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07 marzo 2017

II Domingo Cuaresma: Homilías 2

Resultado de imagen de II Domingo Cuaresma ciclo A: la transfiguración
(A)
¿Qué hay detrás de la tapia?
Hace tiempo leí una pequeña historieta que me gustó. En una leprosería había un leproso que se pasaba el día encerrado sobre sí mismo, triste y sin esperanza. Hasta que un día comenzó a sonreír. Todo el mundo se preguntaba ¿qué había pasado? Y se dieron cuenta de que todas las mañanas se asomaba al muro que lo separaba de la calle. Se subía al muro. Bajaba y comenzaba a sonreír. Llenos de curiosidad se acercaron. Una señora todos los días pasaba a esa hora por allí. Esperaba ver al leproso. Y desde la calle le regalaba una sonrisa. Y esto era suficiente para hacerle feliz a aquel hombre lleno de angustia y tristeza durante todo el día.
Me viene esta anécdota precisamente, el segundo domingo de Cuaresma, en el que leemos la Transfiguración de Jesús en el Tabor. Un momento en el que Jesús se transforma y todo él se ilumina dejando transparentar lo que lleva dentro detrás del muro de su humanidad.
Con frecuencia todos nos quedamos a esta parte del muro y no vemos la vida que camina por la calle ni las sonrisas que nos llegan.
Vemos a los demás, no por lo que llevan dentro, sino por lo que vemos desde afuera.
Vemos a los demás, tapados y escondidos detrás del muro de sus cuerpos.
Vemos los árboles, desde su áspera corteza, y no vemos la savia que corre por dentro.
Vemos las rejas de la cárcel, y no vemos a los hombres que sufren privación de libertad allá dentro.
Vemos las rejas de los conventos de clausura, y no vemos esas almas contemplativas que han consagrado su vida a Dios y dedican sus vidas a orar por la Iglesia y el mundo.
Vemos la enfermedad y vemos muy poco al enfermo.
Vemos el pan de la mesa, y no vemos el sudor de quien lo ha ganado con su amor y el esfuerzo de su trabajo.
Vemos el cuerpo gastado y arrugado del anciano ya cansado, y no vemos al hombre que vive y siente y ama y tiene necesidad de cariño, allí dentro.
Vemos a la Iglesia desde sus debilidades humanas, y no vemos al Jesús que vive resucitado en ella.
Vemos el pan de la Eucaristía, y vemos muy poco al Jesús que se encierra dentro de ese pan.
El leproso fue capaz de subirse al muro y así poder ver la vida que caminaba por la calle y la sonrisa que alguien le regalaba cada mañana, suficiente para sentirse vivo durante el día.
La transfiguración de Jesús nos hace ver no el muro de su cuerpo sino la transparencia de lo que hay dentro de El. Como el leproso que revive por una sonrisa mañanera venida del otro lado del muro, también los discípulos comenzaron a revivir, llenos de alegría, al ver esa sonrisa transfigurada de Jesús. “Maestro, qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas. Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Hasta ahora le conocían a través del muro de su humanidad. Aquella mañana comenzaron a verlo desde dentro, desde su divinidad escondida.
Es importante ver la corteza del árbol. Pero es más importante ver correr la savia que sube por dentro del tronco y hace brotar las ramas, las flores y los sabrosos frutos. Hoy cuidamos mucho la estética de “nuestro muro” y ello nos impide ver el alma, el corazón y la vida que llevamos dentro. Nos quedamos con la superficie y nos olvidamos de la profundidad que se esconde por detrás.
Nos miramos y nos vemos cada mañana en el espejo. Pero el espejo no nos muestra nuestra verdad interior. No nos muestra nuestro corazón ni nuestra alma. Es preciso aprender a mirar y ver no lo que llevamos de cáscara sino lo que vive dentro, late dentro, ama dentro. Es preciso aprender a mirar al mundo y descubrir a Dios. Es preciso mirar al hombre y descubrir en él, a un hermano.

