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23 abril 2017

Mientras hay vida

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Empleamos la expresión “mientras hay vida, hay esperanza”, para indicar que, por dura que sea la realidad o las circunstancias que nos toca vivir, mientras haya vida, aunque sea en una pequeña expresión, no hay que tirar la toalla, no hay que rendirse a la fatalidad. Y esta frase anima a seguir luchando por esa vida, por salir adelante, porque entendemos que merece la pena. Y esto lo hemos podido comprobar sobre todo en temas médicos, o ante catástrofes naturales: mientras hay vida, aunque sean pequeños indicios o posibilidades de vida, no se escatiman esfuerzos. Sólo se abandona cuando ya la muerte es evidente o humanamente ya no puede haber posibilidad de vida.

Es lo que hicieron María la Magdalena y la otra María cuando fueron a ver el sepulcro. Ellas habían visto morir a Jesús en la cruz, habían visto cómo colocaban su cadáver en el sepulcro. Ante esta realidad, han abandonado toda esperanza, y sólo les quedaba embalsamar el cuerpo de Jesús.
Pero ocurre lo inesperado: El ángel habló a las mujeres: ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí, ha resucitado… Venid a ver el sitio donde yacía. Y este anuncio hace renacer en ellas la esperanza: llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos.
Una esperanza que resulta contagiosa, porque aunque al anunciarlo a los discípulos éstos lo tomaron por un delirio y no las creyeron, ante ese mínimo indicio o posibilidad de que Jesús esté vivo, Pedro y el otro discípulo salieron corriendo hacia el sepulcro. Una vez allí, contemplando el sepulcro vacío, las vendas en el suelo, el sudario enrollado, empieza a renacer también la esperanza: vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.
En esta noche (en este día), con la resurrección de Jesús estamos celebrando el triunfo de la vida y, por tanto, el triunfo de la esperanza. Como hemos escuchado en el Pregón Pascual: Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? Sin la resurrección de Cristo, ¿cómo podríamos vivir con esperanza? Más aún, ¿para qué vivir, si sólo está la muerte en el horizonte?
Pero como nos ha recordado San Pablo en la Epístola (Vigilia): Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte… si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. Si humanamente somos capaces de decir que “mientras hay vida, hay esperanza”, la resurrección de Jesús nos muestra que tenemos toda la vida por delante y, por tanto, podemos mantener toda la esperanza, porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida, y en su resurrección hemos resucitado todos (Prefacio Pascual II).
Por eso, ante las dificultades, ante las cruces, no hay que dejarse llevar por el fatalismo ni rendirse. Andemos en una vida nueva, nos decía también san Pablo, sigamos luchando, sigamos buscando, sigamos adelante, porque si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Y tampoco tiene ya dominio sobre nosotros ninguna muerte, sólo toda la vida que es Cristo.
¿Creo de verdad que “mientras hay vida, hay esperanza”? ¿He vivido alguna situación con este convencimiento? ¿Alguna vez me dejo llevar por el fatalismo, la desesperanza? ¿Qué razones tengo para creer en la resurrección de Cristo? ¿Qué cambia o debería cambiar en mi vida para “andar en una vida nueva”? ¿Sé contagiar a otros la esperanza cristiana?
Son muchas las personas que, teniendo vida, no tienen esperanza. Su existencia consiste en un simple discurrir de los días, realizan su trabajo y demás actividades, quizá se encuentran con pequeñas satisfacciones, pero viven desde el fatalismo, con la certeza de que un día, en cualquier momento, les llegará el fin, y por eso no cabe esperar nada más.
Ojalá que la celebración de la Resurrección de Cristo nos haga buenos anunciadores, como lo fueron María la Magdalena y la otra María. Aunque algunos no nos tomen en serio, no nos rindamos sino demos testimonio de que por Cristo se nos han abierto las puertas de la Vida Eterna y, por tanto, es posible mantener la esperanza sean cuales sean las circunstancias de nuestra vida.