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05 marzo 2017

En la hora de la tentación

Resultado de imagen de las tentaciones de jesús
El terreno sin límites de lo posible
«No comas del árbol del conocimiento del bien y del mal.. . » (Gén 2, 17).
Por lo visto, todo comenzó con una prohibición. De ello estaba convencido incluso Bergson, que sostenía que el fruto prohibido representa el recuerdo más antiguo impreso en la memoria de la humanidad.
Se trata de equivocaciones en las que incurren incluso los grandes pensadores cuando se olvidan de leer lo que antecede. En realidad, en el versículo anterior, está escrito: «Puedes comer de todos los árboles del jardín».
Está claro que en la escena de los orígenes aparece el Dios de la ley. La primera palabra que Dios dirige al hombre pertenece al lenguaje de la ley.

Sin embargo, antes le presenta una posibilidad muy amplia, y sólo en un segundo tiempo surge la prohibición, se establece un límite. Hay que evitar una imagen caricaturesca de Dios, tentador e incluso castrador, que con cierto sadismo pone al hombre ante la perspectiva seductora de disfrutar, para negarle luego ese disfrute con una prohibición cruel.
Como si dijera a Adán: «¿Ves todo lo hermoso que es esto? ¡Lástima que esté prohibido! Te lo presento y te lo niego… Te enciendo el deseo y luego te impido satisfacerlo».
Si leemos atentamente el relato del Génesis, descubrimos por el contrario que antes hay una ley positiva, que legitima la fruición, el gozo.
El hombre fue creado y colocado en aquel jardín para gozar, para ser feliz.
La frontera, el límite («no comas del árbol del conocimiento del bien y del mal»), es decir, la ley negativa, no se opone al gozo, sino que lo protege y lo encauza en la debida dirección.
El gozo no puede ser cualquier gozo. La felicidad no puede perseguirse de cualquier manera.
Precisamente porque quiero llegar a la felicidad, debo vigilar atentamente para no ir por caminos equivocados.
De todas formas, sigue en pie la plena legitimidad de ese gozo. El hombre no ha sido enviado a la tierra -como todavía se oye decir desde ciertos púlpitos que rezuman un dolorismo sospechoso para sufrir. El mundo creado por Dios es bueno, hermoso (el Creador remacha hasta seis veces su asombro y su aprecio por la obra que acaba de realizar). Y contiene todo lo que puede satisfacer nuestros deseos. Y nosotros hemos de alegrarnos y de dar gracias por ello.
Pero existe una ley, un camino para llegar a eso. Existen «barreras protectoras». Hay unos límites que respetar, si no queremos fallar en la búsqueda del verdadero bien.
La restricción no representa una amenaza al placer, un atentado contra el gozo. Sería una necedad detenerse en el terreno demasiado reducido de lo prohibido, cuando todavía no se ha ojeado ni lo más mínimo el terreno sin límites de las posibilidades.
Satanás, con su reconocida astucia, juega con el hombre precisamente en este punto. En realidad, le concede mucho menos de cuanto Dios le ofrece. Más que cegarlo, restringe su perspectiva visual.
Encierra a Adán en el agujero miserable desde el cual puede contemplar a hurtadillas el árbol prohibido.
¡Y pensar que el hombre ha obtenido de Dios el don de poder pasearse por un jardín inmenso y deleitarse con una variedad increíble de plantas!
El límite lo ha impuesto Dios con vistas a una plenitud.
Satanás incita a violar la frontera, a superar el límite, para mortificar y ahogar al hombre, para aprisionarlo, para robarle espacio y horizontes. Su propuesta de transgresión se hace con vistas a una disminución del hombre. Su negación de los límites constituye una limitación y hasta una mutilación.
A pesar de las apariencias, el verdadero planteamiento «limitativo» es el de Satanás. 
«Los reinos del mundo con su gloria», que el demonio ofrece a Cristo (evangelio de hoy), parecen ridículos respecto a la gloria que promete Dios y con las perspectivas ilimitadas de su Reino.
