraba la primitiva Iglesia, cuando Mateo escribe su evangelio, no es muy distinta de la situación en la que se encuentra nuestra Iglesia de hoy. El mar en el que navega hoy nuestra iglesia es un mar hostil y los vientos que hoy soplan más fuertes en nuestra sociedad son vientos que intentan hundir la barca de nuestra fe. En estas circunstancias es fácil entender que muchos cristianos se sientan tentados a pensar que Jesús es ya sólo un fantasma, un cuerpo sin vida que flota en el aire de nuestra débil creencia y que sirve ya más para asustar y amedrentar, que para consolar y dar ánimo. Por eso, debemos seguir leyendo el relato evangélico y escuchar con atención lo que Jesús dice a los discípulos.


2.- ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Jesús no nos dice hoy esto a través de los grandes medios de comunicación, ni en los usos y costumbres de la sociedad en la que hoy vivimos. Pero sigue diciéndonoslo a través de muchísimos cristianos santos y comprometidos que, con su ejemplo y con su palabra, han sabido y saben hacer frente a las dificultades externas en las que les ha tocado y les toca vivir. Juan Pablo II, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer, son sólo unos nombres muy conocidos entre los miles de cristianos valientes que, en medio de dificultades tremendas, han sabido y saben mantener firme el testimonio de su fe. Es necesario que hoy todos los cristianos proclamemos con valentía nuestra fe, no una fe en fantasmas y en dioses tonítruos y amenazadores, sino en el único Dios verdadero que se manifestó y se encarnó en Jesús de Nazaret, un Dios santo y cercano, pródigo en misericordia y en amor. Este Dios es el que nos dice: ¡ánimo, yo estoy con vosotros y entre vosotros, no tengáis miedo!

3.- Subió al monte a solas para orar. Nadie nos va a quitar el miedo exterior, si antes no arrancamos cada uno de nosotros el miedo interior que paraliza nuestro corazón. Y esto sólo lo vamos a conseguir mediante la oración y la meditación serena y silenciosa, apartados del ruido exterior y de los vientos sociales que quieren hundir la siempre frágil barca de nuestra fe. Con humildad y con valentía pidamos todos los días a Dios, en el silencio de nuestro santuario interior, que nos salve. Comprobaremos que, en cuanto Jesús comience a dirigir él nuestra barca, amainará el viento.

2.- DESCUBRIR LA PRESENCIA DE JESÚS

Por José María Martín, OSA

1- Jesús necesita orar. Imaginamos a Jesús agotado físicamente después de haber saciado el hambre de la gente y de haberse despedido de todos. Los discípulos se han ido a pescar, pero El necesita retirarse a solas para orar. Si el mismo Jesús necesita orar, ¡cuánto más nosotros! La barca de los discípulos se deja llevar sin rumbo por el viento. Así es nuestra vida muchas veces: caminamos sin rumbo, arrastrados por nuestras pasiones, sin un objetivo fijo, sin fuerzas para enderezar nuestra vida. Pero Jesús acude en su ayuda caminando sobre las aguas. Es un signo de su divinidad y los discípulos se asustaron, "se turbaron" como María cuando recibió el anuncio del ángel ante el misterio de Dios que se le había revelado. Pedro y los doce quedaron turbados ante la verdad de Jesús que se estaba manifestando. Jesús les da ánimo, su identidad, "soy yo", da confianza al hombre que se debate siempre en el temor, la angustia, la desesperación o el vacío.

2 – “¡Señor, sálvame!". Pedro se quiere hacer el valiente y quiere poner a prueba sus propias fuerzas. Pero le entró miedo, comenzó a hundirse y suplicó "¡Señor, sálvame!". Intuyó el poder de Jesús y por eso se dirige a El caminando sobre las aguas, pero luego piensa en las dificultades y los problemas y esto le provoca el hundimiento. Esto le ocurre por dejar de mirar a Jesús y poner los ojos en otro sitio. El conocimiento de nosotros mismos, de nuestras miserias y oscuridades nos desconcierta, sólo la fe en Jesús nos ayuda a caminar. No nos conocemos suficientemente, nos da miedo bajar a lo profundo de nosotros mismos. Pedro era un hombre impulsivo, terco y primario, pero generoso y por eso se lanza fácilmente sin tener en cuenta los obstáculos. Pedro es uno de los que gritan por el fantasma, después pasa a una actitud petulante y atrevida, pero después se angustia al ver su propia realidad. Sólo la fe en Jesús sostiene su vida, por eso exclama con todos: "Realmente eres Hijo de Dios".

