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18 marzo 2017

III Domingo de Cuaresma: La Misa del Domingo

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Domingo 3º de Cuaresma 
19 de marzo de 2017
Subrayados de la Palabra
  • 1ª lectura (Éx 17,3-7): «En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” ».
  • 2ª lectura (Rom 5,1-2.5-8): «En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».
  • Evangelio (Jn 4,5-42): «Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”».
Ecos de la Palabra para jóvenes y comunidades
  • El fragmento muestra al pueblo de Israel, caminando por el desierto, que se encuentra sin agua y protesta contra Moisés, añorando los bienes de los que gozaba en Egipto. Moisés acude al Señor, y saca para el pueblo agua de la roca.
  • El verdadero sentido lo encontraremos al final de la lectura. Israel se pregunta “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”. Esta es la pregunta del hombre y la mujer de fe.
  • El mensaje de este texto nos conduce a afirmar que la esperanza de los hijos de Dios se funda en Jesús, y su muerte y resurrección, prueba de que Dios nos ama.
  • Como el agua necesaria para la vida hay que extraerla de lo hondo de la tierra, el agua del Espíritu hay que sacarla de lo hondo de uno mismo. La mujer sabe lo que cuesta sacar agua del pozo y la insatisfacción que produce, porque tiene que venir cada día a sacarla. Se abre al don que le promete Jesús porque responde a su deseo más íntimo.
Proyecto de homilía
Jesús pasa por Samaría, “tierra de herejes”, y a la hora del bochorno se sienta a la sombra del brocal de un pozo para descansar del camino y para calmar su sed. Una mujer viene por agua y Jesús le pide de beber; de aquí surge una conversación con ella que no se queda en lo superficial de un encuentro fortuito, sino que va a lo hondo de la persona. Esta mujer llevaba una vida especial, pero Jesús no la margina: también a ella le ha de llegar la misericordia del Padre. La presencia de las mujeres como discípulas, y más aún de mujeres de vida marginal, no podía menos que causar extrañeza en los discípulos varones. Pero ellas son las que con más facilidad descubrieron que Jesús era el Mesías que había venido a revelar la misericordia.
El evangelio de Juan ha sabido darle a este recuerdo de la vida de Jesús un contenido profundo. Consideraban los judíos que Samaría se había apartado de la fe en el Dios de sus Padres, dando culto a otros dioses, que su religión era una mezcla de creencias y prácticas judaicas y supersticiones paganas. A pesar de sus tradiciones antiguas, de su viejo santuario, desconocían a Dios. En el lenguaje de los profetas, “vivía en adulterio con otras divinidades” que no eran su esposo, Yahveh. O también, “habían abandonado el agua de manantial que Dios le brindaba (agua viva) por aguas de aljibe que no quitan la sed”.
Jesús se acerca a los samaritanos y les hace la oferta del Reino. Sin rodeos les dice que la salvación no casa bien con sus supersticiones; pero les deja claro que están en igualdad de condiciones, porque la religión que Dios quiere no es de templos ni de ritos, sino de misericordia y lealtad.
Por eso el mesías que viene para todos no es el hombre fuerte político de la tradición, sino alguien que revela la misericordia y fidelidad del Padre para todos los hombres, empezando por los más marginados, en este caso los samaritanos.
¿Cómo podían comprender esto los discípulos que se encontraba en las antípodas de lo que habían escuchado y en lo que se habían formado?
Jesús actuaba con misericordia y fidelidad (en espíritu y en verdad); sabía que el resultado de esta actividad no es siempre inmediato, pero cree en lo que hace. Más tarde o más temprano dará fruto. Jesús sembró, otros recogieron el fruto.
Recordemos el poema que cantábamos de Labordeta: “También será posible que esa hermosa mañana/ ni tú ni yo ni el otro la lleguemos a ver,/ pero habrá que forzarla para que pueda ser”.
En resumidas cuentas: la acogida de Jesús a los pecadores, la huella que dejó su paso por Samaría, tierra de nadie y sinónimo de tierra increyente, y una pequeña anécdota de su vida, cuando cansado y sediento se sentó en el brocal del pozo de Jacob, se unen para saborear este precioso relato evangélico que nos habla de un Dios misericordioso que se pone a caminar a nuestro lado y que está siempre dispuesto a echarnos una mano.
En la medida que podamos, según las circunstancias pastorales concretas, haremos alusión a San José y también al día del Seminario.
José Luis Guzón, sdb