(B)
La otra cara de la realidad
Este segundo domingo de Cuaresma nos presente un rostro de Jesús distinto al de las tentaciones en el desierto, y también nos presenta el otro rostro de la realidad de los hombres. Conocemos a la gente por fuera. ¿Quién conoce al otro por dentro?
Bajo unas apariencias de vulgaridad, puede esconderse un corazón muy grande.
Bajo los harapos de un pobre, puede esconderse la grandeza de espíritu.
Bajo la triste figura de un alcohólico, puede esconderse una gran sensibilidad.
Mariola López, en su simpático librito “Mirar por otros”, comentando precisamente este texto de la transfiguración de Jesús, nos cuenta una maravillosa experiencia de su vida. La resumo así:
“Perico, como es conocido en el barrio, vive solo desde hace años. Se ha “dejado devorar la vida por el alcohol. Lo encontré descalzo por la calle y bebido; aún así, se acercó a mí con respeto, y me contó que se había quedado dormido con un cigarrillo en la boca y que se le habían quemado unas mantas, y me invito a su casa para que lo viera. Confieso que al principio sentí miedo, pero luego, agradecí el no haberme dejado paralizar por él. Me mostró su pequeña casa, desatendida desde que su madre no está, sucia y con olor a vino y a restos de comida; luego me llevó a otra estancia, y allí fue donde se hizo la luz: tenía cuatro colchones tirados por el suelo, y me contó que en ellos acoge cada noche a chicos toxicómanos que no tienen adónde ir, les deja dormir allí y que puedan ducharse y lavar su ropa”.
Las consecuencias son claras:
Detrás de un Perico alcohólico que te da miedo acercarte a él, hay algo que los ojos no descubren.
Detrás de un Perico alcohólico, viviendo en una habitación que huele a vino y a comida, hay algo que para la gente pasa desapercibido.
Detrás de un Perico alcohólico, con su vida quemada y “devorada” por el alcohol, hay un corazón que no solo piensa en la botella de vino, sino que siente lástima de quienes viven todavía más hundidos que él, y consumidos por la droga.
Detrás de un Perico a quienes todos tienen miedo y le ceden el paso para evitar cualquier agresión, se esconde una habitación con cuatro colchones para que estos drogadictos puedan dormir, ducharse y limpiar su ropa.
Hay cosas que los ojos no ven.
Hay cosas que se esconden detrás de una vida destruida.
Hay cosas muy bellas ocultas detrás de una vida que ya ha dejado de ser vida hace tiempo.
Esa es la transfiguración.
Tampoco Pedro, Santiago y Juan lograban ver en Jesús más que a un hombre como ellos.
Tampoco ellos logran ver lo que se esconde al otro lado de la humanidad de Jesús.
Hasta que un día, se rompen los velos y la luz interior aflora hacia fuera. Como una barra de luz eléctrica cuando se enciende la llave e ilumina la habitación entera que estaba a oscuras. Y donde no se veía nada ahora se ve todo.
La transfiguración de Jesús nos habla de lo que pueden ver los ojos.
Pero también de lo que puede descubrir la fe. El otro lado de las cosas.
Hay cosas que no logramos ver hasta que se enciende la luz del corazón y podemos descubrir lo que hay al otro lado de las paredes.
Es por ello que todos tratamos de cultivar tanto nuestro exterior.
Tanto maquillaje.
Tanta cirugía estética.
Tanto perfume y colonia que haga agradable nuestra presencia.
Y todo, porque todos nos quedamos con las apariencias.
Todos nos quedamos con esa imagen de exportación.
Todos nos quedamos con esas etiquetas que hagan vendible el producto.
Pero ¿quién mira al otro lado de tanto maquillaje?
¿Quién mira al otro lado de tanta cirugía estética?
¿Quién mira el corazón que late y siente allá dentro?
Un amigo mío pasaba, ya muy adelantada la media noche, al lado de unos muros altos. Y comenzó a escuchar que alguien cantaba allá dentro.
No tenía traza de discoteca. Era un convento de monjas de clausura que, mientras el mundo se divertía, ellas cantaban Maitines alabando a Dios. Le entraron ganas de saltarse el muro y ver qué era aquello. Pero era muy alto. Llegado a su casa, no podía dormir. ¿Cómo es posible que detrás de unos viejos muros alguien, a esas altas horas de la noche, esté despierto cantando a Dios?
Si supiéramos mirar con los ojos del corazón veríamos que la gente es maravillosa.
Si supiéramos mirar con los ojos de la fe verías que detrás de unas pobres apariencias se esconden muchos sentimientos de bondad, de generosidad, de fidelidad y de amor.
La transfiguración nos habla de la verdad que llevamos dentro, pero también de los nuevos ojos que necesitamos para ver.