3. - ¿Cómo encontrarnos con Jesús? Es aleccionadora en este sentido la lectura del Libro primero de los Reyes: el profeta Elías en su huida de la pérfida reina Jezabel se metió en una cueva del monte Horeb. Recibió el anuncio de que el Señor iba a pasar. Pero no le vio en el huracán, ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, el Señor vino con la brisa tenue. Es imposible descubrir a Dios en el ruido, en el jaleo, cuando estamos fuera de nosotros mismos. Es verdad que Dios está en todos los sitios, pero es imposible percibirle si no profundizamos en nosotros mismos. Es dentro de nuestro santuario interior donde podemos darnos cuenta de su presencia. Ahora tenemos más tiempo para el descanso, para el encuentro con nosotros mismos. La Palabra de Dios de cada día o un buen libro de meditación nos pueden ayudan a descubrir el gran tesoro de Dios que todos llevamos dentro. Y no olvidemos que un lugar privilegiado para el encuentro con Dios es el hermano que sufre, que está solo, al que nadie quiere. ¡Descúbrelo!

5.- ACUDAMOS COMO PEDRO AL SEÑOR.

Por Antonio García-Moreno

1.- SILENCIO.- El libro primero de los Reyes recoge uno de los peores momentos de la vida del profeta Elías. La reina pagana Jezabel le persigue con saña inaudita, queriendo vengarse a toda costa de ese hombre que ha vencido a los seudoprofetas del dios Baal. Elías, atemorizado, emprende la ruta del desierto, se esconde en el monte, como un fugitivo al que están a punto de darle alcance sus perseguidores. Y al llegar al monte Horeb, se refugia en una cueva, buscando en la soledad la cercanía de Dios.

Elías comprende que sólo del Señor le puede venir el consuelo para su amargura; sólo en él puede encontrar la fortaleza necesaria para seguir caminando cuesta arriba. Por eso huye de los hombres y se interna en el misterio recóndito de la intimidad de Dios. Y Dios le espera ahí, en esa soledad serena. Como te espera a ti que, quizás, no acabes de refugiarte en Él... Buscar a Dios, hasta encontrarle en la soledad de nuestra habitación, en la lejanía de la montaña, o en la cercanía del río, en la compañía de sólo árboles, sol y agua. Buscar a Dios, llegar hasta él, acudir cada día, por unos momentos al menos, a esa cita, siempre abierta, de este Jesús Señor nuestro que siempre aguarda nuestra llegada.

Elías espera la llegada de Dios, sumergido en el silencio de la montaña. Y de pronto el viento se levanta violento, un huracán que hace crujir las rocas. Pero allí no estaba Dios. Luego la tierra comienza a temblar y a resquebrajarse en profundas grietas. Y tampoco en el terremoto estaba Dios. Apenas se calla el rugido de la tierra, cuando comienzan a crepitar en llamas los árboles de la ladera. Pero tampoco en el fuego estaba Dios.

Es una brisa tenue, un susurro de las ramas, un silencio apenas roto. Y Elías se postra en tierra, consternado y exultante al sentir la cercanía de Dios... De siempre el espíritu del hombre ha necesitado el silencio para escuchar la voz de Dios. En efecto, el silencio no es sólo un sedante para los nervios y un reposo para nuestras facultades psíquicas, es también el clima habitual donde Dios se nos comunica. Aunque a veces es posible que la voz del Señor nos llegue en medio del fragor de la vida corriente. Pero de ordinario, y Dios así lo quiere, hay que buscarlo en la soledad, en el silencio de una iglesia, en la calma del amanecer, en la tarde serena y callada. Junto al río, en la montaña, cara al cielo, en el silencio.

2.- ¡SEÑOR, SÁLVAME! - Jesús se nos muestra con frecuencia recogido en oración. Él que venía a enseñar a los hombres estando en medio de ellos, se retiraba a menudo para estar a solas con el Padre. Ese gesto ya era un modo claro de enseñarnos que hemos de retirarnos a la soledad para hablar con nuestro Padre.

