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29 abril 2017

Dejarse encontrar por el resucitado

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1.- Motivación general
La Palabra de Dios que en este tiempo pascual nos ofrece la Iglesia en la Eucaristía viene protagonizada, en sus primeras semanas, por la iniciativa de Cristo resucitado en sus apariciones a los discípulos. Y por otro lado, por esos primeros discípulos dando testimonio del resucitado al pueblo.
Tras la dura experiencia de la cruz, y la incertidumbre que crea encontrar el sepulcro vacío al tercer día, las dudas y miedos de los apóstoles se acrecientan aún más. Son esos mismos apóstoles que siguieron a Jesús tras su llamada en las orillas del lago de Genesaret, a que le acompañaron en la predicación del Reino con palabras y obras milagrosas por todas las poblaciones de la Galilea. Son los mismos que hicieron con Jesús el camino a Jerusalén, que presenciaron la oposición al Maestro por parte de las autoridades judías,… y que huyeron cuando éste fue apresado. Los mismos que solo de lejos fueron capaces de contemplar la crucifixión, y que ahora están atemorizados, escondidos, pensando que todo terminó y planteándose volver cada uno a su casa.

Será el propio Resucitado el que, por su cuenta, se hará ver de sus discípulos para convencerles de que está vivo, y que la historia no ha terminado sino que comienza de nuevo, con el anuncio de su resurrección. Será el Resucitado el que tendrá que recuperar de nuevo la confianza de los suyos, rompiendo sus miedos y sentimientos de culpabilidad. Los apóstoles tienen motivos para desconfiar y sentirse culpables: uno le ha traicionado, otro le ha negado, todos menos el discípulo amado le han abandonado en los momentos más críticos; todos le han visto morir en medio de horribles tormentos en la cruz. Por eso se encuentran escondidos para protegerse del peligro exterior, y juntos para compartir miedos e inseguridades, ensimismados en sus sentimientos.
Cristo resucitado tendrá que volver a ganárselos como discípulos suyos, como testigos de su resurrección. Tendrá que convencerles de que todo comienza ahora. En todos los relatos evangélicos de apariciones, siempre es el Resucitado el que se presenta delante de sus discípulos o el grupo de los apóstoles, ante su sorpresa. Les desea la paz, les pide que no tengan miedo, les da pruebas de que está vivo… y les envía ser sus testigos. Y les dice: “Id a Galilea: allí me veréis”.
Aquella Galilea que fue el escenario de la primera llamada, de la primera misión entre las ovejas descarriadas de Israel, es ahora el mismo escenario de la presencia del resucitado entre esos mismos discípulos. Ahora ellos son objeto de una nueva llamada a recobrar la confianza en él y a “apacentar sus ovejas” (Jn 21, 15-17). Y a ser sus testigos, ya no solo por Galilea, sino por todo el mundo (Mt 28, 19-20; Mc 16, 15; Lc 24, 46-47; Jn 20, 21; Hch 1, 8).
A nosotros también nos puede suceder que a lo largo transcurso de nuestra vida religiosa, con sus acontecimientos y contratiempos, se nos pueda acumular cierta desconfianza y sentido de culpabilidad en nuestra condición de discípulos del Señor y testigos suyos. Puede que de alguna manera seamos más discípulos del crucificado que del Resucitado, sin llegar a reconocerlos como la misma persona. Que nuestros miedos e inercias nos pidan más recrearnos en un sepulcro vacío que en un Señor vivo que hace camino con nosotros reprochándonos nuestra incredulidad. Y que necesitemos una vez más que el Señor resucitado rompa nuestras inercias, nos convenza de nuevo que sigue vivo y que sigue contando con nosotros para ser testigo de su resurrección. Que necesitamos encontrarnos de forma renovada con Él en esa Galilea de la primera llamada, del primer entusiasmo vocacional. Y allí, alimentar de nuevo la llamada a seguir siendo sus testigos, a seguir siendo y dando Vida.
En este sencillo tema de Retiro, se nos invita a reflexionar sobre estas realidades descritas, sintiéndonos destinatarios de algunas de esas apariciones del Resucitado. Y desde ellas, renovar nuestra experiencia de encuentro con Dios en Cristo. Y desde ahí, nuestra entrega apostólica a la causa del Reino entre los jóvenes. A salir de la comodidad autojustificativa de nuestros miedos. A romper nuestras dinámicas de huida de la realidad, de ensimismamiento en nuestras oscuridades. A abrirnos a la luz de la resurrección que entra a raudales por las ventanas de nuestra alma, y deslumbra nuestros ojos con la urgencia de la misión salvadora por todo el mundo.

