14 marzo 2017

III Domingo Cuaresma: Homilías 1

Resultado de imagen de III Domingo cuaresma: La samaritana
En los tiempos modernos hay muchos adelantos en medicina, en libertades políticas y en tantas cosas. El nivel de vida ha mejorado.
Sin embargo, no somos felices a pesar de tanto adelanto, a pesar del consumismo y a pesar de que, al parecer, todo nos está permitido. La felicidad es el agua viva de la que nos habla el Evangelio de hoy.
La verdad es que todos los seres vivientes tenemos sed de felicidad. Sed de felicidad la tiene el león cuando ruge en la selva, la tiene la paloma cuando arrulla dulcemente, la tiene el ternerito cuando llama a su madre.
Y en los ojos de todo ser humano hay sed de felicidad. La hay en las pupilas de los hombres de todas las razas, en las miradas de los niños y de los ancianos, de las madres y de la mujer enamorada. La hay en cualquier persona.
Me pregunto, con hombres y mujeres de hoy, por la sed que llevamos acallada dentro de nosotros. No es que seamos infelices, no; pero es relativamente fácil encontrarse con personas que buscan más, que quieren más, que sienten una insatisfacción no del todo precisada, pero ahí está. Intuyen que su vida y su corazón les piden cosas que no hacen y podrían hacer. Se sienten prisioneras de una tela de araña con finísimos y múltiples hilos.
No es que no existan pozos de agua viva. Hay que ir hacia ellos, buscarlos.
Eso supone dejar otras fuentes más frecuentadas, amigos de toda la vida, y hasta plantear interrogantes de pareja: «¿Pero es que no tienes bastante conmigo?». «No. No sacias toda la sed de mi corazón».
Los pozos y las fuentes eran, cuando no había agua corriente, lugar de encuentro. «Ir a la fuente», era el lugar más común de hacer amistades. Allí todos llegaban con la misma necesidad, con la misma indigencia, con la misma búsqueda…
Los pozos y las fuentes de hoy quizá son otros. El agua la tenemos en casa. Damos el grifo y ya está ahí. No tenemos que ir a buscarla. Pero seguimos saliendo de casa en busca de algo o de alguien porque el hogar no lo da todo, sobre todo cuando estamos vacíos. Hay hogares que no lo dan todo, ni siquiera dan lo esencial… Te dan pan, pero desprovisto de gestos de ternura. Por eso, unos van al bar, a la tertulia del café, a las tiendas «de
o simplemente «a ver gente»…
El pozo del corazón humano es muy profundo y no podemos llenarlo con las pequeñas felicidades que encontramos en la vida. Si tenemos una bicicleta deseamos tener una moto; y si tenemos una moto deseamos tener un coche. Después de la televisión en blanco y negro, deseamos el televisor en color, el de plasma… Después de alcanzar esto deseamos alcanzar aquello, y así siempre. La samaritana, de que habla el Evangelio, había tenido cinco maridos. Y fueron cinco sueños o, mejor dicho, cinco fracasos. El que ahora tenía no era su marido. Sin embargo, ella, una y otra vez, intentaba ser feliz. Y todos, una y otra vez, intentamos ser felices y nunca estamos satisfechos. Y aunque tuviéramos todo lo que deseáramos, lo cual es imposible, todo lo podríamos perder en unos segundos.
¿Dónde encontrar la felicidad?.
La samaritana se dio cuenta de que estaba en presencia de un profeta cuando éste «le dijo todo lo que había hecho». Jesús no adivinó nada. Simplemente leyó lo que llevaba escrito en su rostro y lo que decía entre líneas. Se le notaba mucho su búsqueda de verdad, su sed de amor…
¿Es usted feliz?… La pregunta de la felicidad es una pregunta “indiscreta”. Basta ver las “salidas” que la gente da para responder a esta pregunta. Una respuesta corriente es: “lo intento”. Recuerdo lo que me contaba un amigo en una convivencia de adolescentes preguntó qué entendían ellos por felicidad y cómo ser felices. Una adolescente respondió con prontitud, sin pensárselo dos veces: Yo sería feliz en unos Grandes Almacenes con una tarjeta VISA Oro».