(C)
Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar.
Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a los demás, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.
En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.
Un famoso médico siquiatra decía en cierta ocasión: «Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros… entonces, está ya curado».
Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienza a escuchar de verdad a Dios, está salvado.
La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.
Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.
Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.
Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él y desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.
Pero ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huída. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado.
¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo».
Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: «Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

(D)
Quizá uno de los sentimientos más abundantes en nuestro tiempo es el de la incomodidad y el de la tristeza.
Es difícil encontrar personas que te digan sinceramente que “están bien”. Los sociólogos hablan de la soledad de las grandes ciudades, de la incomunicación que impone la sociedad, de la frustración que el entorno crea en las personas, traumas de todo tipo…
No sé si en otras épocas el hombre ha sentido también la tristeza, el hastío y la soledad. No sé si en otras épocas resultaba igualmente difícil encontrar hombres y mujeres que se “encontrasen bien”, que fueran felices, que estuvieran deseosos de vivir.
Según el evangelio de hoy, Pedro, Santiago y Juan ante Jesús transfigurado, resplandeciente como el sol y con vestiduras tan blancas como la nieve, tuvieron una expresión maravillosa: ¡Qué bien se está aquí! Es una expresión redonda. Con ella dijeron a todos los que –a través de los tiempos- leyéramos el evangelio, que hay un medio de sentirse a gusto en la vida: estar cerca de Jesús.
Jesús victorioso recibe la aprobación del Padre que le llama su Hijo amado y predilecto. El resultado es que los discípulos asombrados, sienten, por encima de todo, una sensación de absoluta felicidad que resumen en su estupenda frase.
Me parece que una misión primaria del cristiano sería que despertásemos en los demás el sentimiento de que se está bien junto a nosotros. Para eso no tenemos más que un camino: ser
–como Cristo- hijos de Dios, hijos amados y predilectos. Pero estos títulos sólo se ganan si somos capaces de hacer lo que Él hizo: amar sin medida, entregarse sin tasa, desprenderse del propio yo, ser comprensivos, dialogantes, humildes. Elegir a los pequeños, preferir a los pecadores. Huir de los dogmatismos, no condenar, no juzgar, ofrecer la mejilla, dar el manto, amar hasta el enemigo, no condenar…; es decir, todo lo contrario de lo que solemos hacer nosotros. Por eso no es extraño que nos encontremos tal mal los unos junto a los otros. No es extraño que no sepamos encontrar la paz y la concordia porque cada uno hablamos nuestro propio idioma completamente diferente del de los demás. Por eso no es extraño que la soledad nos invada.
Por eso no es extraño que cuando cerca de nosotros pasa algún hombre o alguna mujer que se parecen a Jesús sintamos que algo raro flota en el ambiente y que una sensación de paz y bienestar nos invade, y nos haga exclamar ¡qué bien se está aquí!.
Los cristianos es evidente que –en gran número- no nos hemos transfigurado. Por eso los que viven cerca de nosotros, los que comparten con nosotros la vida no sientan habitualmente que a nuestro lado la vida es más bella, más honda…
A pesar de cuanto ocurra a nuestro alrededor, el cristianismo lleva en sí un germen de felicidad contagiosa –cuando el cristianismo se vive de verdad- que hace exclamar a los demás: ¡qué bien se está con fulano o con fulana!.
El mejor obsequio que podríamos hacer a nuestro mundo es devolverle la sensación de bienestar que experimentaron cerca de Cristo transfigurado, Pedro, Santiago y Juan.