2.- Los encuentros con el Resucitado
Estamos invitados a recorrer algunos pasajes evangélicos de Lucas y Juan que presentan apariciones del Señor resucitado. En todos ellos, la iniciativa parte del Resucitado, que quiere volver a recuperar, a ganarse para la causa del Reino, a todos los que le conocieron y siguieron: la Magdalena, los de Emaús, Pedro, el grupo de los discípulos. Es siempre el Señor quien quiere convencernos de que sigue contando con nosotros. Quiere romper nuestras inseguridades y miedos, nuestras perezas y rutinas, nuestras búsquedas equivocadas de su presencia y su voluntad.

2.1.- De Lc 24, 13-35:
“Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió»”.
Todos sabemos cómo termina el episodio. Pero queremos fijarnos en la última expresión que recoge el texto: “Nosotros esperábamos… pero…”. Los discípulos de Emaús no reconocen al Resucitado caminando a su lado, porque lo que ha sucedido (la muerte en cruz del supuesto Mesías) no responde a sus expectativas: “Nosotros esperábamos que las cosas fueran de otro modo…” Ellos esperaban el Mesías triunfador y glorioso del que hablaba su religión, y sus ojos están cerrados a reconocer que el triunfo de la vida pasa por el anonadamiento y la muerte.
Hoy es muy complicado anunciar el mensaje de la cruz, del sufrimiento, el dolor y la propia abnegación, como camino de felicidad y de vida. Vivimos en la sociedad del bienestar y la comodidad. Nosotros también, aún dentro de la vida religiosa, participamos, aunque sea inconscientemente, de esta ideología y esta práctica vital. Nos cuesta aceptar la experiencia del sufrimiento, el dolor y el fracaso personal como cauces de una vida nueva, como semillas de resurrección. Llevamos mal las incomodidades e incomprensiones, y no queremos usar las gafas de la fe para leer los renglones torcidos con que Dios escribe derecho en nuestra vida, en la de nuestras comunidades, en la vida de los jóvenes y familias de nuestra obra.
La dinámica de todo un Dios que se hace uno de nosotros y se rebaja hasta someterse incluso a la muerte, y muerte de cruz (Cfr. Flp 2, 7-8), la aceptamos mentalmente con facilidad, pero no en sus consecuencias ordinarias. Y en la práctica, cuando llegan esas experiencias variadas de cruz, al igual que los de Emaús, comentamos: “Vaya, nosotros pensábamos que las cosas iban a ser de otro modo…”
¿En qué medida no seguimos los caminos de Dios, sino nuestros caminos? ¿En qué medida leemos desde la fe en el Resucitado los contratiempos, sufrimientos, incomprensiones,… que acontecen en nuestra vida? ¿Seguimos la lógica del “nosotros esperábamos que…”?

2.2.- De Lc 24, 36-48:
“Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”.
Jesús resucitado se aparece a sus apóstoles, que estaban llenos de miedo, con las puertas y ventanas cerradas. El Resucitado se empeña en traspasar esas puertas, ventanas y paredes, para hacerse presente en medio de ellos. Y aun así, tienen miedo, no le reconocen… o no quieren terminar de creérselo. Jesús tiene que emplearse a fondo para vencer sus resistencias: enseñar las señales de las heridas en manos y pies, dejar que le toquen para comprobar que es alguien de carne y hueso, y no un fantasma bajo una sábana… ¡incluso comer delante de ellos un trozo de pescado! ¿Qué más puede hacer para que realmente le vean y crean vivo y resucitado?
También nosotros solemos estar ensimismados en nosotros mismos, en nuestros miedos y problemas: lo que nos pasa, lo que nos duele, lo que sentimos… Nos parece que lo que nos sucede es lo más grave que existe, que bastante tenemos con lo que nos pasa. Y no miramos a nuestro alrededor, a nuestros hermanos, al mundo que nos rodea. No nos abrimos a la presencia de Dios en ellos, en nuestro entorno. Quizá solo tenemos ojos para nosotros mismos, nuestros proyectos, objetivos, maneras de ver o de hacer las cosas… o nuestras enfermedades y limitaciones. Quizá nuestra propia oración es cavilación sobre lo que tenemos entre manos y nos preocupa,… ¡y no dejamos que el Señor nos alce la vista, nos deje tocar su humanidad resucitada, nos pida compartir nuestra mesa!
El miedo y el ensimismamiento en el propio yo no deja puertas ni ventanas abiertas a Dios. O quizá este miedo sea la excusa de la comodidad en la que vivimos, muy ocupados y preocupados en nuestras pequeñas necesidades, como si los problemas del mundo se redujeran a nuestro entorno más cercano. Quizá esa comodidad en la que vivimos, muy ocupados en no hacer nada, es la que nos provoca el miedo a que Dios invada nuestra vida, a que Jesús resucitado rompa nuestras inseguridades, y nos pida algo más.
Nuestros miedos, rutinas, ensimismamientos,… ¿nos cierran a la novedad de lo que el Señor resucitado nos pueda pedir? ¿Cómo es nuestra oración personal? ¿Damos vueltas a nuestro pequeño mundo de necesidades, o miramos al Señor, que se nos muestra vivo, resucitado, compartiendo nuestra mesa e invitándonos a salir de nosotros mismos?

