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03 marzo 2017

Que nada nos aparte del seguimiento de Cristo

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1.- El pecado es una ruptura con Dios, con los otros y con nosotros mismos. Comenzamos la Cuaresma con una mirada al viejo Adán, es decir, al padre de todos los hombres, o mejor, al hombre. Esta página del Génesis es un estudio antropológico y teológico: ¿Qué es el hombre? ¿Por qué sufre el hombre? ¿Cuál es el origen del mal y del pecado? Las respuestas son profundas y hermosas, llenas de simbolismos, que son ya universales:
-El hombre es una criatura salida de las manos de Dios, que le “moldeó” de “arcilla y aliento”, pero hecho, desde luego, a su imagen y semejanza. Lo de menos es que naciera directamente de las manos de Dios o indirectamente, por vía evolutiva. Lo importante es que viene de Dios y que se parece a Dios.
-En cuanto al barro y el espíritu, son los dos componentes que explican todas las tensiones y todo el dramatismo de la naturaleza humana.
-El pecado y el mal no vienen de Dios. La raíz está en el mismo hombre, su débil libertad, y en otras fuerzas malignas envolventes y concurrentes que se ocultan bajo el símbolo de la serpiente.

-La manzana o el poder de seducción que hay en el hombre y en las cosas. El pecado no es “un error gastronómico”, sino el querer ser como Dios, el querer vivir como Dios, el querer vivir sin Dios; la autosuficiencia total: negarse a servir, negarse a morir, negarse a amar.
-Las consecuencias del pecado o el vacío profundo, la insatisfacción, el desorden interior y la ruptura del equilibrio en todas las relaciones: con Dios con los otros, con la naturaleza, consigo mismo.
2.- “Misericordia, Señor, hemos pecado”. No podemos obviar la realidad del pecado. Tenemos que hacer nuestra la súplica del salmo: “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Sólo el reconocimiento de nuestro pecado nos pone en disposición para captar la generosidad del perdón de Dios. Es el don gratuito de la amnistía que Dios nos regala a raudales. El pecado es dejarse llevar por la sinrazón. Es el engaño que nos seduce como aparece en el relato del Génesis. Sólo cuando se nos abren los ojos nos damos cuenta de que nos hemos equivocado. Porque el pecado es una traición al amor de Dios, es no ser fiel a nuestro compromiso bautismal, es alejarnos de Aquél que es nuestra vida. Por eso debemos pedir al Señor un corazón puro, renovado, transformado.
3.- La prueba nos hace más fuertes. Jesús se retiró al desierto para orar y prepararse para su misión. La experiencia del desierto nos muestra la evidencia de la fragilidad de nuestra vida de fe. El desierto es carencia y prueba, nos muestra la realidad de nuestra pobreza. Por eso tenemos miedo a entrar en nuestro interior, sentimos pavor ante el silencio. Surge la tentación, la prueba…..Sin embargo, el exponerse a una prueba es lo que hace progresar al deportista o al estudiante.
* Las tentaciones de Jesús en el desierto son las nuestras:
— El hambre, que simboliza todas las “reivindicaciones” del cuerpo.
— La necesidad de seguridad, aunque sea al precio de perjudicar al prójimo.
— La sed de poder, el temible instinto de dominación.
¿Por qué fue tentado Jesús? San Agustín nos dice que permitió ser tentado para ayudarnos a resistir al tentador: “El rey de los mártires nos presenta ejemplos de cómo hemos de combatir y de cómo ayuda misericordiosamente a los combatientes. Si el mundo te promete placer carnal, respóndele que más deleitable es Dios. Si te promete honores y dignidades temporales, respóndele que el reino de Dios es más excelso que todo. Si te promete curiosidades superfluas y condenables, respóndele que sólo la verdad de Dios no se equivoca. En todos los halagos del mundo aparecen estas tres cosas: o el placer, o la curiosidad, o la soberbia”. La diferencia entre Jesús y nosotros es que el triunfó donde nosotros sucumbimos muchas veces. Por eso, debemos apoyarnos en El para hacer esta escalada cuaresmal, para llegar a la meta transformados y venciendo toda tentación que nos aparte del seguimiento de Jesucristo.
Por José María Martín OSA