(E)
El Tabor es una experiencia maravillosa: luz en el rostro y alegría en el corazón.
Necesitamos alguna experiencia del Tabor para que la noche no se nos haga tan oscura y nos acordemos que hay estrellas.
Necesitamos el Tabor para que se nos encienda el alma, para que la esperanza no se nos tambalee. Necesitamos el Tabor para hacernos más sensibles, para crecer en la dicha y la belleza, para fortalecer la fe de los hermanos, para saber que el hombre puede siempre superarse.
La transfiguración es una gracia, pero nunca, desde luego, una gracia barata. El Señor impone sus reglas y sus condiciones- Y algunos imperativos se repiten:
– Sal: Abrahán amigo, sal de tu tierra y de tu patria, sal de tu familia y de tus seres queridos, sal de tus costumbres y de tus comodidades, corta con los dulces lazos que te atan a tantas cosas, lugares y personas. Despójate de tus tesoros. por cada trozo de tierra que dejes, yo te regalaré trozos de cielo.
– Sube: sube hasta la cima del monte. No sigas los caminos cómodos y trillados del rebaño. Sube hacia metas más altas. En la montaña se respira mejor. Subiendo te encontrarás más fuerte. El camino que sube es camino que te eleva y te hace crecer.
– Escucha: Que hablas demasiado y apenas sabes lo que dices. Escuchad todos, que no sois capaces de hacer silencio en vuestro corazón. Habláis y no escucháis. Incluso cuando os acercáis a mi, no paráis de hablar y no abrís el oído para escuchar mi Palabra.
Escuchad a los profetas, el que los escucha me escucha a mi. Sus palabras llevan luz y llevan vida.
Pero escuchad sobre todo, a mi Hijo. Él es la Palabra perfecta. Con su palabra todo se ilumina.
Pero escuchad bien, mis buenos discípulos. Debéis guardar la palabra en el corazón, como hacía la mujer que mejor ha sabido escuchar: María.
– Baja: Baja, porque no se puede estar siempre en la cumbre. Bajad, porque muchos os esperan allí abajo. En el pueblo, en los caminos, hay muchos hombres que sufren y trabajan. Es necesario llevarles un poco de luz y del consuelo que aquí habéis recibido. No se enciende una luz para guardarla. Tampoco se puede almacenar la dicha, porque se pudre. Nadie puede ser feliz a solas.
Bajad todos mis discípulos a predicar el evangelio. Bajad, donde están los que sufren, para estar y luchar con ellos. Bajad a levantar a los caídos, a curar heridas, a enjugar lágrimas y a extender la mano a todo el que os pida.