2.3.- De Jn 20, 11-18:
“Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto»”.
La Magdalena no encuentra a Jesús, porque está encerrada en el pasado. Busca a Jesús muerto en la cruz, busca el cadáver de Jesús allí donde le dejaron unos días antes. Responde a la pregunta de los ángeles con una inquietud: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Y encuentra de los ángeles, por toda respuesta, por toda explicación… el silencio. La respuesta no está en el sepulcro vacío, no está en la mirada atrás, no está en el viernes santo. Se tendrá que volver y ver a Jesús, al que solo reconocerá como el Señor resucitado cuando éste la llame por su nombre.
El Resucitado no se deja atar a ninguna circunstancia, tiempo o lugar. Dios no se ata en nuestra vida a ninguna de nuestras circunstancias pasadas, por muy gloriosas que sean. Dios no se deja encontrar necesariamente allí donde antes lo encontrábamos, y donde solo hay ahora un cadáver… o un sepulcro vacío. O nos volvemos, como María, o no le reconoceremos. O dejamos de preguntarnos una y otra vez dónde está ese Señor que un día vimos vivo y después sepultado… o no lo descubriremos.
Quizá con demasiada frecuencia solemos evocar episodios y aconteceres de nuestra vida salesiana pasada. Muchas veces lo hacemos porque se trata de anécdotas curiosas, que crean buen ambiente. Otras veces con cierta nostalgia de lo que fuimos e hicimos, y de lo que ahora ya no somos o hacemos. Mirando ese sepulcro vacío sin encontrar respuesta de por qué sentimos nostalgia de cualquier tiempo pasado. Pocas veces quizá descubriendo y agradeciendo la acción del Señor por nuestro medio.
¿Vives anclado en el pasado, buscando a Dios donde no está? ¿Has renunciado a seguir buscando a Dios donde él, resucitado, te espera y te vuelve a llamar? Intenta, en clima de oración, sentir de nuevo al Señor resucitado que, como en el día de tu primera profesión religiosa, te llamó por tu nombre, y tú le descubriste y respondiste con la entrega de tu vida.

2.4.- De Jn 20, 19-30:
“Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto»”.
Una semana antes, los discípulos han recibido la visita del Señor resucitado y le han reconocido vivo. Ellos dan testimonio de ello a Tomás, que en ese momento no estaba presente. Pero este no reconoce a partir del testimonio de ellos que el Señor esté vivo. Se fía más de su lógica, la así llamada lógica de los hechos, que de la experiencia vivida y vívida de sus compañeros. Tomás no encuentra al Resucitado porque no se fía de sus hermanos: “¿Qué película me contáis? Yo le he visto muerto y bien muerto”. Es el más listo de la clase, nadie le va a enseñar o hacer descubrir nada. Le asiste la razón, los datos de realidad, para no dar su brazo a torcer. Será el Resucitado quien tenga que imponérsele casi por la fuerza.
Quizá Tomás, como también nosotros a veces, buscaba a un dios que no existe. A un dios razonable, un dios a la medida de nuestras posibilidades y entendederas. Un dios que se ajuste a la medida de nuestras fuerzas. Quizá nos fiamos más de nuestras propias fuerzas que de la fuerza del Resucitado en nuestra vida. Pensamos que lograr las metas que nos proponemos, tanto personal como institucionalmente, depende de nuestro esfuerzo, de nuestro voluntarismo. Por eso, no podemos dejar nada a la improvisación, no admitimos de hecho la presencia del Dios Providente en nuestra vida. Y es que no podemos arriesgar. Tenemos que tener, como Tomás, las cosas claras, los cabos bien atados, poder meter el dedo en la llaga y la mano en el costado, para tener la garantía de que todo saldrá bien. Y no nos abrimos a la sorpresa de la presencia de Dios en nuestra vida, no nos abrimos a la bienaventuranza de la fe, del creer sin ver, del admitir el testimonio de nuestros hermanos.
¿En qué medida predomina en nuestra vida el voluntarismo prometeico de querer hacer todo en la medida de nuestras fuerzas? ¿En qué medida, personal e institucionalmente, reducimos la misión educativo-pastoral a pura programación y realización de actividades? ¿Dejamos hueco a la fe en la presencia del Resucitado?

