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22 febrero 2017

Pórtico de la Cuaresma

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La Cuaresma es, ante todo, una preciosa oportunidad de reformateo espiritual y corporal. Una ocasión para detener el ritmo acelerado y la super cialidad de nuestra vida, sosegarnos, paci carnos y dejarnos mirar por el cariño del buen Dios. Es más un tiempo para “holgarse en las misericordias y mercedes de Nuestro Señor”, que de “hozar en nuestras miserias y pecados” que habría dicho la Santa.
El ciclo A nos dispone para una Cuaresma de alegría y paz. No es un tiempo triste, sino de introspección serena, de reconciliación profunda con lo mejor de nosotros mismos, con los demás y con Dios. Nos ayudan a bucear en la experiencia reconfortante de Dios las lecturas del evangelio dominical que siguen una progresión didáctica imponente.

Precisamos de disposiciones básicas sin las cuales no hay conversión posible: la clave es el descentramiento. La limosna nos saca de nosotros mismos y nos abre el corazón a la necesidad del otro, más aún al otro mismo; la oración nos abre al acceso del encuentro con Dios, origen y término de toda conversión; nalmente, el ayuno supone un ejercicio de morigeración de los propios deseos que nos ayuda a ejercitar la voluntad, la austeridad y hasta el consumo responsable (Miércoles de Ceniza).
Con esta excelente impedimenta, podremos detectar con facilidad cuáles son nuestras tentaciones, sobre todo las más peligrosas, aquellas que se camuflan bajo capa de bien. Que no se nos olvide: nuestras fragilidades y vulnerabilidades son los ventanucos por los que se cuela la fuerza sanante y misericordiosa de un Dios que nos indulta por pura gracia de su amor. (Domingo 1º). Pero no todo es combate contra el mal; en la vida en Cristo hay momentos de Tabor, de encuentro con el Señor maravillosos, de experiencias grati cantes… seguidas siempre de convocatorias a bajar a la vida y sus trajines, en un continuo sube-baja (D.2º). También hay momentos de vida cotidiana, de rutina y normalidad. En ellos se producen encuentros con las personas más insospechadas y diferentes que tienen auténtico carácter sacramental. El otro es siempre un bien para mí. El otro más otro (incluso samaritano), lejos de ser un obstáculo, se torna en condición de posibilidad de acceso al Totalmente Otro, el Salvador del mundo (D.3º).
Nuestra pobre fe solo es capaz de reconocerlo titubeando: “creo Señor”. Sabemos bien que Él es el único capaz de abrir nuestros ojos y curarnos de la ceguera de tibieza, indiferencia y desesperanza que nos invade. Solo abriendo bien los ojos le sabremos reconocer, sólo así le descubriremos en los más pequeños y vulnerables. La vida está llena de señales y huellas de Dios. ¿Seguiremos andando como ciegos que se resisten a ver, reconocer y confesar al Enviado? (D.4º). Y, por fin, un anticipo de lo que celebraremos gozosamente en la Pascua. “La resurrección de Lázaro” relata la enfermedad, la muerte y sepultura del amigo de Jesús y la resucitación al cuarto día. Todo ello en un relato donde se muestra la humanidad del Jesús que rompe a llorar y al mismo tiempo es confesado como el Mesías, “la resurrección y la vida” (D.5º).
José Luis Segovia Bernabé