El literato francés Péruy dijo que el gran y terrible descubrimiento de todos los hombres de cuarenta años es constatar que no se es feliz y que nadie lo ha sido y que nadie lo será jamás. A lo mejor es mucho decir, pero nos da una idea de lo difícil que es ser felices. Ser feliz exige un mínimo de concordancia consigo mismo.
La samaritana es una mujer en busca de felicidad. Nada se le pone por delante para ser feliz. Pero tiene que descubrir, ayudada por Jesús, que el lugar de la felicidad no está donde ella creía que estaba. Hay que desplazarse hacia el manantial de agua que viene de Dios.
Los creyentes sabemos que la felicidad depende de “arrimarnos” a Jesús, fuente de verdadera felicidad. No todos los entienden. ¿Lo entiendes?
Precioso pasaje el de la samaritana. Todos llevamos algo de lo que esta mujer significa dentro de nosotros. Todos tenemos sed de más. Un más que no son cosas ni personas. Un más que es verdad e intimidad. ¿Cómo no sentir vacío si dejamos de alimentarnos de verdad y de intimidad con Aquél que es manantial de agua viva?
Que el encuentro con el Señor desvele toda la sed que llevas dentro y todas las posibilidades que tienes de saciar tu sed.

(B)
Son bastantes las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios, casi sin advertir lo que realmente estaba ocurriendo en sus vidas.
Hoy Dios les resulta un “ser extraño”. Cuando entran en una iglesia o asisten a una celebración religiosa, todo les parece artificial y vacío. Lo que escuchan se les hace lejano e incomprensible.
Tiene la impresión de que todo lo que está ligado con Dios es infantilismo e inmadurez, un mundo ilusorio donde falta sentido de la realidad.
Y, sin embargo, esas mismas personas en cuya vida apenas hay experiencia religiosa alguna, andan con frecuencia a la búsqueda de paz interior, de profundidad, de sentido. Más aún. Aunque ya no creen en “el Dios de su infancia”, acogerían de nuevo a Dios si lo descubrieran como la Realidad gozosa que sostiene, alienta y llena toda de vida.
Pero, ¿se puede encontrar de nuevo a Dios una vez que la personas se ha alejado de toda religiosidad? ¿Es posible una experiencia nueva de Dios? ¿Por dónde buscar?
Algunos buscan “pruebas”. Exigen garantías para tener seguridad. Pretenden controlar a Dios, verificarlo, analizarlo, como si se tratara de un objeto de laboratorio.
Pero Dios se encuentra en otro plano más profundo. A Dios no se le puede aprisionar en la mente. Quien lo busca sólo por la vía estrecha de la razón corre el riesgo de no encontrarse nunca con Él. Dios es “el Misterio del mundo”. Para descubrirlo, hemos de ahondar más.
Precisamente por esto, algunos piensan que Dios no está a su alcance. Tal vez esté en algún lugar lejano de la existencia, pero habría que hacer tal esfuerzo para encontrarse con Él, que no se sienten con fuerzas.
Sin embargo, Dios está mucho más cerca de lo que sospechamos. está dentro de nosotros mismos. O lo encontramos en el fondo de nuestro ser o difícilmente lo encontraremos en ninguna parte.
Si yo me abro, Él no se cierra. Si yo escucho, Él no se calla. Si yo me confío, Él me acoge. Si yo me entrego, Él me sostiene. Si yo me dejo amar, Él me salva.
Tal vez la experiencia más importante para encontrar de nuevo a Dios es sentirse a gusto con Él, percibirlo como presencia amorosa que me acepta como soy. Cuando una persona sabe lo que es sentirse a gusto con Dios a pesar de su mediocridad y pecado, difícilmente lo abandona. Recordemos las palabras de Jesús a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios… le pedirías de beber y él te daría agua viva”
Muchas personas están abandonando hoy la fe sin haber saboreado a Dios. Si conocieran lo que es encontrarse a gusto con Él, lo buscarían.