2.5.- De Jn 21, 1-17:
“Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos (…) Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas»”.
En el evangelio de Juan, Jesús resucitado se había aparecido a María Magdalena, quien dio testimonio a los discípulos. Después al grupo de discípulos sin Tomás; y luego una semana después con Tomás. Aún con todo, al comienzo del capítulo 21, encontramos a los discípulos juntos, pero en su ambiente natural anterior a haber conocido a Jesús: a las orillas del lago de Genesaret, recuperando la barca y las redes que habían abandonado cuando Jesús, un tiempo atrás, les propuso ser pescadores de hombres (Cfr. Mc 1, 16-18).
Es Pedro el que parece haber olvidado haber visto vivo a Jesús, y por eso invita a sus compañeros a volver al oficio de la pesca, ignorando la Pascua. Y ahí es cuando sucede la tercera aparición del Resucitado, con esa pesca milagrosa con la que también inició su llamada a esos mismos discípulos (Cfr. Lc 5, 1-11). Es Pedro el que, tras reconocer a Jesús resucitado de nuevo, se llena de sorpresa y alegría y se tira al agua para ir a recibirlo a la orilla del lago.
Ese entusiasmo inicial de Pedro se va poco a poco apagando, al mismo tiempo que las brasas en las que el Resucitado ha preparado un poco de pescado asado a sus antiguos discípulos, ahora recuperados. Aunque no quiere, Pedro no puede dejar de acordarse de que ha traicionado a Jesús negándole tres veces, y que no va a ser digno de su amistad en adelante, que ya no hay vuelta atrás. Está obsesionado por su culpa: “¿Cómo pude hacer lo que hice aquella noche? Le negué tres veces. Es imposible que pueda volver a perdonarme…” Es Jesús el que por tres veces, tiene que sacarle de ese círculo cómodo y vicioso. Le invita a recobrar su amistad, a dejar de lamentarse… ¡y a asumir la tarea!: “Ya vale, Pedro, deja de compadecerte a ti mismo, déjate querer… y déjate enviar: ¡apacienta mis ovejas!”.
Puede que nos resulte más fácil y cómodo vivir en la autocompasión, en el reconocimiento de nuestros límites, en la situación de los “Yoyas” (“Yo ya no puedo, no sé; yo ya he hecho mucho, yo ya no quiero responsabilizarme más,…”) como excusa para no comprometernos. En esta situación, el Señor nos sigue solicitando su amistad, nos sigue pidiendo poder contar con nosotros, nos sigue repitiendo si le seguimos queriendo. Y a nosotros, como a Pedro, nos sobreviene la tristeza (se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez…”).
Reconocer nuestras limitaciones es un signo de humildad, pero con facilidad puede convertirse en autoculpabilización que deriva en autocomplacencia y justificación de nuestra falta de compromiso. Así, intentamos rehuir el diálogo de amistad con el Señor, porque sabemos que estando cerca de Él, poniéndonos a tiro, va a pedirnos nuestro amor de forma especial y exclusiva (“¿Me amas más que estos…?”), y en el mismo paquete por el mismo precio, nuestro compromiso (“Cuida de mis ovejas”).
¿En qué medida mis limitaciones personales (edad, salud, carácter, circunstancias pasadas sufridas,…) son una excusa para rehuir alimentar la amistad con el Señor, el diálogo sincero con Él y la búsqueda de su voluntad y de la nueva tarea que me encomienda?

3.- Para la reflexión personal
El Señor resucitado quiere recuperarnos una vez más, en esta Pascua, como discípulos suyos y testigos de su Reino.
Quiere abrir nuestros sepulcros y sacarnos de nuestros sepulcros (Cfr. Ez 37, 12). Esos sepulcros donde nos empeñamos en buscar a un Jesús que ya no está, porque ha resucitado. Esos sepulcros personales donde alimentamos nuestras rutinas, miedos, faltas de compromiso.
Quiere que volvamos a Galilea, porque allí le veremos (Cfr. Mc 16, 7), a la Galilea de aquella primera llamada, donde quisimos dejarlo todo y seguirlo para ser pescadores de hombres desde la misión salesiana. Y que reviviendo los comienzos de su llamada, lo descubramos a la orilla del lago ya resucitado. Y que aun reconociendo nuestras traiciones y limitaciones, recobremos el amor incondicional por Él y la tarea de seguir extendiendo su Reino entre los jóvenes.
Darío Mollá, SJ, Samuel Segura, SDB