(F)
Los apóstoles viven una gozosa experiencia, una especie de luna de miel junto a Jesús. Sí. Están con la ilusión primera de todo lo que comienza. Siguen a Jesús y todo marcha bien. De pronto comienzan las dificultades, eso que nos hace exclamar: «Si lo llego a saber, no me meto en esta aventura». «Yo creía que esto iba a resultar más fácil». «¡Qué necesidad tengo yo de meterme en líos a mis años, con los bien que están… otros». Las frases se pueden multiplicar. La realidad es muy sencilla: al principio todo parece de rosas, pero el camino trae sorpresas… No es que «la ilusión inicial sea falsa». Al inicio está en germen, en promesa todo lo que esperamos, todo lo que nos hace partir y nos pone en marcha. Pero no es posible adelantar todo. La vida va atrayendo, poco a poco, la dura realidad. Y habrá que mirar al principio para recuperar fuerzas y ver que en los objetivos iniciales estaba todo iniciado, aunque no desarrollado.
Las personas y los grupos palpamos cada día esta realidad. Muchos se vuelven atrás a la primera dificultad; no soportan caminar entre rosas con espinas.
Jesús siente que su grupo de discípulos no está al margen de esta dinámica. Jesús acaba de hablar de la muerte que le espera y se encamina hacia Jerusalén, donde lo anunciado tendrá cumplimiento. Necesita «confirmar» a los suyos para que resistan en el seguimiento a pesar de lo duro que viene.
Como los discípulos, tenemos la tendencia de arrimarnos al “sol que más calienta”, para sacar “algún beneficio”. Unos seguían a Jesús pero no ocultaban que lo que en el fondo pensaban era sentarse a la derecha de él algún día. El poder, con tal de llegar a él, exige algunas incomodidades, pero después recompensa… Como veis, este funcionamiento no es de hoy. Hay personas que se despersonalizan con tal de llegar a tener poder… Y llegan. Y cuando llegan ya no son personas, están despersonalizadas. Las consecuencias las pagarán los otros, además de ellos mismos…
Los seguidores de Jesús tenemos que aprender que al lado de Jesús no hay poder, sino servicio; al lado de Jesús no hay puestos, sino últimos puestos; al lado de Jesús no se ve todo claro, se va aclarando uno esperando que la Luz llegue más tarde… Y cuando llega, la verdad deslumbra.

Jesús elige a los más íntimos, a los «pilares del grupo», para mostrarles, por unos instantes, su identidad y su relación directa con toda las tradición religiosa anterior: Moisés y Elías. Se deja ver para hacer saber su identidad en el marco de una oración.
Suben al monte a orar. Y en la oración es donde acontece lo que ellos no esperan. Lo que acontece les pilla por sorpresa hasta el punto de no entenderlo bien. Pero sucede algo que entenderán más tarde. Ven y escuchan una voz de revelación: Es mi Hijo; escuchadle. Algo así como esto: «Pase lo que pase, triunfe o esté clavado en la cruz, es mi Hijo. No reneguéis ni lo abandonéis».
“Escuchadle”. Hoy se nos grita a nosotros este imperativo… Es difícil escuchar. Muy difícil. Oímos ruidos. Mucha gente vive la experiencia de que su palabra se convierte en un ruido más de tantos como nos invaden. “Me siento muy solo, nadie me escucha, nadie me toma en serio, nadie toma en serio lo que digo”. Es tremenda la soledad que viene de sentirse excluido por no ser escuchado.
La soledad es saber que nadie te escucha, que nadie guarda tu palabra en su corazón, que nadie te comprende. Que nadie te presta atención.
“Escuchadle”, prestad atención a Dios, dad importancia a Dios, acoged la palabra de Dios… Esta es la revelación del Padre sobre su hijo. Prestar atención a Dios es “escuchar a su Hijo, el Enviado”. Está bien hacer las “obras de Dios”, pero es insuficiente. Ser creyente es ser oyente, ser escuchador.
“Escuchadle”. Escuchar a Dios, prestarle atención es, al mismo tiempo, saberse escuchado por Dios y sentir que nos tiene en cuenta…
Nos sobran ruidos, preocupaciones, ansiedades… Aunque hay veces que tenemos que confesar que nos horroriza el silencio y preferimos el ruido al silencio.

Si te detienes un momento, descubrirás que a lo largo de tu vida, en contacto con las personas, subiendo o bajando al «monte Tabor de la profundidad», allí donde se ve un poco más que tierra plana…, se dan situaciones de Tabor con otras personas, con Dios mismo. Dices que entras en la iglesia buscando un poco de paz y silencio y sales viendo las cosas de otra manera, transfigurado… Sales escuchando más y reconociendo mejor y aceptando lo duro de la vida… Sales más evangelizado por el Padre.
Nada de la Escritura es un pasado que no pasa. Es un pasado que nos ayuda a reconocer la revelación de Dios también en nuestro presente…
Calla y escucha. ¡Si aprendiéramos a escuchar! ¡Si aprendiéramos a escucharle!