Se ha dicho, y es verdad, que la oración es como el respirar del alma. En efecto, es imposible vivir una vida interior seria, de íntima unión con Dios, si no se hace mucha oración. Por otra parte, y dicho de otra manera, es imposible alcanzar la perfección cristiana sin hacer oración. Quizás por eso hay pocos santos, porque no hay muchos que hagan oración.

La oración es descanso del alma, fortaleza del espíritu, serenidad y confianza en medio de las más arduas dificultades. Orar es acercarse a Dios, hablarle, comunicarse con Él. De ahí que la oración levante el ánimo y alegre el corazón, ilumine nuestro camino y nos capacite para recorrerlo.

El texto nos narra también que los apóstoles bogaban en medio del mar encrespado, que el viento y las aguas estaban a punto de hundirles la barca. En aquella noche cerrada, las olas se agitaban y los vientos les eran contrarios. Jesús se les acerca entonces. Atónitos contemplan cómo anda sobre las aguas. Es un fantasma, gritan aterrados. Pero el Señor exclama: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Fueron unos momentos que luego han pasado a ser un símbolo para todos los que se encuentran en medio de un peligro similar, esos momentos en los que parece que todo está perdido y nos hundimos en medio de la oscuridad que nos rodea. Entonces hemos de escuchar cómo también a nosotros nos dice que no tengamos miedo. Sí, el Señor está siempre cerca y nos anima.

Pedro, como tantas veces, intervino de modo un tanto atrevido. Y se pone a caminar sobre las aguas, hacia Jesús que le espera. Se sostiene por unos momentos, pero de pronto duda y comienza a hundirse. ¡Señor, sálvame!, grita asustado... Qué poca fe. Como tú y yo tantas veces. Pero no importa, acudamos como Pedro al Señor. También a nosotros nos tomará de la mano cuando todo parezca perdido y nos salvará.

1.- ¿TIENES MIEDO? ¡REZA!

Por Javier Leoz

Las Hermanas de Teresa de Calcuta se quejaban a su madre fundadora de que no llegaban, con su esfuerzo, en la atención a los enfermos y moribundos. ¿Qué hacemos, madre? Y, Teresa de Calcuta respondió: “una hora más de adoración al Santísimo”.

1. Había quedado atrás aquel milagro espectacular de la multiplicación de los panes y de los peces. Los discípulos, sin pensárselo dos veces, subieron a la barca invitados por Jesús. Con aquel Señor que cumplía lo que decía, que multiplicaba a miles, panes y peces, merecía la pena ser seguido y obedecido.

Pero, como en las películas, en el seguimiento a Jesús hay escenas de miedo. Momentos donde parece detenerse la felicidad. Instantes que uno quisiera pasar rápidamente para llegar al final cuanto antes.

Los discípulos se embarcaron en aquella aventura que Jesús les sugirió. Pronto nacieron las dificultades. Las aguas turbulentas, el mar violento les hizo comer su propia realidad: seguir a Jesús no implica vivir al margen de las pruebas, de los sufrimientos o de los temores. Eso sí, vivir con Jesús, aporta la fortaleza y serenidad necesarias para seguir adelante y para que nunca, las zancadillas, sean mayores que nuestra capacidad para sortearlas.

2. Uno, cuando es creyente convencido (no solo bautizado) pone sus afanes no solamente en la exclusividad de sus fuerzas y carismas. Jesús, aun siendo Hijo de Dios, necesitaba de ese “tú a tú” de la oración. Escogía espacio y tiempo, lugares y silencio para un coloquio con Dios.

A Jesús, en su experiencia de Getsemaní, se le diluyeron los miedos y las ganas de renunciar a su misión, por el contacto íntimo con Dios. ¿No será que nuestras fragilidades y cobardías son fruto de nuestra deficitaria comunión o comunicación con el Señor?

¡No tengáis miedo! Nos dice el Señor en este domingo. En pleno verano y con un sol de justicia, buscamos sombrillas y lociones que nos hagan más llevadero el tórrido calor. Tenemos miedo a quemarnos y miedo al dolor. La fe, cuando está sólidamente fundamentada y enganchada en Jesús, es la mejor sombrilla y la mejor loción que podemos utilizar para evitar quemaduras en el alma y sonrojo en el rostro.

Estamos en unos tiempos donde hemos de saber contemplar la presencia de un Dios que nos está tensando un poco. Que está purificando nuestro discipulado. Nuestra pertenencia a su pueblo.