(C)
Si entendemos la palabra “sed” en sentido material (tener sed de agua) está claro que el agua es un bien necesario que escasea.
Son muchos los pueblos que sufren terribles sequías; sequías que llevan consigo enfermedades, hambre.
La sed, podemos decir, que es una “plaga” para millones de personas…
Pero debemos dar a la palabrea “sed”, un sentido más “profundo”, como se le dio Jesús cuando habló con la samaritana: Sed de “deseos”, de “satisfacciones”.
Esta sed de “deseos” y de “satisfacciones” es algo constitutivo del hombre.
El hombre siempre tiene (tenemos) sed de cosas y las mayoría de las veces, estas cosas no apagan nuestra sed, nos dejan insatisfechos.
El hombre, el ser humano, tiene sed de muchas cosas:
– Tiene sed de cultura: de saber, conocer, investigar…
– Tiene sed de diversión: placeres, satisfacciones…
– Tiene sed de paz: vivir en armonía.
– Tiene sed de poder: de dominio, de mando.
– Tiene sed de posesión: de tener muchas cosas.
– Tiene sed de riqueza: de dinero, de bienestar.
– Tiene sed de salud: los enfermos.

Muchas veces, a pesar de disfrutar de todas estas cosas, seguimos teniendo SED, nos sentimos insatisfechos.
En países “superdesarrollados” se da un alto índice de suicidios, incluso en gente joven: gente que tiene todo, que no les falta de nada, que han probado y experimentado de todo, pero al final se encuentran vacíos, insatisfechos, sin haber apagado su sed.
Alguien, hace 20 siglos, se atrevió a proclamar que Él podía calmar la sed de todos los hombres. Ese alguien fue Jesús, que dijo: “El que tenga sed que venga a mí y beba del agua que yo le daré y nunca más tendrá sed”.
Está claro que, estas palabras de Jesús hay que entenderlas en sentido figurativo, no en sentido literal.
Jesús, para calmar nuestra sed de “deseos”, nos ofrece su Espíritu, su Mensaje.
Y a través del Espíritu de Jesús, a través de su Mensaje, las personas descubrimos:
La fraternidad, la libertad, la paz, el perdón, la solidaridad…
Y estas cosas que Jesús nos ofrece “SÍ” sacian nuestra sed, “SÍ” nos dejan satisfechos.
Que bebamos de esta agua que Jesús nos ofrece y no vayamos a otras fuentes para calmar nuestra sed.