La adoración de Satanás, el culto a los ídolos (bienestar económico, placer, éxito, poder) resultan bastante más onerosos que la «postración» del creyente ante el único Señor.
De rodillas ante Dios, el hombre se encuentra soberanamente libre. Mientras tanto los ídolos demuestran ser tiranos crueles. Implacables en sus exigencias. Insoportables en sus pretensiones.
El sentido de frustración o de castración no se apodera del hombre cuando abraza el mandamiento de Dios, sino cuando da oídos a las «sugerencias» del Adversario.
Hay un límite para el consumo
La tradición judía no lee «podrás comer de todos los árboles del jardín», sino «tendrás que comer». Más que de una concesión, se trataría de una orden.
El Talmud cuenta que un rabino, tomando al pie de la letra la expresión «de todos los árboles del huerto», cuando iba al mercado, se creía en la obligación de comprar todos los frutos nuevos que encontraba en él.
Todavía es más sorprendente, y hasta «escandaloso» para ciertas mentalidades, otro texto talmúdico, según el cual, el día del juicio final, el hombre tendrá que dar cuenta severamente de todos los placeres -lícitos, como es lógico- que hubiera rechazado.
Por tanto, al principio no está la frustración, sino el ofrecimiento generoso de todos los frutos de la vida.
Si no hubiese existido la autorización para comer de todos los demás frutos -observa el comentador medieval Ibn Ezra-, y sólo se hubiera sancionado la prohibición, la vida habría resultado imposible.
Este principio -según la observación de J. Eisenberg y de A. Abecassis, de los que me siento deudor en la mayor parte de estas indicaciones- encuentra también su aplicación en las reglas de nuestra sociedad. No se pueden imponer deberes, si no se reconocen ciertos derechos, es decir, ciertas condiciones para el cumplimiento de esos deberes.
Así, la sociedad puede prohibirme que robe el alimento, sólo si me ofrece la posibilidad de ganar lo necesario para vivir con mi trabajo. Del mismo modo, puede reconocer mi libertad únicamente si me da los medios para ejercerla y al mismo tiempo fija sus límites y la forma de emplearla.
En la perspectiva de la creación, la prohibición se justifica y tiene sentido exclusivamente si se inserta en la perspectiva del don.
En mayo del 68 se establecía perentoriamente que «está prohibido prohibir». La Biblia, por el contrario, deja intuir que está permitido… prohibir.
El jardín del Edén tiene que ser un lugar de paz, de bienestar, de gozo. Y precisamente por esto existe una ley. Por eso el hombre, incluso en su condición «paradisíaca», no es un fuera-de-ley.
La ley que garantiza el placer no puede ser la ley del capricho, del antojo. No puede ser una ley «arbitraria».
Las reglas pueden y deben cambiar, pero la ley permanece, no puede ponerse en discusión en cuanto tal.
Cambian los contenidos, pero sigue en pie la necesidad de la ley. En lugar de un Dios sádico, que se divierte enmarañando el camino del hombre con una serie de prohibiciones, hay que poner al Dios que ofrece al hombre todo tipo de dones. También la ley forma parte de estos dones.
Si hay una prohibición, ésta no va contra el hombre, sino contra todo lo que podría impedir su felicidad, atentar contra su vida.
De todas formas, es interesante advertir cómo el primer límite impuesto al hombre va ligado al consumo.
La primera prohibición se refiere a la alimentación (aunque no se especifique la naturaleza del fruto prohibido). El judaísmo multiplicará los tabúes relativos a los alimentos.
Comer equivale a asimilar lo que se come, a transformarlo en la propia sustancia, a hacerlo idéntico a uno mismo. Y también, paralelamente, a identificarse con lo que uno come.