Hoy, como Pedro, gritamos aquello de ¡Señor, sálvame! Dejemos un margen de confianza al Señor. Lancémonos a las aguas de nuestro mundo sin miedo a ser engullidos por ellas. Si, el Señor va por delante, tenemos las de ganar. Él es el dueño de la barca. El sentido de nuestra historia. El fin de nuestra oración y de nuestra entrega. En el silencio aparente, en la ausencia dolorosa es donde hemos de aprender a buscar y a ver el rostro del Señor que, un domingo más y en pleno verano, nos grita: ¡Animo soy yo, no tengáis miedo!

3.- TENGO MIEDO, SEÑOR

A que tu barca, la barca de  tu Iglesia,

me lleva a horizontes  desconocidos

A que, tu Palabra, veraz y  nítida

deje al descubierto el  “pedro”

que habita en mis entrañas.



TENGO  MIEDO, SEÑOR

De caminar sobre las aguas  de la fe

De nadar contracorriente

De mirarte y estremecerme

De hundirme en mis miserias

y en mis tribulaciones

en mi falta de confianza

y… de mis exigencias  contigo.



TENGO  MIEDO, SEÑOR

De que me vean avanzando

en medio de las olas del  mundo

con las velas desplegadas de  la fe

Que me divisen, de cerca o  de lejos,

navegando en dirección hacia  Ti



TENGO  MIEDO, SEÑOR

De que, en las dificultades,

no respondas como yo  quisiera

Que, en las tormentas, 

no me rescates a tiempo

Que, en la lluvia  torrencial,

no acudas en mi socorro.

Por eso, porque tengo miedo,  Señor,

mírame de frente, de costado  y de lado

para que, en mis temores,

Tú seas el Señor

El Señor que venga en mi  rescate.

Amén

5.- ESPEREMOS A DIOS EN CALMA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Elías esperaba a Dios como una fuerza magnificente y terrible y llega como un susurro. Los Apóstoles --a bordo de la barca de Pedro: la Iglesia-- creen que se van a hundir, pero en seguida llega la calma. Esto nos debe enseñar que Dios está más presente en la serenidad de nuestra calma interior, que en los hechos agitados de la vida. Pero en esos tiempos duros no podemos olvidar a Dios: Él va a llegar, precisamente, cuando más le necesitemos. Pero deberíamos entender que Dios es normalidad, es quietud, es paz. Su poder es evidente y podría presentársenos como algo terrible y tonante. Jesús aparece transfigurado, junto a Moisés y a Elías. Pero, El conoce a sus criaturas y sabe que partir las aguas del Mar Rojo solo es para algunas ocasiones de indudable importancia o gravedad. La enseñanza del Evangelio que acabamos de escuchar es esa. Porque Dios, Nuestro Señor, está en los hechos cotidianos, en los pucheros de Santa Teresa, en nuestro lugar de trabajo, en el hogar junto a la paz amorosa de la vida familiar. Sin embargo, no debemos limitar el poder de Dios. Jesús camina sobre las aguas en medio de la tempestad para que los discípulos no duden de su poder divino. Y si nos fiamos de Él, seremos capaces de lo extraordinario, de lo inexplicable. Pero nuestra condición humana pesa y nos hunde. Pedro no es capaz de caminar sobre las aguas. Y eso es más que normal. Las tribulaciones, los miedos, las ausencias de fe, siempre estarán en nosotros. Y así, cuando nos hundimos, si invocamos al Señor Él nos salvará. Luego llegará la calma y el cambio de la tribulación a la paz nos va a hacer exclamar, como a los Apóstoles que "realmente eres Hijo de Dios".

2.- Pedro nos da otra lección cuando dice: "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua". Podemos encontrarnos en nuestra vida con momentos, incluso de fuerte contenido espiritual que necesitemos pedir al Señor Jesús que nos ayude a conocer si está en lo que nos llega. San Ignacio de Loyola, cuya fiesta celebramos la semana pasada, habla en sus ejercicios en discernir los espíritus y en los engaños del maligno convertido en ángel de luz. Por ello habrá momentos en los que nuestra oración deberá dirigirse, como la de Pedro, con la expresión de "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti" y podremos reconocerle, como Elías, en el susurro, en la quietud y paz de nuestro espíritu.