(D)
Estamos en el corazón de la Cuaresma. Esta semana es llamada en la tradición eclesial la semana del agua o semana bautismal. Los textos bíblicos nos presentan episodios en los que el agua ocupa una importancia decisiva. El agua, para los cristianos, hace referencia al Bautismo.
El relato de la samaritana centra el mensaje de novedad de este domingo. Una simple conversación junto al brocal de un pozo se convierte, de pronto, en un manantial de sentido nuevo. Jesús comienza como necesitado, pidiendo agua; acaba revelándose como fuente de agua viva. La interlocutora de Jesús es una mujer samaritana, que va a buscar agua físicamente pero que acaba siendo buscadora de agua viva para su sed más profunda. Y justamente, la sed más profunda, la que vive en su corazón y sus sentimientos es la que tiene olvidada y la que sacia de manera no correcta.
Me pregunto, con hombres y mujeres de hoy, por la sed que llevamos acallada dentro de nosotros. No es que seamos infelices, no; pero es relativamente fácil encontrarse con personas que buscan más, que quieren más, que sienten una insatisfacción no del todo precisada, pero ahí está. Intuyen que su vida y su corazón les piden cosas que no hacen y podrían hacer. Se sienten prisioneras de una tela de araña con finísimos y múltiples hilos.
No es que no existan pozos de agua viva. Hay que ir hacia ellos, buscarlos. Y eso supone dejar otras fuentes más frecuentadas, amigos de toda la vida, y hasta plantear interrogantes de pareja: “¿Pero es que no tienes bastante conmigo?” “Pues no. Tú no sacias la sed de mi corazón”.
Las respuestas que pide el corazón nos cambian la vida y nos tocan lo más íntimo. Todo lo del corazón es importante.
La samaritana entiende perfectamente esto en el diálogo con Jesús y descubre que ni los hombres que tuvo ni el que ahora tiene son capaces de saciar la sed que siente.
Lo inesperado, lo que cambia todos los esquemas posibles es que Jesús se presenta como agua viva. El hombre que se presenta como agua viva es justamente aquel que no le pide nada, que no se presta a juegos con ella. Más bien, le dice la verdad, se señala su verdad.
La sed que sentimos dentro todas las personas comienza a ser saciada cuando la verdad va por delante. Quien esté dispuesto a escuchar la verdad está dispuesto a saciar su sed. Expresiones como “dime la verdad”, “quiero saber la verdad aunque me duela”… son el camino para saciar la sed interior. Y la verdad más verdadera nos lleva más allá de nosotros mismos, a la orilla donde está el Maestro que se presenta como don y fuente de agua que sacia. Seríamos mejores creyentes si, como la samaritana, descubriéramos en nuestra sed de vida, siempre insatisfecha, nuestra necesidad de Dios siempre por satisfacer.
Jesús, con la samaritana, inaugura un nuevo culto a Dios: el cultivo de la relación personal e íntima con Él. La intimidad con Dios no está circunscrita a un espacio. Es cosa del corazón, esté éste donde esté.
Precioso pasaje el de la samaritana. Todos llevamos dentro de nosotros algo de lo que esta mujer significa. Todos tenemos sed de más. Un más que no son cosas ni personas. Un más que es verdad e intimidad. ¿Cómo no sentir vacío si dejamos de alimentarnos de verdad y de intimidad con Aquel que es manantial de agua viva?
Que el encuentro con el Señor desvele toda la sed que llevamos dentro y todas las posibilidades que tenemos de saciar esa sed.

(E)
Las lecturas de este domingo contienen una referencia a los catecúmenos que se preparaban para celebrar su bautismo en la gran fiesta de Pascua. Los que se iban a bautizar en la noche del Sábado Santo eran acompañados por la comunidad cristiana en esta catequesis sobre el agua viva. Nos dice el evangelio que Jesús es como un manantial del que surge la vida eterna. Las lecturas hablan de la sed del ser humano.
Sabemos que Israel era un pueblo acosado por la sed. Para comprender las lecturas de este domingo hay que tener en cuenta que Israel está rodeado de desiertos, y para los judíos el agua era una bendición de Dios. Conociendo estas cosas, no nos extraña que la sed aparezca muchas veces como experiencia profunda en la oración de los israelitas: “Mi alma tiene sed del Dios vivo, como tierra reseca, agostada, sin agua”; buscaba al Señor “como la cierva busca corrientes de agua”. Experimentar la salvación era como sentirse cuidado por Dios, “que conduce mi alma hacia fuentes tranquilas. Esas fuentes tranquilas tenían para los israelitas unas connotaciones especiales, más de lo que podemos imaginar nosotros, que tenemos un grifo en cada casa, aunque tengamos alguna restricción de agua en tiempos de sequía. En unas tierras abrasadas por el sol y los desiertos, el agua tiene un significado especial.
La primera lectura cuenta con tonos dramáticos la sed que torturó a Israel en el desierto. Habla de protestas y altercados por parte del pueblo, y Moisés reconoce que faltó poco para que lo apedrearan. En Orbe Dios sacó el agua para su pueblo de una peña, de la que dirá san Pablo que representaba a Cristo. Pasados muchos siglos, el evangelista retoma esa misma experiencia de la sed para anunciarnos a Jesús como el agua que sacia nuestra sed del alma. Una mujer de Sicar va con un cubo a sacar agua del pozo de Jacob. Allí le habla Jesús de otra agua misteriosa que sacia la sed más profunda del corazón. Esta mujer aparece como el prototipo de cualquier ser humano acosado por la sed. Buscando ser feliz había llegado a casarse cinco veces y tenía en esos momentos otros marido de repuesto. Tenía la seguridad de no haber encontrado su camino en la vida y participaba de la confusión de no saber rezar a Dios en el sitio adecuado (“en este monte o en Jerusalén”). Pero, sobre todo, esperaba que un día llegara el Mesías para remediar sus inseguridades interiores. Decía: “Cuando venga el Mesías nos lo explicará todo”. Entonces Jesús, mediante un proceso catequético admirable, le enseña, y nos enseña a todos los sedientos, que él es el agua que sacia nuestra sed del alma. Para nosotros, y no sólo para los catecúmenos, también es válida esta catequesis.
Sería bueno que este día tomáramos conciencia de nuestra sed interior. Con frecuencia somos gentes engañadas por las propagandas interesadas. No hace falta recurrir a la crispación social ni a las crisis económicas para explicar nuestro malestar. Hemos puesto en el corazón otros dioses pequeñitos que no nos sacian. Tenemos casas bonitas, servicios muy útiles, abundantes medios materiales para casi todo y, sin embargo, en la vida de cada día andamos inquietos, intranquilos, insatisfechos, sedientos de algo nuevo. Y ese algo nuevo para el corazón humano es Dios, que no puede ser sustituido por otras cosas. Y si acudimos cada domingo a la iglesia para una misa incómoda y aburrida es porque esa sed de Dios nos trae aquí. Tomamos conciencia de que el agua para nuestra sed es el Señor, que ha sido derramado sobre nosotros en nuestro bautismo.