Los místicos han interpretado siempre el simbolismo del árbol del conocimiento del bien y del mal como la pretensión absurda por parte del hombre de hacerse él mismo árbol del conocimiento, es decir, de hacerse a sí mismo criterio absoluto de la distinción del bien y del mal.
En resumen, es el hombre el que cultiva la ilusión de «ser como Dios», de ocupar el puesto de Dios.
El hombre, por el contrario, tiene que aceptar sus propios límites. Necesita un límite para vivir. Y también para aprender a morir. 
Para vencer las tentaciones
Algunas observaciones para concluir.
1. No hay que estar obsesionados con el diablo, pero tampoco ignorarlo.
Hay que creer en Dios, más que en el demonio.
Pero no puedo infravalorar la astucia, el poder y la complicidad del demonio.
La gracia es infinitamente más fuerte que el mal. Pero sería peligroso olvidar la propia fragilidad. 
2. Es inútil hacerse ilusiones.
En el jardín, encuentras al demonio. En el desierto, encuentras al demonio. En la oración, encuentras al demonio. En el servicio a Dios, encuentras al demonio.
En el ayuno, en las prácticas ascéticas, encuentras al demonio. Es decir, siempre que buscas verdaderamente a Dios, tropiezas necesariamente con su «rival», con su contrafigura.
Si a lo largo de un camino no te encuentras con el Adversario, si no te encuentras con la tentación, tienes motivos para dudar de que ese camino lleve a Dios.
3. El exorcismo más eficaz es el que practicó Cristo. Hacer resonar, alta y soberana, la palabra de Dios.
4. La forma más segura de rechazar las tentaciones del demonio consiste en dejarse tentar por Dios, seducir por él.
Satanás no tiene ningún poder sobre mí, si me dejo «aferrar» totalmente por Cristo.
Para no escuchar otras voces, otras sugerencias, hay que conseguir que suene fuerte, dentro de mí, la palabra de Dios.
5. …Y tendremos que buscar también nosotros alguna propuesta atractiva.
¿Qué solidaridad?
Pablo (segunda lectura) juega con el simbolismo Adán-Jesús. Hay que evitar esbozar dos discursos simétricos: Adán en una perspectiva negativa y lo mismo Cristo en una perspectiva positiva… Hay que tener en cuenta la falta de proporción.
La estatura de Cristo supera infinitamente a la de Adán. Su acción salvífica va mucho más allá que el pecado cometido por los primeros padres.
«El don de la gracia no es como la caída».
El perdón que Dios me concede supera abundantemente el cúmulo considerable de mis necedades. Mis insistentes y variadas miserias no lograrán nunca colmar la medida de su misericordia, se quedarán inmensamente lejos de ese límite… ilimitado.
Como observa A. Séve, san Pablo hace una doble lectura de la historia: por un lado, la historia «desgraciada» que empezó con Adán. Por otro, la que está bajo el signo de la gracia ofrecida por Cristo.
Los equívocos de un pesimismo catastrófico y de un optimismo ingenuo se deben a la incapacidad de dirigir una mirada unitaria a las dos columnas.
Los que sólo ven el mal por todas partes han de ser lógicos y ver también por todas partes el bien «sobreabundante».
Y los que cierran los ojos frente al mal, para los que nada es pecado, deberían tener presente que el reino de la muerte es una realidad ineludible con la que hemos de contar, como lo hizo Cristo en su pasión.
La mirada que se dirige al mundo del odio, de la violencia, del dolor, de las catástrofes, de las fechorías de la historia, debe dirigirse simultáneamente a Adán y a Cristo.
Pablo nos enseña aquí esta visión «equilibrada» de la realidad. Y también cuando se trata de nuestra realidad personal más profunda, hemos de tener presente la doble solidaridad que nos vincula a Adán y a Cristo.
Ciertamente, es Cristo el que nos ilumina, no Adán.
Y para derrotar la solidaridad del mal, hay que reforzar los vínculos de la solidaridad que se deriva de la pertenencia al cuerpo de Cristo.
A. Pronzato