3.- Este episodio de Elías, en el Horeb, en el Monte de Dios, que espera, por indicación de Dios, su llegada, nos muestra la necesidad de discernir constantemente respecto a los sucedidos que ocurren a nuestro alrededor. Tenemos la necesidad de comprender cuales son --y como son-- los designios del Señor. Y a veces nosotros nos hemos hecho idea de un Dios inaccesible, fuerte, poderoso, que ejerce su poder con gran aparato y espectáculo. "Vino un huracán –leemos en el Libro Primero de los Reyes—tan violento que descuajaba los montes y hacia trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego". Elías no encuentra allí al Señor. Espera y soporta la inclemencia con fe. Así pueden ser algunos momentos de nuestra vida: terribles y portadores de dificultad y de temor. Hay que saber esperar y entender, con la ayuda de Dios. "Después --sigue el relato bíblico-- del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva". Elías ha reconocido a Dios y se comporta con debe hacerlo en su presencia: tapa su rostro y espera su gracia. Los Apóstoles iban a vivir un suceso parecido. Él no era la tormenta, pero tiene poder sobre ella e instantáneamente llega la calma. Ahí debe estar nuestra esperanza: en la paz que el Señor nos va a dar si le invocamos en tiempo de peligro o de tribulación. Es más que obvio que todo esto puede aplicarse a los hechos cotidianos de nuestro tiempo, los cuales, a veces, se presentan con una dureza y violencia extraordinarias. Esperemos, pues, la paz y la calma de Dios. Pidámoslas a Nuestro Señor Jesucristo.

 4.- El fragmento de la Carta a los Romanos que acabamos de escuchar plantea uno de los hechos más sorprendentes de la historia humana. ¿Por qué los integrantes del pueblo elegido se opusieron totalmente a la acción salvadora de Cristo? Con ello se modificó la forma de la Redención y el género humano en lugar de obtener su salvación de manera inmediata tuvieron que iniciar un largo peregrinaje. Es verdad que la negativa judía a aceptar a Jesús como Salvador nos hizo a todos nosotros --que si confiamos en la salvación de Jesús-- en cooperadores y continuadores de la labor de Cristo hasta la consumación de los siglos. Pero el hecho de esa negativa histórica está ahí --a nivel humano-- como un gran misterio, que de todos modos muestra la libertad plena que Dios ha dado a sus criaturas. Libertad incluso que llegaría a la negación total y a la ejecución sumaria de su Hijo. Pablo, de hecho, no se lo explica todavía y expresa su pesar ante la actitud de su pueblo. En el contexto de las otras dos lecturas de hoy, en las que Dios se nos manifiesta en paz, la Carta de Pablo es el necesario contraste muy pegado a la realidad: Dios no se hará presente a quienes le niegan constantemente y lo le invocan. No es una negativa divina a aparecer, es una locura humana a buscar la presencia de Dios donde, precisamente, no está.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

EL AMOR DE DIOS ES DELICADO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- A veces, al leer crónicas en los medios, siento no haber nacido en otra época y así gozar de situaciones que no he podido vivir. Estos días pensaba, dando gracias a Dios, que, respecto al Sinaí, lo he podido visitar en la época más oportuna y disfrutando de los mejores medios de trasporte y residencia. Me ha tocado pernoctar en un hotel de categoría en una ocasión, de inferior calidad en otra, en un refugio y al cielo raso en las otras. La segunda vez que estuve en el desierto, dormí precisamente en una grieta, en el lugar mismo donde, según la tradición y los letreros, el profeta Elías tuvo la experiencia que se cuenta en la primera lectura de la misa de este domingo. (Pese a que durante el día quemaba el sol, por la noche hacía un frío que pelaba)

2.- Nos preguntamos con frecuencia cómo debe ser Dios. Nuestra mente está demasiado ajustada a realidades humanas y a teorías propias de la cultura clásica. Queremos tener una imagen exclusivamente humana de todo bicho viviente. Bien es cierto que Jesús, el Cristo, se hizo hombre, pero la Trascendente Divinidad, no puede quedar encerrada en los volúmenes de un mamífero superior y que se me perdone lenguaje tan craso.

3.- A Elías, que desde el Carmelo se ha desplazado hasta este rincón para recibir órdenes y sentirse acompañado, la distancia que hubo de recorrer no fue inferior a 300km, no le proporcionaron imágenes humanas. Dios acudió a fenómenos naturales. En este caso, mis queridos jóvenes lectores, no es preciso que recurra yo a explicaciones geográficas. Estoy seguro de que todos vosotros habéis ido por caminos, senderos, montañas, detenido en algún valle, o descansado en un refugio. Sabéis también lo que son los fenómenos meteorológicos.