(F)
La gran pregunta que inquieta a la mujer samaritana es: “Si conocieras el don de Dios…” La acusa de no aceptar a Dios. Ni la acusa de tener en su corazón tantos dioses. Simplemente le hace sentir que aún no ha descubierto a Dios como don, como regalo.
Es el problema de cada uno de nosotros. Hoy, con suma facilidad, excluimos a Dios de nuestras vidas. Preferimos vivir sin Él o al margen de Él. Como que no lo necesitamos o, incluso, como si Dios fuese un estorbo en nuestras vidas.
¿Será porque somos malos? Yo no lo creo. Más bien me atrevo a decir que nuestro problema es que no conocemos a Dios como “don”, como el gran “regalo de nuestras vidas”.
Para muchos, Dios resulta algo intrascendente. Se puede vivir tranquilamente sin Él.
Para otros, Dios suele ser un estorbo que nos impide vivir y siempre nos está poniendo cortapisas.
Para otros, Dios termina siendo un fastidio porque nos impide disfrutar de aquello que a nosotros nos interesa y nos gusta.

No. Yo no creo que haya mala voluntad en nuestros corazones. Sencillamente que no hemos descubierto a Dios como el gran bien de nuestras vidas, como el único que puede apagar nuestra sed y el único que puede llenarnos y dar sentido a nuestras vidas. Tal vez la culpa no esté en la gente, sino en quienes hemos presentado un Dios, por una parte complicado y fastidioso y, por otra, un Dios inútil sin el cual se puede vivir tranquilamente y sin mayores conflictos y problemas.
No hemos descubierto a Dios como nuestro gran “don”, como el gran regalo que se nos hace. Ese era el problema de la samaritana que llena su vida de maridos y no lograba apagar su sed. Llenaba su vida de hombres y su corazón seguía vacío. Cada día tenía que cargar con su cubo y venir al pozo a buscar agua porque la que tenía en casa se agotaba cada día.
Descubrir a Dios como “don” es reconocerlo como un regalo, como el que es capaz de darnos sentido, de hacernos felices, de apagar nuestra sed de felicidad, de apagar nuestras ansias y anhelos de las cosas. En realidad, nuestras vidas podrán tener momentos de alegría y de placer y hasta pasar los días inútilmente, aunque sólo Él es capaz de llenarnos y darnos plenitud. Esto no se logra con simples ideas, sino sólo cuando le abrimos nuestro corazón y dejamos que Él lo llene. Conocer a Dios como don no es cuestión de ideas, es problema de experiencias, de experimentarlo y vivirlo. Hay que hacer la prueba.