4.- A unas dos horas de subida hacia la cima del Gbel Musa, encuentra uno un plácido llano. Hasta hace muy poco tiempo, en su centro crecía un ciprés de curiosa silueta. Sé que murió, no podía vivir siempre. En las laderas, media hora antes de llegar a la cúspide, debemos imaginarnos al profeta refugiado en alguna grieta, de las que todavía se ven hoy, al abrigo de la intemperie. Por la noche hace fresco, es preciso enfundarse en un buen saco de dormir. Contrariamente, cuando sale el sol, la temperatura sube mucho.

5.- En cualquier momento, pues, pudo ocurrir la entrevista. Imagino que pudo ser al amanecer o cuando se pone el sol. Fue una experiencia importante. El Señor que le había indicado que fuera a aquel lugar, le pregunta que hace allí. Elías se sincera, le confía que se siente sólo, desamparado, que está amenazado de muerte. ¿Puede haber mayor desolación? Sal fuera y experimenta. Necesitas compañía, confiar en alguien. Te mostraré cómo soy, le dice solemnemente la voz.

6.- Sopló viento huracanado, inquieto Elías miró a su alrededor, pero allí no estaba, pese a que se sintiera sumergido en una tempestad, capaz de romper peñascos. Temblaron las montañas. Nada se mantenía en pie. Pero en el terremoto tampoco estaba Dios. Sintió cerca de sí un fuego devorador. Fuego de zarzas, que quema, que destruye. Tampoco allí estaba Dios. Se inquietaba Elías, las falsas pruebas empezaban a fatigarle. Oyó un susurro y puso atención. Sintió cabe sí una suave brisa. Se emocionó, se sonrojó, se cubrió el rostro. Algo así era Dios. Dios es caricia de mano suave femenina o infantil. Baño de agua tibia. Paz. Luz tenue. Felicidad. Este episodio está colocado litúrgicamente como introducción a la lectura del evangelio del presente domingo.

7.- Recordaréis que Jesús había multiplicado los panes y los peces. Había triunfado. No deseaba gozar vanidosamente del éxito. Quería estar sólo. Vivir quedamente su unión con el Padre. Los Apóstoles se fueron a lo suyo. Subieron a la barca y se adentraron en el mar. Cada día al atardecer sopla viento que levanta olas. Lo he experimentado yo bastantes veces. Generalmente las olas se levantan poco, pero, en algún caso, las vi elevarse más de un metro. Por pequeño que sea el lago, tal oleaje es peligroso. Hace pocos meses, varios jóvenes murieron en él ahogados. Los Apóstoles al amanecer se sentirían fatigados y muertos de miedo.

8.- Aparece el Señor y les saluda. Al principio no le reconocen. Vuelve a darse a conocer. Ellos quieren, como todo quisque, pruebas. Se las quiere dar, pero el más decidido vacila y se hunde. Grita Pedro desolado. Jesús le acerca su mano y le agarra. ¿por qué no has confiado?. Se calma la tempestad. En la suavidad del agua que se mueve sin encresparse, le reconocen y se lo confían satisfechos. En la paz y salvación descubren su divinidad.

9.- Tal vez algunos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, solicitáis pruebas de laboratorio. Comprobaciones minuciosas. Aparatosos resultados. Pero el Amor de Dios es suave como una caricia, como el contacto con el terciopelo de seda. ¿Sabéis apreciarlo? O tal vez preferís algo duro como el esparto? A Dios se le encuentra en la paz, en el silencio, en la soledad. Jesús, siempre de noche, o al amanecer, se recluía para mantener constante unión con su Padre. Debemos imitarlo.

(Os confiaba al principio de este mensaje, mis queridos jóvenes lectores, que respecto a este desierto del que os vengo hablando, me siento feliz de haber nacido cuando Dios quiso que naciera. Estas tierras hoy sufren la epidemia del terrorismo. Lo que os cuento que aprendí en mis viajes, hoy no es posible repetirlo. Lo sé por las agencias y por alguien que le tocó desplazarse para colaborar con las fuerzas de paz internacionales. Ni un informático puede vivir allí tranquilo.)